Diario de León
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Jesús Epalza, escritor ( su último libro es 'El médico y l viajero', con Luis Miguel de Luis Arribas
León

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No es Ucrania la que está siendo destruida, sino la libertad. Somos nosotros, el supuesto mundo libre, occidental, garante de la paz y de la democracia, quienes estamos siendo destruidos, sin saberlo. Aunque aún podamos elegir entre bajar un grado la calefacción, o subirlo. Entre contemplar, desde nuestro confortable sillón, cómo se derriba un hospital de la maternidad, o no hacerlo.

Pero no es solamente Ucrania el país que está siendo saqueado. Tarde o temprano llegará hasta nosotros la onda expansiva de las bombas que han destruido las casas de los ucranianos, de los morteros que han reventado las ventanas, los museos, los colegios, las calles, y los cuerpos de quienes estaban intentando escapar y a quienes vemos desde lejos, en esa otra barbarie que consiste en mirar la barbarie sin hacer nada.

Entonces, me pregunto, cuál es la libertad de la que somos depositarios, si simplemente no podemos hacer nada por el miedo a las represalias de un loco. ¿Sobre qué libertad se fundan nuestras sociedades si todo nuestro radio de acción ante la barbarie se limita a las acciones que no desencadenen las represalias de un loco? ¿Sobre qué engaño se cimenta idea de nuestras libertades cuando nos atribuimos la capacidad de hacer algo, es decir, las absurdas sanciones económicas y el envío de armas, cuando en realidad no estamos —porque supuestamente no podemos— haciendo gran cosa?

Los oligarcas de Rusia serán un poco menos ricos, pero los ciudadanos de Rusia serán mucho más pobres, y también habrá muertos, muchos, entre ellos. ¿Nadie piensa en los ciudadanos de Rusia? Todo lo que las democracias occidentales están haciendo consiste mirar hacia otro lado, pretendiendo que miran hacia Ucrania, fingiendo que combaten el horror. ¿No es mirar hacia otro lado enviarles armas, cuando sabemos bien que, a pesar de ellas, están condenados? ¿No es un modo de condenarles nosotros también? Además, enviarles armas, pero sin que les sirvan tanto como para que el agresor se enfade y tome represalias. ¿No es en realidad todo un cuento, una mentira para quedar bien: Europa ante los EE UU, la Otan ante sus miembros, los gobiernos ante sus electores, y todos ante todos?

No es el primer genocidio que ocurre ante la mirada impasible del mundo, ni el primero en el que esa impasibilidad, sea de la manera que sea, contribuye. Mucho peor, no es la primera invasión que esa mirada —que ahora lagrimea en sus teatrales condolencias— desarrolla por sí misma. ¿Es que nadie recuerda que ante la mirada del mundo, también, bajo un pretexto falso, también, con las intenciones más perversas, también, algunos de los países que ahora condenan lo que ha hecho Rusia, invadieron Irak? ¿Es que allí no había mujeres y hospitales de la maternidad y niños jugando y hombres que querían escapar y no podían?

La potencia de la información, el desarrollo de la tecnología nos hace pensar que el mundo es más libre, capaz, justo. Pero la libertad sigue siendo ilusoria —recuerdo que hubo dos millones de personas manifestándose contra la invasión de Irak, y no sé cuantos más en todo el mundo— porque para vivir en nuestra confortable sociedad hemos tenido que mal vender la libertad real por el simulacro de la libertad. ¿A quiénes? A los servidores de la mentira. ¿No tenemos ya las suficientes pruebas de que toda la política es una mentira organizada?

Hablamos de autocracia en Rusia, cuando en España no existe la separación real de poderes. Es otro truco de la política: dejarnos creer que las cosas son de tal manera que las controlamos nosotros, vendernos una idea que compramos con nuestra flaqueza y nuestra cobardía. No es otra cosa la relación de las sociedades modernas con sus gobernantes. Una mentira que no parezca lo bastante grande para que no te quejes de ella, pero que no sea lo bastante pequeña como para que puedas combatirla.

Lo más cómodo para seguir considerándonos mejores — habitantes de una sociedad justa— es demonizar a Putin y a todos los rusos. Mientras podamos señalar al enemigo de todos, podemos considerarnos, en alguna medida, amigos. Aunque no lo seamos.

Hace catorce años que se acordaba el ingreso de Ucrania en la Alianza Atlántica. Ya entonces Putin lo consideraba una «amenaza directa» a la seguridad de Rusia. ¿Qué se ha hecho desde entonces? Cuantas más crisis vive el mundo más queda demostrada la pobre utilidad de los gobiernos. ¿Qué podemos decir de la gestión del covid? ¿Quién, en nombre de los muertos, va a reclamar la nefasta política que condujo a la salud pública, a lo largo de los últimos gobiernos, a un empobrecimiento mortal? Por no hablar de la previsión necesaria cuando el riesgo de una pandemia estaba más que advertido, al menos para quien tenía que estarlo. Hace años que circulaba la información suficiente para que se tomasen las mínimas medidas oportunas.

¿De qué sirven los gobiernos? Son el mecanismo por el que una sociedad infantil, un hombre infantil, se engaña a sí mismo, haciéndose creer que constituyen la forma saludable de su madurez. En definitiva, la manera de transformar la barbarie donde estaríamos sin ellos. De garantizarnos la libertad y la paz. (Pero ya vemos qué libertad y paz). Ahora bien, el hombre, tan infantil como es, no puede plantearse realmente la utilidad de los gobiernos. Sencillamente da por hecho que son de alguna utilidad, aunque se pase la vida abominando de sus actuaciones. Porque los necesita. Porque los gobernantes son la medida de los hombres que los eligen, aunque también esta elección sea ficticia.

¿No está siendo devastada Ucrania ante la miserable mirada temerosa de los gobiernos y de sus ciudadanos, en la ficción —representación— de una ayuda que no es tal —salvo en la siempre generosa contribución individual de algunos— por el miedo a perder a libertad y la paz ante la amenaza de Putin? Bien, ahora se trata de este argumento; en otros casos, donde no hubiera coerción nuclear, utilizaríamos otro. Se trata de que podamos conservar nuestra aparente seguridad, al precio que sea. Nada va a cambiar. Lo que yo digo es que no solamente Ucrania está siendo destruida, sino que lo está siendo, también, nuestra libertad, cada vez más escasa. Y que alguna vez, tal vez cuando la perdamos del todo, si no lo hemos hecho ya, habrá que empezar a recuperarla. Sí, también al precio de la vida, de la amenaza nuclear. Porque, ¿cómo podemos considerarnos en paz y en libertad en un mundo donde el miedo y las amenazas están por encima de nuestras obligaciones? ¿Es que no es nuestra obligación defender a los ucranianos, como al resto de los hombres, de la barbarie?

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