Diario de León
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UNA bandada de palomas se arremolinó alrededor de un niño sobre el empedrado de la plaza de San Marcelo. El niño ni predicaba ni daba trigo: sólo repartía un paquete de «gusanitos». No había para todas. Las palomas más veteranas levantaron pronto el vuelo en busca de otros surtidores para llenar el buche. Cuando leí los periódicos, me acordé de la escena. Era tan densa la agenda cultural, que los veteranos prefirieron el aplazamiento. Y en la agenda, cómo no, incluyo el encuentro Cultural/Atl. de Madrid, correspondiente a la Copa de S.M. el Rey. Anoche, no pocos leoneses tenían el corazón repartido. El fútbol, mal que les pese a los puristas, también es cultura. Su escenario enanifica a todos los demás. Anoche se llenó el Amilivia. No compitió con nadie, sino que todos los demás intentaron no morir de inanición. Veamos: el actor cordobés Rafael Álvarez «El Brujo», representaba en el Teatro Emperador la obra de Darío Fo, Nobel de Literatura, «San Francisco, juglar de Dios», a la misma hora, y a un tercio del precio que el espectáculo del Amilivia. Media hora antes, en el Auditorio Ciudad de León, el quinteto de Cova Villegas ofrecía un recital puro de jazz, incluyendo entre su repertorio al gran dios negro Duke Ellington. Y un cuarto de hora antes, en el Club de Prensa de Diario de León, tenía que intervenir el investigador y etnógrafo Joaquín Alonso para vocear las creencias y supersticiones en la Ruta Jacobea. Aunque al final esta conferencia tuvo que ser suspendida por el fallecimiento de un familiar directo del conferenciante. Los organizadores del evento cultural en DL no hicieron lo que los viejos palomos cuando el niño reparte los «gusanitos». Yo me quedo a medio vuelo. Amo al fútbol y a la cultura. No recurriré a la demagogia fácil de denunciar la falta de previsión. Es una estupidez suponer que el equipo leonés, por ejemplo, iba a estar en esta edición de la Copa, máxime cuando necesitó tumbar a un primera división, el Rayo Vallecano. Días como los de ayer son perfectos para conceder algunas líneas en el balcón del pueblo a otros entusiasmos. Un amigo, apócrifo puro, a medio camino entre los calorros y las jabibis, o sea, entre no sé qué, suele decir: «Albañil con corbata, chungalata; balichó de gao, barandó de capital». Me río siempre que lo recita aunque todavía no sé el significado exacto. Lo que sí sé es la preocupación por la cultura de alguna empresa del ladrillo. En concreto, de Construcciones Carriegos, que acaba de abrir la convocatoria, en su cuarta edición, de los Premios de Pintura. Una empresa que ya tiene medio siglo de vida. Se gasta 6.000 euros (un millón de pesetas) en promocionar la belleza del arte. No es común, pero sí admirable. El ladrillo y el arte no sólo son compatibles, sino absolutamente necesarios.

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