Dejarla correr
LO sentimos por Jatamí, que creo que se ha puesto morado, pero el agua española es muy mala. Los gritos se han convertido en revólveres y el treinta por ciento de la que sale por ellos supera holgadamente la contaminación que fija la norma de la Unión Europea. Está llena de compuestos volátiles, que no tengo idea de qué cosa pueden ser, de herbicidas y de trihalometanos, que al rimar con mahometanos quizá hayan sido detectados por nuestro ilustre y extraño huésped. Quizá las únicas botellas que se hayan descorchado en honor del gerente petrolífero hayan sido las de agua mineral, que no tienen corcho. Su religión no le permite beber vino ni comer jamón. Y en lo tocante a las mujeres, ni tocarlas. No se concibe que con un reglamento así se registren tantas concepciones en su país y, sobre todo, que no haya un mayor número de agnósticos. Hay normas disuasorias incluso para los temperamentos más religiosos. Hubiera sido descortés ofrecerle a Jatamí una copa de manzanilla y una tapa de Jabugo o de Guijuelo, pero hay que reconocer que los encargados del protocolo sudaron tinta del color del petróleo. Brindar con agua es una práctica abominable. Recuerdo la última vez que me eché un trago largo. Fue a mediados de los años sesenta, en la fuente de Castalia. La leyenda griega, no sé si inventada para favorecer el turismo, asegura una larga vida a quienes beben en ese manantial insigne. Quizá sea cierto. Los filósofos presocráticos duraban la tira. Lo que está demostrado que sienta fatal es el agua de los grifos españoles. Según dicen, sabe a cloro. El estudio elaborado por la Organización de Consumidores y Usuarios nos advierte noblemente del peligro que corren los abstemios que se inflan de agua, con gran riesgo para su hígado, ya que contiene triazinas, que es algo que les llega tras su uso en la agricultura. Algunos españoles están más expuestos que otros, según la comunidad en la que vivan y beban. Pero eso pasa también con los políticos que les toquen.