EL MIRADOR
Independencia con sangre
SERÍA, es, un error, reprochar al lehendakari Ibarretxe su credo nacionalista, aún cuando la independencia vasca sea un dislate en la Europa del siglo XXI. Es una opción política legítima, aunque trasnochada. Lo intolerable de la actitud de Ibarretxe es que ha consolidado la ruptura del pacto constitucional y estatutario en el momento histórico en que los no nacionalistas se juegan la vida por sus convicciones. La insolidaridad de Ibarretxe, del gobierno vasco y del PNV con las víctimas, es insoportable. De un político honrado, habría que esperar, en la Euskadi azotada por ETA, que se postulase como «escudo humano», vinculando su propia suerte a la de las víctimas de ETA. No basta con sentir los crímenes diciéndolo; lo exigible es la renuncia a cualquier ventaja respecto al pelotón de las víctimas y los amenazados. Pero Ibarretxe ha construido toda su estrategia política desde la ventaja que supone que sus tesis serán aplaudidas por ETA y quienes se opongan a este proyecto y tengan el coraje de proclamarlo, deberán mirar debajo de su coche cada día y observar a los dos lados del portal de su casa para cercionarse de la ausencia de un asesino que le vuele la cabeza. El PNV ha cruzado un Rubicón difícil de volver a vadear, porque en esas aguas turbulentas flotan demasiados cadáveres y guardan sitio para los que vendrán. El abismo de los vascos se hace cada vez más irreparable. Al margen de la ausencia de procedimientos democráticos fiables, la apuesta de Ibarretxe se hace desde la indecencia de no aceptar la democracia más que de una sola dirección. Quien afirma que el Estatuto se puede sobrepasar por la voluntad de los vascos debiera estar dispuesto a aceptar que el recorrido también pudiera ser inverso. Ibarretxe sostiene su proyecto sólo por la existencia de ETA. Es una estrategia imposible sin la coacción de las pistolas.