EN EL FILO
Prisionero del soberanismo
ARA dialogar o negociar -el diálogo suele envolver una negociación de sentimientos, precios o razones- hay que partir de algo, y en este sentido el discurso leído ayer por el lendakari Ibarretxe en el parlamento de Vitoria sería el «algo» imprescindible para que en el Estado español volvieran a dialogar -en su momento, se entiende- los Gobiernos central y vasco. Se preveía que los partidos constitucionalistas, y muy especialmente el Gobierno popular, iban rechazar de plano el calado de soberanismo que encierra la tabla reivindicativa del lendakari, y esa actitud, que en situaciones hipotéticamente «normales» podría calificarse de estéril y negativa, más bien parece lógica en estas circunstancias, que no son peores que otras anteriores sino distintas. Y son distintas porque la incomunicación entre nacionalismo democrático y bloque constitucional ha cristalizado, al fin, tras años de esfuerzos mutuos para intensificarla. Al Gobierno central y a los partidos que le apoyan les corresponde obviamente la obligación de defender el marco legal del Estado, y al Estado mismo, llámese nación o patria, mientras que los nacionalismos periféricos, por sus inquietudes y sentimientos centrífugos, suelen vivir en doctrinas nacionalistas muy elásticas, pues si en ocasiones se muestran como firmes soportes del Estado, en otras intentan desgajarse o distanciarse de él. Lo cual crea tensiones intermitentes o duraderas. Duradera es ya la tensión política vasca, magnificada obviamente por la incomunicación. Y magnificada por unas circunstancias en las que el PNV, la voz más sonora del nacionalismo democrático vasco, se siente obligado a formular una permanente reivindicación soberanista. Si el PNV no la formulara, el mundo radical abertzale lo empujaría violentamente hacia el terreno que ocupa el sector sociopolítico no nacionalista, donde con tantas dificultades se mueven el PP y el PSOE, lo que vendría a difundir la imagen del nacionalismo democrático ante su propia clientela electoral. Y ante esa perspectiva, Ibarretxe ha hecho en su discurso el único movimiento para el que se siente capacitado: anunciar que el Gobierno vasco canalizará sus reivindicaciones soberanistas por el vía procedimental contemplada en las normas estatutarias y constitucionales. Es decir, que no piensa romper la baraja ni echarse al monte. Pero tampoco aparca sus aspiraciones políticas circunstancialmente máximas para dedicarse con denuedo exclusivo al objetivo de acabar con ETA, cuya existencia activa, y sangrienta, devalúa los discursos políticos, y el leído ayer por Ibarretxe mereció de Rajoy el desdeñoso calificativo de «pacto de Estella 2». Pero sería un pacto firmado por el PNV consigo mismo, aunque mirando de reojo a las tribulaciones que vive su entorno radical.