Diario de León
Publicado por
Manuel Alcántara
León

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El umbral de la pobreza está establecido, según convenciones internacionales, en la mitad de la renta «per cápita» de un país y en España se sitúa en unas 600.000 pesetas antiguas al año por persona. Quiere decirse que los pobres, que al parecer encontrarán grandes facilidades para entrar en el reino de los cielos, tienen dificultades enormes para llegar a fin de mes. Los sociólogos dicen que las condiciones de subsistencia dependen también de otros factores, sobre todo de las circunstancias personales y del lugar de residencia. Los menesterosos lo pasan mejor en los climas calientes, ya que como advirtió el gran Chumy Chúmez, lo peor del hambre es el frío. A aquel viejo eslogan que afirmaba que España es diferente, que por cierto era aplicable a cualquier otra nación, hay que añadirle una pequeña coletilla: España es diferente incluso a ella misma. Así como la risa va por barrios, la penuria va por provincias. En Andalucía, por ejemplo, si sentáramos a un pobre a nuestra mesa nos faltarían cubiertos. Según Cáritas, en esta autonomía, antes región, donde todo el mundo viene a llevarse algo, aunque sólo sea un trocito de sol pegado a la piel, hay dos millones de pobres, lo que supone la cuarta parte de la población. Quizá no sea un orgullo superar la media nacional, pero resulta confortador que esa situación permita a alguna gente dedicarse a clasificarlos, como los entomólogos hacen con las mariposas. Según ellos, el club de los desheredados ofrece diversas subdivisiones. Por categorías, la pobreza andaluza se divide en varios grados: extrema, grave, moderada y algo que eufemísticamente llaman «precariedad social». Es curioso que en un país así -el primero que habló del «país andaluz» fue Gustavo Adolfo Bécquer- se critiquen los «efectos perversos del subsidio». Naturalmente que los tiene, pero sin esos sistemas de protección para los colectivos que llaman «menos favorecidos», por no llamarles «más perjudicados», nadie podría tomarse un plato de gambas en una terraza sin que le metieran la mano en el plato. No es caridad, sino defensa propia.

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