Diario de León
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León

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LAS recurrentes obsesiones de algunos presuntos expertos con el turismo de calidad chocan con la oferta real de nuestro país, que, en el fondo se centra en el sol y, hasta hace poco, también en el vino barato. Las especulaciones sobre la conveniencia de fomentar el turismo cultural, el de congresos o el de deportes de élite han logrado transformarse, en alguna ocasión, en realidades que a veces han tenido que rebajar sus pretensiones para no crear pueblos abandonados como los de las películas del Oeste. El sol, afortunadamente, ahí sigue y las playas también, aunque no siempre lo suficientemente cuidadas. Lo que ha comenzado a fallar es el precio, y no sólo el del vino: el euro ha supuesto un aumento que perciben desde las amas de casa hasta los oficinistas a la hora de pagar el desayuno; todavía más lo notan los turistas, la mayoría de escasos recursos que eran los que hasta ahora elegían España porque resultaba asequible para sus pensiones y salarios. Las cifras más recientes sobre la caída del turismo y, a la vez, la significación de los porcentajes sobre la elevación de los precios de los hoteles, ponen al descubierto la crisis (el inicio de un cambio de tendencia) del sector. España había logrado una posición relevante en el mercado turístico al consolidarse como país receptor de viejos y, sobre todo, de menestrales y proletarios más o menos distinguidos, de Alemania, Reino Unido, Holanda e Italia que, a la vista del cambio de circunstancias, buscan (y encuentran) alternativas para seguir cambiando su moneda común por otras que dan más de sí a la hora de dormir, comer y beber.

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