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Pleitesía constitucional
EL empacho de Constitución ha sido sonado durante toda la semana. El Congreso y el Senado abrieron las puertas a los ciudadanos y estos pudieron comprobar las espléndidas condiciones de hábitat que ha proporcionado la democracia a sus respetables cargos públicos. Especialmente grata para el ciudadano de a pie fue la visita al Senado, donde sus señorías disfrutan de todo tipo de comodidades y puede decirse que incluso de algún lujo, como la estupenda colección de obras de arte contemporáneo y las salas de asueto de los senadores. Los más sinceros reconocían, soto voce, que en realidad el Senado sirve para poco o para casi nada. En León se dieron cita en el palacio de los Guzmanes, la sede de la Diputación provincial, para rendir pleitesía a la Carta Magna. Alberto Muñiz expuso el modelo de democracia infantil que se ensaya en la Ciudad de los Muchachos, el centro que regenta para atender a chicos y chicas que no pueden vivir con su familia o carecen de ella. Su presencia puso una nota de color y unas inusitadas dosis de realidad a un acto que cada año huele más a alcanfor. Sacan la Constutición del baúl de los recuerdos y no dejan de elogiarla durante todo el día. Al día siguiente la Constitución vuelve a quedarse solita y los cargos se enganchan al puente más largo del año para ir a esquiar, a hacer turismo rural o a un balneario. De esta forma ellos también se sienten ciudadanos de a pie, unos más, gente, entre los doce millones de personas que se lanzan a las carreteras con el ánimo de conquistar la patria del ocio. La Constitución es un espléndido papel, el más importante de los que sustentan el sistema político. Pero sería maravilloso que su papel, el que se le asigna en el sistema, fuera más real. Para rendir pleitesía a la Constitución hace falta mucha ambición en el cumplimiento de todos sus artículos y no sólo en los que interesan oportunistamente.