Diario de León
Publicado por
Matías González, sociólogo
León

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Hay intelectuales rancios que suelen juzgar los hechos  deportivos con el fatuo desdén de los que se creen ajenos a los vulgares cuidados de la plebe. Reproducen una actitud heredada de las antiguas mitomanías de la gauche divine que juzgaba lo deportivo como el opio del pueblo, según la afortunada ocurrencia de su  pontifex maximus , don Karl Marx.

El interés suscitado por los grandes aconteceres deportivos que periódicamente se suceden, lejos de menguar, no hacen sino acentuarse. Se revela con ello, por un lado, la burda inconsistencia de un cliché intelectual que ha querido ignorar las verdaderas motivaciones de la sicología popular y por otro la tremenda relevancia de estos hechos en apariencia pueriles.

Muchos sociólogos se han atrevido a diagnosticarlo desde hace tiempo  y cada día parece más evidente: los grandes hechos deportivos, tanto locales como los globales, se manifiestan cada vez más como recursos ingeniados por las comunidades avanzadas para mantener vivos los imprescindibles mecanismos de cohesión social que las permiten subsistir. Estos hechos, eventos o como queramos llamarlos, son promovidos, sin duda, por los aparatos de poder, a través de una sobrecarga de publicidad pero se aceptados con entusiasmo por todos los pueblos del mundo.

Las comunidades necesitan estímulos constantes para mantener vivos los lazos colectivos. A los vínculos estáticos que como la lengua, en primer lugar, la mítica, luego, y las costumbres, después, aseguran esta cohesión se superponen estos medios que actúan dialécticamente sobre las conciencias individuales. 

Tradicionalmente, el principal de estos medios dinámicos de cohesión social era la actividad bélica. La guerra, en el pasado, tan frecuente, era  el medio de que se valían los poderosos para aumentar su poder a través del monopolio del estado y solo indirectamente para aumentar el poder de la comunidad y por tanto el de cada uno de sus componentes.  De ahí el carácter decisorio que ejercían sobre la conciencia popular. De su éxito o fracaso se derivaban, el aumento o disminución de los niveles de aceptación individual de los valores colectivos.

¿Qué otro papel si no ejercen modernamente los enfrentamientos deportivos que reproducen simbólicamente los antiguas pugnas bélicas? Cada colectividad magnifica una determinada disciplina, la que siente más próxima a su idiosincrasia, y esta pasa a ejercer la representación del espíritu común. Y sobre ella confluyen todas las aspiraciones anímicas de cada individuo. Cada país tiene un deporte-totem,  como tiene su himno o su bandera, o sus colores. y cada vez que se reinicia el ingenioso simulador del enfrentamiento bélico el espíritu colectivo se moviliza autocráticamente sobre ella. Hacen mal, pues, los que siguen desdeñando los hechos deportivos y también hacen mal los que sustentando los resortes del poder no los gestionan con más eficacia para que este genere los mejores resultados posibles. 

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