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josé a. balboa
León

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Este año celebraremos el bicentenario de la Pepa, la Constitución de 1812, que en su capítulo primero habla de la nación española, de quiénes la forman y de la soberanía que en ella reside. Su importancia histórica fue la cristalización del proceso de transformación de la nación histórica en la nación política, proceso convulso de lucha de clases, mistificada por la guerra, en que la burguesía y sus aliados rompían las cadenas del Antiguo Régimen, para instaurar un estado de libertad e igualdad civil entre los españoles. Debería ser éste un buen año para reflexionar sobre política, sobre libertades, sobre la idea de una España unida en su diversidad y cohesionada, ahora que incluso Rubalcaba presenta su candidatura a la secretaría del PSOE, hablando de recuperar un partido político nacional, que vertebre España y diga en todos los sitios lo mismo; porque, como reconoce, quizá con oportunismo, «esto últimamente se nos ha olvidado».

Buen año para hablar de política, aunque no lo parezca, pues en este comienzo no hay otro tema de conversación que el de la economía, el del dinero. Parece como si las relaciones se hubieran mercantilizado, monetarizado. Todo se reduce a dinero, a una especie de bullionismo que recuerda el mercantilismo en plena globalización, con Estados insolidarios bajo la divisa de «sálvese el que pueda». Dinero para el Estado que anuncia recortes en los servicios, los sueldos y salarios; nuevos impuestos, como el céntimo sanitario y otros que nos caerán próximamente, porque debemos pagar la deuda que han dejado los socialistas. Dinero para sanear la banca y sobre todo para incentivar la economía; pero no lo hay o nos lo fían caro (la prima de riesgo), o sólo está disponible para algunos. La prensa llena páginas con asuntos de corrupción, de enriquecimientos ilícitos o éticamente reprobables, desde Urdangarín, Camps y Blanco hasta algunos alcaldes y concejales.

Buen año para hablar de política pero, si seguimos así, habrá que empezar primero por reflexionar sobre los valores. Unos dicen que ya no hay, lo que no es cierto; otros que esta sociedad los ha perdido, lo que es verdad. Durante años ha habido una desvalorización, por no decir una persecución, una ridiculización, de valores tradicionales considerados anticuados: como la familia, la patria, la caridad, la ayuda mutua, el estudio, la excelencia, el trabajo y esfuerzo, la austeridad y sobriedad. En su lugar se han promovido valores que incitan al individualismo, al egoismo, al éxito a cualquier precio, al enriquecimiento sin escrúpulos; valores que, ahora, en momentos de crisis, se les ve el plumero, porque no sirven para vertebrar la nación, cohesionar a la sociedad o hacer mejor a las personas. Empecemos por aquí, luego hablaremos de economía y podremos terminar con la política.

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