Diario de León
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León

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DOMINGO, cinco y media de la tarde. Compartía café y orujo con buenos amigos bercianos, entre ellos ese lince del fútbol, ex-entrenador de éxito de la Cultural, Jesús Tartilán, hoy en el organigrama técnico de la Ponferradina. En Vía Digital se anunciaba la última corrida de toros de la temporada en Las Ventas, con morlacos de Victorino como estrellas. Perelétegui y Zapico, que son la ciencia y la víscera en el arte, respectivamente, se acomodaron en la butaca como jeques de la fiesta. Los toros de Victorino acojonan e incomodan a casi todos los maestros. En la terna de Las Ventas -lleno absoluto- ocupaban cartel los espartanos aguerridos del toro. Pero el tema estrella era el encuentro de rivalidad provincial: Cultural/Ponferradina. Hubo pronósticos para todos los gustos. Y deseos: desde quienes, cegados por la pasión, suponían que era el arranque para la gran escalada, a los que deseaban que perdiera la Cultural, para que la crisis fuera grande y profunda como un abismo. La Cultural necesita que le apliquen el bisturí. A grandes males, grandes remedios. Pero no siempre fragua el método. Y menos cuando hay un poso de asco, más que de desencanto, por caer humillados ante el Corralejo, o ser derrotados por el eterno rival. La afición no es capaz de digerir un empate en propia casa, aunque le conste que la Liga acaba de empezar. Sospecha que todo le huele a cuerno quemado. Mis amigos sólo aguantaron el paseillo de Las Venta. Uno de ellos me dijo al desperdirse: «Bueno, ya leeremos lo que tengas que decir». Y mi réplica: «No escribiré nada, salvo que haya una veintena de muertos». Una majadería por mi parte. Ya han pasado los tiempos de Juan Belloso y de Joan Gamper. Ahora esas parcelas no son mías. No hubo muertos ni bronca. El encuentro Cultural/Ponferradina fue una fiesta. Y no resisto la tentación de escribir sobre los efectos colaterales del encuentro. Ganó el que más valor, más fe y con más ansia buscó el triunfo. Fue lo mismo en el Amilvia que en la plaza de Las Ventas. Pero en los toros, cuando la decepcióm almidona a todos se impone el silencio: un silencio que hiere el orgullo de los maestros. Es la estampa patética del festejo. En el fútbol no es igual: la afición se vuelve contra el palco y dirige sus silbidos y sus iras al foso del míster. El éxito y el fracaso se balancea en una cuerda fina, como si la traficara un trapecista. El triunfo de la Ponferradina en el Amilivia -demasiado estadio para tan poco equipo- le elevó a la 8ª posición en la tabla. Hasta ahí se hubiese columpiado, sin necesidad de red, la Cultural en el supuesto de ganar. Pero perdió y quedó en el 16º, algo que no soporta la afición. La Directiva tomaba decisiones en la tarde de ayer. Me sobrecoge lo que pueda decidir. Por una razón: yo sólo creo en los profesionales. Y ya saben: para jugar, con jugadores; y para lo otro, con señoras malas que estén buenas. (En resumen final fue idéntico: un torero salió a hombros de Las Ventas con dos orejas. La Ponferradina también lo hizo con dos goles en el Amilivia).

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