Diario de León
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León

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POR el guía turístico tailandés Thanes Wiriyaporn, que vio cómo la mujer se arrojaba con gran serenidad al estanque de los cocodrilos, sabemos lo que ocurrió el domingo en el zoológico Samut Prakam, en las afueras de Bangkok. El guía Thanes se hallaba justo al lado de la extraña suicida cuando la vio saltar de súbito la valla que protegía el recinto donde un centenar de cocodrilos aguardaban, hambrientos y excitados, la hora de la comida. En efecto, los visitantes del zoo hacían acopio en los tenderetes de bolas de pollo para alimentar a los animales cuando Somjai Setabul, de 40 años de edad, saltó la valla y se zambulló en el estanque: «Se arrojó sin decir una sola palabra -dijo el guía testigo de los hechos-. En el momento en que el cocodrilo la apresó pareció que ella se abrazaba a él». Somjai Setabul, la extraña suicida, había dejado en su casa una nota en la que se quejaba del marido y pedía disculpas a sus familiares por el abrazo silencioso, dulce, atroz no obstante, que se proponía dar. «La mujer no lloraba ni gritaba cuando estaba siendo mordida -detalló el guía a las autoridades-, sucedió tan rápido que nadie pudo hacer nada». En realidad, el tiempo de hacer algo, de que alguien, tal vez el marido, hiciera algo, ya había pasado para Somjai Setabul, cuyos pedazos, no bien el primer cocodrilo la abrazó en silencio, se disputaban los cien cocodrilos del estanque en escalfriante y sanguinario torbellino. Lo único que entonces pudo hacer el mundo por la pobre tailandesa malmaridada consistió en que miles de turistas asistieran horrorizados a su devoración. Somjai, en ese instante postrero, ni lloraba ni gritaba y en esa su actitud rendida, semejante a la de los bonzos que se consumen en las llamas sin proferir alarido alguno, en incendiada quietud, debía esconderse el enigma de inmensa desesperación que la condujo el domingo, en un zoo remoto de Asia, a reforzar en silencio la comida diaria de los cocodrilos. Sin dolor.

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