Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Sólo entre los ocho sumaban 812 años. El Ayuntamiento de León, con Mario Amilivia, el alcalde, a la cabeza, homenajeó ayer a ocho leoneses que habían superado el siglo de vida. La vida tiende al círculo, y la inocencia de la infancia se funde con la de la ancianidad. El niño es ya lo que será algún día, el anciano sigue siendo el que fue, pero también es ahora espiritualmente el que anheló haber sido. Somos nosotros, los del medio, quienes confundimos existencia con profesión o estatus. Pero existir es mucho más. La protección a la infancia y a la ancianidad es, sin duda alguna, una de las señas de madurez para una sociedad que se tiene por desarrollada. Lo que hoy entendemos por civilización se apoya en esos pilares fundamentales, hasta el punto que sin ellos la Historia del Mundo hubiese sido muy distinta, o, simplemente, no hubiese sido. En consecuencia, no puede hablarse realmente de progreso si se deja al lado la felicidad de los niños y de los ancianos. Los niños son sencillamente la esperanza de que es posible hacerlo mejor de lo que nosotros lo hemos hecho; los ancianos nos enseñan que, pese a todo, pese a los errores, a los golpes, a los desengaños, hay una dignidad posible antes de que caiga el telón. Cuando se habla de centenarios se suele recurrir a la enumeración de cambios sociales y científicos que han vivido. Pero, ay, con demasiada frecuencia se olvida que todo ello es calderilla cronológica comparado con el peso del amor entregado y recibido, lo único que justifica el largo viaje. Pueden cambiar las tecnologías, irrumpir prodigiosas revoluciones industriales, asistir a los mayores avances, pero finalmente la historia de un hombre es siempre la historia de su corazón. El niño va aprendiendo a medida que crece todo aquello que ya sabía.No se puede vivir si amar, repetía el protagonista de Bajo el volcán. No se puede vivir si amar.

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