Diario de León
Publicado por
Manuel Garrido, escritor
León

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Mientras no se implantó la Seguridad Social, el paciente pagaba los honorarios del médico por la consulta. Existía sin embargo una especie de seguro, llamado iguala o avenencia, una porque en verdad igualaba a todos los pacientes y la otra porque se trataba de un contrato por el que dos partes se avenían a unos compromisos, de modo que a cambio de una cuota establecida, fuera en especie o metálico, el médico atendía al paciente en la consulta o en caso de necesidad en el domicilio.

Precisamente acerca de este asunto hay más de una anécdota referida a D. Leopoldo de Mata, el médico bañezano que estuvo muchos años en Castrillo de Cabrera. Se contaba pues que cuando alguien de cualquiera de los otros cinco pueblos del ayuntamiento llegaba a llamarlo a su casa de Nogar para que fuera a visitar a un enfermo, él, desde dentro incluso o ya asomado al corredor tras un rato de espera y suspense, le preguntaba de dónde era y a continuación si estaba avenido. En caso de respuesta negativa, la suya era esta: «Pues entonces no voy», y si positiva, esta otra: «Pues desde este momento queda desavenido». D. Leopoldo era un bromista impenitente y no iba a desaprovechar la ocasión, sobre todo si, como solía ocurrir, tenía por allí a algún espectador, que pudiera tomar nota. Naturalmente eran tan solo eso, bromas que la gente contaba con fruición. Pero es cierto que después de hacer sufrir un poco al demandante de auxilio cumplía con su obligación y en general con acierto.

Para los medicamentos ya no había seguro y eran cosa del paciente, que acudía a la farmacia con la receta. Tampoco aquí faltan anécdotas. En cierta ocasión un hombre afectado por una inflamación de las anginas acudió al médico, que tras examinarlo, le recetó una caja de supositorios, con una somera explicación acerca del fármaco y la forma de administración. El hombre sorprendido no pareció entender, de modo que el médico hubo de repetir el proceso sobre la forma de desprender de su envase la capsulita para después introducírsela por el ano. El paciente entonces reaccionó muy enfadado por lo que dijo que era una burla para reírse de él. Pero ahora el sorprendido fue el médico, que le reprochó cómo podía pensar tal cosa. Él se lo dijo: «A mí donde me duele es aquí, no aquí». Y con su dedo índice marcó los dos puntos de la discordia, tan alejados como para que a sus entendederas populares resultara más que dudosa la efectividad de la balita, precisamente a causa de la distancia entre el punto de ataque al sur y el objetivo final al norte.

Cuando la enfermedad o la afección persistían, la gente a veces buscaba a otros galenos de cierta fama en pueblos más grandes. Estos médicos, sin duda con buena intención, lo que hacían era recetar los últimos medicamentos mucho más fuertes, aquellos a los que los médicos que llamaríamos de cercanía eran más reacios, temerosos de sus efectos secundarios no deseados. En Cabrera, donde eran frecuentes las afecciones pulmonares o bronquiales crónicas, la gente solía acudir a un médico de Puente de Domingo Flórez con fama de que curaba esas enfermedades mediante unas inyecciones llamadas Bronquinflamatoria, una mezcla de corticoides y antibiótico de efecto fulminante.

Nombre y efecto me los contó una vez mi amigo Agustín Franco, de Encinedo. Agustín tenía un burro ya viejo. Un invierno se puso muy malo y cierto día, cuando lo llevó a abrevar, observó que de las narizotas le manaba un flujo de mocos, mientras bebía con dificultad y grandes suspiros. Agustín tuvo entonces una idea luminosa. Tiempo atrás el médico de Puente le había recetado cuatro inyecciones de Bronquinflamatoria y a la tercera se había sentido tan bien que perdonó la cuarta. Aquel día se le ocurrió ponérsela al burro y resultó lo mismo que para él, mano de santo, porque recuperó, si no la sonrisa, al menos la prestancia tranquila de sus años. Siempre recuerdo la ancha sonrisa de Agustín cuando me lo contó, divertido ante mi sorpresa por la equiparación de pacientes, no tan extraña, bien pensado, siendo como eran al fin y al cabo convivientes domésticos.

A principios de los años 80 las cosas habían empezado a cambiar radicalmente en la atención sanitaria de la población, pero aún se daban casos de personas al margen en zonas o lugares más aislados. Fue otro amigo, en este caso galeno, quien me contó de sus experiencias de un verano como médico recién graduado en el territorio sanabrés vecino de Cabrera, el valle del río Bibey en cuya cabecera está Porto de Sanabria. Un día fue requerido en este pueblo para atender a un pastor muy enfermo que no tenía seguro. Encontró al hombre en verdad muy malo, pero respondió al tratamiento, que no fue por cierto Bronquinflamatoria, y en poco tiempo se curó. No le cobró nada, su aspecto era elocuente. Tiempo después, cuando anunció su marcha, el hombre se presentó en su casa cargando una quilma. La puso en el suelo, la desató: la quilma contenía uno, dos, tres cabritos dispuestos para el guiso. Tras la sorpresa inicial, mi buen amigo Paco Abruña sonrió. En este caso fue él quien se avino y aceptó la ofrenda del pastor.

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