Los amigos/vecinos, y el poder del silencio
Queridos amigos/vecinos: Igual que a muchos de vosotros, a mí me correspondió en su día la suerte de tener enfrente la pequeña cordillera de la Candamia; «sierra», antaño, con una aldehuela que la ciudad de León, siglos ha, arraigó en su extrarradio. Antes, aquel pueblín era un grupo de caseríos; después, llegaron los chalets como sacados de los cuentos de Heidi, ahora son Las Lomas. Desde una de las ventanas de mi hogar, alcanzo a contemplar los pinares, abedules, sauces…, además de las cárcavas amarilleadas por la erosión del barranco y las subacuáticas dentelladas del río Torío…
Ustedes, claro, se preguntarán el porqué de estas líneas mías. Pues sencillamente, porque vivo de distinta forma que antes del coronavirus. Los silencios se llegan a tocar como si fuesen agentes autorizados para hacer correcciones, en todo y para todo, hasta en un edificio de pisos. Pero es así; en estas circunstancias nos debemos al silencio. Surge, si, la tristeza de no poder hablar con los amigos/vecinos de trato frecuente. Apenas hay diálogos, únicamente un «buenas tardes» solo y lacónico, porque somos humanos y en ocasiones nos dejamos llevar por la brevedad de un incomprensible estado de ánimo.
Somos sí humanos, para el vivir con serenidad, el querer y el pensar. Y repasar tiempos y contrariedades de la vida diaria…, Contra el dolor y la adversidad, lucha incansable. Y para el desarraigo completo del virus y sus afines, derrota total. He ahí los argumentos de quienes ordenan a los ciudadanos de todas las categorías, silencios rigurosos y nuevas costumbres. Esa ordenanza incluye, desde las alturas político-administrativas y de Sanidad pública, hasta el ejemplo de quien —madre de enfermera— no pueda dar en casa un beso a su hija. Desde la Medicina, en toda su extensión, realmente humanitaria y arriesgada, el silencio de la ciudadanía se rinde ante el silencio de los muertos.
Aprecio mucho el clima de las amistades sinceras, y a los vecinos/amigos… Ahora, enclaustrado con mi mujer en un piso sin visitas, ellos —las familias que te rodean— se hacen notar de una u otra manera, cariñosamente, discretamente. Además no podrían actuar de distinta forma, ya que la situación actual no lo consentiría. A partir de la maldita pandemia, parecemos lo que no somos: tristes y raros, y con rostros como si el mismísimo diablo se hubiese dedicado a echar ceniza sobre el césped y la flor espontánea, de mi Polígono equis, como decía un amigo. Eso sí, aguardando la actitud clara y positiva de quienes manejen el timón de España; «Palabras, palabras»… dijo el clásico. Para comenzar, que nos arreglen la convivencia cariacontecida de ahora mismo, el raciocinio político y el trabajo, la paz y la familia. Nosotros —el pueblo— vamos a enfrentarnos, sin disimulo, con el coronavirus…; y a poner en práctica (¡ay, si fuese posible!...) el invento de un contra-veneno demoledor de pesimismos. Tarea en la que la Virgen del Camino, sin duda, nos echará una mano.