Diario de León
Publicado por
Fernando Ónega
León

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El presidente Aznar comprende perfectamente la indignación de los gallegos que se manifestaron en Santiago. Así lo dijo en declaración pública. Pues, si es así, y debemos creerle, hay que hacer otra manifestación. Y más grande. Porque las acciones de la Administración se quedan en eso: en comprender que hay dolor y cabreo. Pero ni un paso más, no sea que vayamos a manchar los zapatos, que después ensuciarán las alfombras de los despachos. Los hechos empujan a pedir esa protesta. Quienes seguimos desde la distancia la agonía del mar gallego hemos conocido en sólo horas los siguientes acontecimientos y desidias: no hay más efectivos del Ejército trabajando «porque nadie los ha pedido»; un contenedor de chapapote instalado en Mugardos está lleno desde el viernes y ayer, martes, nadie lo había recogido; no hay contenedores en otras zonas afectadas de la costa; los pescadores de Arousa trabajan a destajo en limpiar las manchas sin apoyo ni dirección técnica oficial, sin mascarillas ni vestimenta adecuada, y a veces con sus propias manos; la información más solvente para adoptar medidas de prevención no procede de ningún organismo español ni gallego, sino de Portugal; y, al mismo tiempo, las imágenes de las televisiones muestran a muchos ciudadanos luchando contra la contaminación, pero yo no consigo ver los «inmensos» recursos y medios enviados por los organismos públicos. Estas pinceladas, captadas, insisto, desde la distancia, indican que existe una gran riada de solidaridad hacia Galicia y una gran comprensión hacia el drama que vive. Pero es una solidaridad de personas voluntarias. Y es una riada de palabras, a veces ni siquiera buenas palabras, que confían en el milagro de los vientos y se toman la desgracia con la lentitud de las cosas de palacio. El concepto de eficacia no existe. Y estoy empezando a creer que lo único que temen es no tener percebes en su mesa de Navidad.

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