desde la corte
La «escoba», en comisaría
UN día me atracaron en casa de madrugada. Tuve suerte: los ladrones encontraron fácilmente el joyero de mi mujer, y no necesitaron despertarme y darme las buenas noches con una pistola en la sien, que produce un incómodo despertar. A un vecino lo desnudaron, lo torturaron y le hicieron aguadillas en la bañera hasta que entregó lo que tenía de valor. No se encontraron huellas, porque los asaltantes usan guantes. En comisaría, los guardias te cuentan historias terroríficas. «Los cogemos, dicen, pero al día siguiente están en la calle». Como me conocen, me atienden como si hubiera entrado por urgencias en un hospital. No como otras víctimas, que tienen que esperar horas hasta que les toca el turno de presentar denuncia. «Hágalo por Internet», aconseja un agente; pero el personal quiere firmar allí, delante de un guardia. Por Internet es como si pusiera la denuncia en el aire. Ese día supe cosas. Supe cómo nadie quería llevar un detenido al juzgado «porque estoy hasta los huevos de que salgan de allí antes que yo». Supe que muchos policías tienen que dedicarse a labores burocráticas. Supe que ganan menos que un policía local. Y supe lo que ocurre en las noches de mi barrio: todo el municipio (doscientos mil habitantes) dispone de un solo coche para patrullar calles, parques, urbanizaciones y zona industrial. Si no hay más robos, será porque «no está de Dios». He pensado mucho en esos guardias impotentes, burocratizados y cabreados. ¿Cómo habrán recibido el «plan escoba»? No se lo van a creer, cuando les digan que les toca otro coche-patrulla para las noches. ¡Ya serán dos! Casi somos gente importante. Entre todos los vecinos juntos, nos incrementarán el número de guardias hasta llegar al número de escoltas que tiene un solo alto cargo. ¡Qué bueno es el gobierno! Sólo tenemos un problema: somos doscientos mil.