EN EL FILO
Seguimos estancados
TA volvió ayer a sembrar terror y destrucción, aunque afortunadamente sin víctimas. La hamburguesería de Torrevieja, también en Alicante, estaba vacía cuando estalló la bomba, anunciada por los criminales, que, tras la tragedia de Santa Pola, apenas quieren ahora exhibir su aberrante poder homicida. Era presumible que la organización terrorista trataría de dar respuesta a la firmeza del Estado, que se dispone a ilegalizar a su brazo político, pero sus fuerzas son escasas, después de reiterados éxitos policiales y de la cada vez más franca, abierta y eficaz cooperación hispanofrancesa. En pleno mes de agosto nos percatamos de que dos de los grandes problemas de nuestro país siguen estancados y de que las soluciones que se ofrecen no alcanzan el grado de eficacia que les haga merecer el nombre de soluciones. Al tema de la inmigración le damos todas las vueltas del mundo y no cesamos de utilizar subterfugios verbales y circunloquios para no decir claramente que no queremos saber nada de los problemas de los inmigrantes llamados ilegales, una calificación arbitraria que alguien les ha colgado y que nada tiene que ver con la dignidad ni con los derechos humanos de esas personas. La inmigración es el gran reto de nuestro tiempo y aquí lo afrontamos con vuelo rasante de ave de corral en lugar de hacerlo con la altura del águila y con la grandeza de un país que quiere ser coherente con los pasajes más brillantes de su historia en el mundo. Algún día nos avergonzaremos de lo cutres y lo insolidarios que hemos sido, por no decir racistas, que es lo que subyace en el fondo de nuestros pétreos corazones. Ese día ya será tarde. Y al tema del terrorismo acudimos con la mirada descentrada y puesta en falsas soluciones espectaculares, que se volverán contra todos, que agudizarán el problema y que crearán falsos mártires en el diabólico santoral de la violencia asesina, mientras que seguiremos padeciendo el ataque brutal de unos iluminados criminales que piensan que el horror es una forma válida de conseguir lo que llaman construcción nacional y que en verdad no es otra cosa que la más feroz destrucción que han conocido los siglos. Al menos tendríamos que imponernos la obligación de facilitarnos unos a otros -todos los demócratas- el fundamental objetivo de trabajar juntos y sin fisuras por la pacificación y el desmontaje del terrorismo. Y dejándonos de acusaciones mutuas, de improperios, de lanzamiento de sospechas entrecruzadas, de exageraciones semánticas y de estrechamientos insoportables del ojo de la aguja democrática. El recuerdo y el respeto a las dos víctimas de Santa Pola nos exige provocar una revolución en el pensamiento de todos nosotros.