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Pasividad y terrorismo Pasividad y terrorismo

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ETA ha vuelto a hacerlo. Una vez más ha sembrado el dolor y la impotencia en nuestros corazones con cincuenta kilogramos de explosivos. El resultado: dos nuevas muertes y decenas de heridos. Ante actos como estos uno sigue planteándose algunas cuestiones importantes como: ¿Creen los asesinos de veras que pueden seguir imponiendo con bombas y disparos en la nuca sus posicionamientos? ¿Hay derecho a que partidos políticos como Batasuna sigan sin condenar estas brutales acciones siendo cómplices claros y a voces, con su silencio, de los terroristas? ¿Es justificable que dichos partidos que se autodenominan democráticos exijan que la ley les ampare frente a una Constitución que ni siquiera respetan en sus ideas fundamentales, como es la del rechazo a todo tipo de violencia? ¿Es justo que existan partidos políticos que no acudan a los plenos municipales más que cuando les conviene, o que cuando lo hacen se vistan de payasos para ridiculizar a los demás concejales, o abandonen el salón de plenos a su antojo, o no rubriquen los manifiestos de condena de barbaridades como las ocurridas en Alicante; y sin embargo la ley no contemple sancionar estos comportamientos anulando su labor como representantes del pueblo? ¿Es de recibo que los dirigentes del País Vasco exijan aún más autonomía de la que ya disfrutan, sin darse cuenta de que poseen más privilegios y competencias que ninguna otra región de Europa? Quizás el problema sea que en España hemos confundido los caminos y vamos contra corriente. Cuando en Europa y en el mundo se tiende hay a la unificación como medio de obtener fortaleza y cohesión social y económica, aquí buscamos la segregación. El País Vasco quiere ser independiente, Cataluña otro tanto, con Galicia y la Comunidad Valenciana ocurre algo parecido. Queremos imponer en nuestra región nuestro propio idioma, nuestras leyes, ser diferentes al vecino, creyendo ilusionadamente que eso nos beneficia. Pienso que lo único que podemos hacer los ciudadanos de a pie es movilizarnos, manifestarnos públicamente. No ya para demostrar a los violentos que estamos en contra de sus métodos, eso ya lo saben de sobra, sino para exigir a nuestros gobernantes que hagan algo, que dejen de tirarse los trastos a la cabeza los unos a los otros día si día no, y que olvidando los prejuicios tomen decisiones bilaterales sobre cuestiones fundamentales como pueden ser las referidas a dejar fuera del juego político a todos aquellos que no condenen la violencia, o endurecer las penas para los delitos de terrorismo. Hablo de que nos manifestemos unidos: millones de personas, como ocurrió hace unos años en Madrid, si es que de veras queremos que los que gobiernan se enteren de que somos nosotros quienes los hemos puesto en el poder, para que busquen lazos de unión oficiales entre los pueblos, y no discrepancias y descalificaciones. Pero mientras tú, yo, el otro, sigamos creyendo que ilegalizar a una formación que apoya claramente los métodos terroristas es un comportamiento fascista y contra la libertad, que manifestarse no sirve de nada, que todo va a seguir igual. Mientras no nos sintamos cohesionados y nos demostremos a nosotros mismos y a los políticos que queremos que las cosas cambien, mientras un partido de fútbol siga siendo capaz en nuestro país de poner de acuerdo a millones de personas frente a un televisor o un estadio, y la vulneración del derecho básico, el derecho a la vida, no logre sacarnos a las calles para gritar ¡Basta ya!, mientras esto siga ocurriendo como hasta ahora: mal. Juan Manuel Sandín Pérez (Astorga). ETA ha vuelto a hacerlo. Una vez más ha sembrado el dolor y la impotencia en nuestros corazones con cincuenta kilogramos de explosivos. El resultado: dos nuevas muertes y decenas de heridos. Ante actos como estos uno sigue planteándose algunas cuestiones importantes como: ¿Creen los asesinos de veras que pueden seguir imponiendo con bombas y disparos en la nuca sus posicionamientos? ¿Hay derecho a que partidos políticos como Batasuna sigan sin condenar estas brutales acciones siendo cómplices claros y a voces, con su silencio, de los terroristas? ¿Es justificable que dichos partidos que se autodenominan democráticos exijan que la ley les ampare frente a una Constitución que ni siquiera respetan en sus ideas fundamentales, como es la del rechazo a todo tipo de violencia? ¿Es justo que existan partidos políticos que no acudan a los plenos municipales más que cuando les conviene, o que cuando lo hacen se vistan de payasos para ridiculizar a los demás concejales, o abandonen el salón de plenos a su antojo, o no rubriquen los manifiestos de condena de barbaridades como las ocurridas en Alicante; y sin embargo la ley no contemple sancionar estos comportamientos anulando su labor como representantes del pueblo? ¿Es de recibo que los dirigentes del País Vasco exijan aún más autonomía de la que ya disfrutan, sin darse cuenta de que poseen más privilegios y competencias que ninguna otra región de Europa? Quizás el problema sea que en España hemos confundido los caminos y vamos contra corriente. Cuando en Europa y en el mundo se tiende hay a la unificación como medio de obtener fortaleza y cohesión social y económica, aquí buscamos la segregación. El País Vasco quiere ser independiente, Cataluña otro tanto, con Galicia y la Comunidad Valenciana ocurre algo parecido. Queremos imponer en nuestra región nuestro propio idioma, nuestras leyes, ser diferentes al vecino, creyendo ilusionadamente que eso nos beneficia. Pienso que lo único que podemos hacer los ciudadanos de a pie es movilizarnos, manifestarnos públicamente. No ya para demostrar a los violentos que estamos en contra de sus métodos, eso ya lo saben de sobra, sino para exigir a nuestros gobernantes que hagan algo, que dejen de tirarse los trastos a la cabeza los unos a los otros día si día no, y que olvidando los prejuicios tomen decisiones bilaterales sobre cuestiones fundamentales como pueden ser las referidas a dejar fuera del juego político a todos aquellos que no condenen la violencia, o endurecer las penas para los delitos de terrorismo. Hablo de que nos manifestemos unidos: millones de personas, como ocurrió hace unos años en Madrid, si es que de veras queremos que los que gobiernan se enteren de que somos nosotros quienes los hemos puesto en el poder, para que busquen lazos de unión oficiales entre los pueblos, y no discrepancias y descalificaciones. Pero mientras tú, yo, el otro, sigamos creyendo que ilegalizar a una formación que apoya claramente los métodos terroristas es un comportamiento fascista y contra la libertad, que manifestarse no sirve de nada, que todo va a seguir igual. Mientras no nos sintamos cohesionados y nos demostremos a nosotros mismos y a los políticos que queremos que las cosas cambien, mientras un partido de fútbol siga siendo capaz en nuestro país de poner de acuerdo a millones de personas frente a un televisor o un estadio, y la vulneración del derecho básico, el derecho a la vida, no logre sacarnos a las calles para gritar ¡Basta ya!, mientras esto siga ocurriendo como hasta ahora: mal. Juan Manuel Sandín Pérez (Astorga).

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