ALTRASLUZ
Voces y rugidos
LAS víctimas somos los demócratas, no los batasunos, esos cabezas rapadas de la política. Francia ha ilegalizado al grupo cuyo integrante intentó atentar contra el presidente, y nadie, salvo los propios interesados, se lo planteado como un ataque a la libertad de expresión. Entre otras cosas, porque la primera libertad de expresión que ha de ser protegida es la de las víctimas. Nuestra democracia nos permite, incluso nos exige, debatir la ilegalización de Batasuna. Esa debilidad es, a la vez, la fuerza ética que nos diferencia de tal jauría. Personalmente, me importa un bledo la libertad de expresión de quienes pueden decidir, ellos o sus socios de viaje, si vivimos o morimos durante el veraneo. Las víctimas son los grandes silenciados, no sus verdugos. Aquí nadie está hablando de sentarles en el potro de tortura, sino de cortarles la financiación, de dificultar sus viles acciones. Ilegalizar Batasuna es un acto de autodefensa. No puede irse a peor, porque ellos son los amos de la estadística de horror. Deciden, cuándo, cómo y dónde. Lo hacían y lo seguirán haciendo. Por eso, me importa un bledo la libertad de expresión del señor Arnaldo Otegui, porque me preocupa la de la alcadesa de Lasarte. Nada se puede esperar de quienes, con el malabarismo dialéctico más abyecto, han culpado a Aznar de las muertes de Santa Pola. Con Batasuna dentro del sistema de partidos políticos no son ellos los que están más controlados sino nosotros. Con la voz se discrepa, se razona, se llegan a acuerdos. Lo de los batasunos no es voz, sino rugidos.