Diario de León
Publicado por
Eugenio González Núñez, escritor
León

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Cada día que pasa, la indefensa naturaleza, el mundo viviente, los seres humanos, sufrimos diferentes envites: del fuego, del agua, la carretera, el trabajo, las flaquezas del cuerpo humano, y un largo sinfín de desventuras. Generalmente, éstas son batallas rutinarias, llevaderas, aunque a nosotros se nos antojen cruciales, esenciales, para seguir viviendo. Pero hay batallas encarnizadas, furibundas, a vida o muerte contra poderosos enemigos. Batallas en soledad, desamparo, injusticia, inferioridad de condiciones ante nuestro adversario, pusilanimidad o miedo, hambre, que nos hacen sentir que todos nos han abandonado. Librar cualquier batalla en medio de la empatía y la solidaridad de los que nos ayudan, será —ganada o perdida—, siempre reconfortante y llevadera. Pensar que el amigo, el hermano, el conocido o desconocido, pero solidario, piensa en nosotros o que nosotros podemos pensar en él, es como sentirnos más fuertes, con más vida, coraje y entusiasmo, es como si alrededor de nosotros se alzara un inmenso haz de luz que nos protegiera y a la vez nos empujara a seguir en búsqueda de caminos nuevos.

La situación actual, en cientos de lugares de nuestro planeta, en millones de corazones de nuestros hermanos, se hace cada vez más oscura: Es cierto que las formas son bien diferentes. Se encarece la luz, el gas y los alimentos, aumentan los incendios, las plagas, y se acortan pensiones, salarios y vacaciones; nos asusta la guerra en Ucrania, pero todo esto solo es una pizca menos de felicidad para quienes “casi” lo tenemos todo. Los problemas verdaderamente serios tienen otros derroteros y otros protagonistas: los que van a tener que mendigar, a ver a sus hijos famélicos y sin nada para llevarse a la boca, los que van a perder casa, familia, los que van a tener que emigrar a países desconocidos, los que van a tener que enterrar sus sueños y a sus muertos prematuros. Los llantos de los niños pidiendo teta, colgados literalmente de unos pellejos secos y vacíos, atenaza el corazón de unas madres que apenas, espantando con sus manos inermes unas moscas pertinaces, suspiran agonizando.

La codicia humana no tiene límites y se hace cada día más ciega y se vuelve cada vez más sorda a los gritos de socorro de una humanidad doliente. Los ricos son cada vez más miserables y ambiciosos, y es que a ellos la avaricia hasta ahora, nos les ha roto el saco —como en el cuento ruso—, pero el saco se ha roto para los sueños más humildes de los pobres, en una guerra atroz y malquerida por ambas partes. La situación y las diferentes brechas de desigualdad son cada vez más profundas: Los que lo tienen todo, y no carecen de nada, y los que no tienen nada y carecen de todo. ¡Así, de Perogrullo!

Hombres y mujeres del mundo, pensad en los millones que, en las batallas por la vida, desde el dolor, la hambruna y la guerra, os imploramos. Vosotros seréis para nosotros uno de los miles de corazones, brazos, manos y piernas que vamos a necesitar para sobrevivir, abrazar y caminar.

Pensad en los miles para los que hoy será un día eterno y solitario en las barricadas, entre bombas y —a la fuerza, enemigos—, porque los que hoy vamos a morir, vamos a morir solos. Pensad en nosotros, porque tal vez hoy sea una noche triste, agonizante, falta de medicinas, calor y compañía, en un improvisado hospital de campaña. Pensad en los que hoy, solo somos emigrantes que, sorteando mares bravíos, deambulando errantes por los desiertos, buscamos un hogar, un puesto de trabajo, patrias nuevas, corazones abiertos, mentes sin prejuicios, y un futuro junto a los que no restan, y sí saben sumar.

Pensad en los que hoy solo pretendemos ser “saltabarreras” con suerte, esperando la oportunidad frente a las costas de España, ante las murallas de Texas, o un simple atrapado en un campo de refugiados sirio.

Pensad en los miles de niños sin familia, sin hogar, solitarios en una escuela prestada, usando prestado un lenguaje nuevo, una casa nueva, y unos zapatos rotos, también prestados del niño que ayer murió. Piensa en mí, una madre soltera, divorciada o viuda, buscando mi identidad, tratando de formar una nueva familia.

Piensa en mí, un médico sin fronteras y sin miedos, ayudando a quienes me necesiten en un hospital semiderruido por las bombas y aterrador por los gritos de dolor. Piensa en nosotros, y estate bien seguro que con solo tu pensamiento y colaboración, abrirás para todos, una puerta a la luz y a la esperanza en un mundo mejor.

Hijo mío, hermano, amigo, mañana en la batalla, pensaré en ti. Como hay Dios, ¡que te recordaré!

Mañana, en la batalla, me acordaré de ti, sentado en mi butaca, tomando —según yo—, un merecido descanso, pero te recordaré. Pensaré en ti, valiente hermano luchador en cualquier frente del mundo en que se luche por las causas más bellas y nobles: el cuidado y la protección de la tierra, la justicia, la salud, la libertad, el respeto y la igualdad de todos los seres humanos. Mañana en la batalla, llegaremos a tu lecho de dolor, a tu estómago vacío, a tu alma solitaria, aunque tan solo sea para susurrarte, ¡no tengas miedo, compartiremos contigo!

Mañana, en la batalla, seguiré hablando y escribiendo en nombre de quienes, como tú, no tienen voz, ni pluma, ni papel, ni un viento libre que lo lleve y lo introduzca en las casas de poderosos sin escrúpulos, dictadores sin conciencia, acaudalados y acaparadores codiciosos, acomodados y cómodos sin corazón, porque, “después de todo, no hay tentación más grande que el pecado ajeno”.

Mañana en la batalla contra el alcohol o la droga, me acordaré de ti, para decirte que tú puedes rehacer tu vida y ser, verdadera y plenamente, feliz. Mañana en la batalla, levantaré mi alma y brindaré por ti —sangre furiosa, joven y adolescente—, para ayudarte a despejar tu mente y tomar conciencia de tu actitud demoledora, y espolear tu voluntad en la lucha contra tu propia autodestrucción. Mañana, en tantas humanas batallas, ¡ojalá que los vencedores lo sepan celebrar!, y los vencidos, hartos de soledad, sientan el grito vigoroso y tenaz de, “¡levántate y anda!”, que vuelva a estimularlos a una vida que siga siendo batalla y camino a la vez.

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