Diario de León
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L verano aumenta la susceptibilidad política o hemos entrado en período preelectoral, con las susceptibilidades a flor de piel. Sobre Jordi Pujol están lloviendo críticas y sarcasmos desde los cuatro puntos cardinales porque el honorable ha venido a decir que España, aludiendo al Gobierno del PP y tangencialmente al PSOE, quiere que Cataluña sea una provincia como Cuenca. Se refería el honorable al ámbito de competencias estatutarias que la provincia manchega disfruta, inferior al de la nacionalidad catalana, y en ese referencia habría intentado liberar Pujol su desencanto por la negativa de la ministro Pilar del Castillo a que el Archivo de Salamanca se traslade a Cataluña. Esa desatención al pueblo catalán, según Convergencia i Unio, se enmarcaría en una ofensiva «españolista» del ejecutivo «popular». Sospechar que Pujol ha deseado ofender a Cuenca parece tan absurdo como negar que el techo competencial de esa provincia le ha servido al «president» para ilustrar mediante un trazo burdo lo que el nacionalismo catalán califica, en relación a Cataluña, de «parón autonómico» o de política autonómica «regresiva». Y llegó a sugerir Pujol que o cambian las cosas o el pacto constitucional habría de replantearse. Sobre esta disyuntiva, los adversarios políticos del honorable han sido tremendamente cáusticos. Lo más llamativo de todo han sido las reacciones de Pasqual Maragall y de José Bono. El presidente de Castilla/La Mancha ha pulido la mejor retórica manchega del ofendido en una carta a Pujol pidiéndole que se disculpe ante los conquenses. Bono, además, ha aprovechado la ocasión para dedicar al honorable un responso político, en vida naturalmente, subrayando la incomodidad que un hombre inteligente y capaz debe sentir por depender en la Generalitat de la respiración asistida que le ofrece cicateramente el PP. Y si Bono se volvía calderoniano, Pasqual Maragall arremetía ayer contra Pujol desde el diario El País, mediante un artículo cuya apostilla, a demás de ironizar sobre la referencia a Cuenca, aseguraba que Pujol no está indómito sino manso, por mucho que ponga en duda el pacto estatutario o constitucional, pues el Gobierno de Cataluña necesita los votos del PP para no alarmar a los empresarios hipotéticamente alarmados por el fugaz desliz soberanista del «president» y porque si allí ganasen los socialistas, el resto de España podría perderse. Perderse, se entiende, para la derecha nacionalista o universal.

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