Diario de León
Publicado por
J.F. Pérez Chencho
León

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El ministro de Fomento, Francisco Álvarez Cascos, inaugura hoy otra obra ferroviaria en Asturias. Viene de Tenerife, donde anteayer vistió de largo la ampliación y reforma del aeropuerto. Corta cintas inaugurales en una proporción de seis a la semana. Álvarez Cascos tiene petrificada su cabeza de ingeniero: sólo le da para diseñar proyectos y para exigir, sin fallo alguno, que se lleven a cabo, ya sea en autovías, túneles, autopistas o paralelas interminables de tren: de velocidad alta o de Feve. Francisco Álvarez Cascos, se me antoja, cada vez es más Francisco Franco. Lo mismo mueve el estrado de una inauguración por una trifulca con el corregidor de Oviedo, que convoca a la salida de un túnel a todos los ministros socialistas que hicieron posible la A-6, y al día siguiente les descalifica como inútiles. Cada vez, digo, es más Francisco Franco, incluso en las aficiones: la caza y la pesca. Uno se presigna ante la desvergüenza. La oposición -es su deber- interrogó al Gobierno por la gestión de la catástrofe del «Prestige». Y Álvarez Cascos se transformó en momia. Miró al pasado, lo que equivale a perder la realidad del presente y no tener argumentos para afrontar el futuro. No respondió a lo que se le solicitaba, sino que atacó al PSOE con este deleznable argumento: «El Gobierno del que formo parte no ha organizado grupos para pegar tiros en la nuca y enterrar en cal viva». Resucitó a los Gal, y no sé si también pretendió hacerlo con Lázaro, tras mencionar a Filesa y los «fondos reservados». No dijo nada de la oferta laboral de la funeraria bañezana a Roldán, quizá porque como católico retranqueado, toda la liturgia fúnebre le produce excesivo respeto. La reacción de Álvarez Cascos fue la de un acuciado. Estaba de caza en el Pirineo de Lérida el fin de semana en que, como negra sombra, el «Prestige» vomitó su panza viscosa, lo mismo que Fraga en La Mancha. A la derecha le gusta la caza. Tienen suerte: las perdices que abaten no llevan betún en sus alas como las gaviotas de la Costa da Morte. La tragedia del «Prestige» es inmensa. Lo comprobó a pie de obra el Rey. El Jefe del Estado tiene razón al pedir a los gobernantes y políticos unidad y eficacia en la defensa de los intereses de Galicia. Pero es más que discutible que suavice una situación de caos y de tragedia como la que vive Galicia pidiendo que se eviten las «fotos demagógicas». ¿Es demagogia retratarse con el pescador que no volverá a meter en sus rateles durante mucho tiempo una centolla?. El político debe estar donde se escenifica el drama. Es actor y, por tanto, además de dar la cara, debe admitir que se la partan. Zapatero lo hizo en la manifestación de Santiago y se expuso a la lluvia de huevos. Donde no se contaminaba era en Barcelona, en el festín berciano que apadrina Luis del Olmo. También allí fue actor al besar a la Botella.

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