Repartiendo una herencia abrumadora
Se cumplieron 22 años en días pasados, cuando, «muy a la francesa», me fui de la diócesis de Astorga. Me fui como, veinte años atrás, había venido. Fueron veinte años de trabajos, sinsabores, pero también grandes satisfacciones y alegrías compartidas con muchos que ya no están y algunos que hoy se quedan cargados con nuevas responsabilidades que, ya para la vejez, no suelen ser ninguna buena compañía. Me fui con veinte años más, mi maleta de libros, y en compañía de buenos y malos recuerdos. Fueron 20 años sirviendo con el alma a una diócesis que también era la mía, iniciando esa tarea, herencia abrumadora, en parroquias y colegios-internados, a la vez.
La prematura muerte de don Antonio (1994), obispo de Astorga, aunque por todos anunciada, a todos nos tomó por sorpresa. De Galicia nos vino la luz, aunque no brilló igual para todos. Los de siempre se quedaron en sus puestos, y al Seminario Mayor, le llegó la desbandada: la máquina de «hacer» curas no había funcionado, y el nuevo obispo, sacrificó chivos expiatorios con la esperanza que de Roma llegara la plenitud. Con mano de hierro y sin miramientos que hablaran de humana cercanía, comprensión o agradecimiento, se firmaron los decretos de despido, acariciados con antelación por «consejeros de tiempo completo» que la diócesis mantuvo hasta hace muy pocos años. Sin recibir explicación alguna, por otros culpados, y alicaídos, tuvimos que partir tomando cada quien su propio rumbo: tierras de la Cepeda, Zamora y Orense fueron los destinos y, a pesar de los buenos recibimientos tenidos en las parroquias a las que fuimos enviados, el reciente descrédito y la soledad — in media vita—, comenzaron a roer y a corroer nuestras vidas.
Al día de la fecha, a casi unas bodas de plata esperadas, me siento contento con el destino que pocos años después elegí. Por años, he servido y sigo sirviendo, desde una fe profunda en Dios, a quienes me lo han pedido, y con amor he decidido hacerlo. Lo que hoy lamento es ver a muchos de mis compañeros —a las espaldas encargos nuevos—, cuando ya ni vida, ni salud dan para tanto esfuerzo. Por todo ello, mi respeto y admiración se la dedico a estos segadores que, valientes en veranos de fuego y de prolongada sequía (vocacional), se siguen comprometiendo, ya con las manos rugosas, a empuñar la hoz y a seguir saliendo a los campos, a los pueblos, solo de vez en cuando, marcados por la añoranza, de quienes celosamente y por años, dedicaron su vida a una sola parcela, a la que día y noche mimaron y en la que dejaron todos sus desvelos.
A repartir una herencia abrumadora se dedica en estos momentos el obispo de Astorga y, en general, todos sus hermanos de las diócesis rurales españolas. En ocasiones, yo quiero pensar como algunos de ellos: que la fuerza del Espíritu romperá trabas y apatías y muchos seglares saldrán en cuadrilla a segar codo con codo con el clero secular. La otra cara de la moneda me dice que, en los pueblos, donde ya no va quedando gente, el reto solo será, que dicen en Centroamérica, «gastar pólvora en zopilotes». Y es que, el zopilote, cansado y aburrido de tanta espera, cuando el falso disparo provoca el susto, sí, hace el gesto de levantar vuelo, pero no va más allá de una mueca teatral. Roma, no ha querido afrontar el verdadero problema, y siempre ha puesto, con poco éxito, parche sobre parche y, por ello, la duda de muchos, es fundada: tampoco las «Unidades Pastorales» (Upas) del momento, tendrán el éxito augurado.
En este país donde vivo (EE UU), el pluralismo abarca todas las dimensiones del pensar y del vivir y, una opinión muy extendida es que, la Iglesia Católica ha perdido muchas oportunidades de «ponerse al día» para servir al pueblo de Dios. La mejor, tal vez fue la que siguió al Concilio Vaticano II, en la que Juan XXIII, quiso abrir una ventana para que la Iglesia se oxigenara, pero, por escondidos intereses —«Placer, Poder, Resistencia» (Lucas. 12, 32-40)—, altas jerarquías se empecinaron en cerrar, no solo ésa, sino todas las otras puertas que después, tan pronto como se abrían, se cerraban. Por ello, hoy la Iglesia Católica, enfangada en serios problemas morales, sigue extendiendo la alfombra de las grandes solemnidades litúrgicas con las iglesias medio vacías, a pesar del testimonio y los gestos evangélicos del Papa Francisco, en su clamoroso cambio.
Hoy la Diócesis de Astorga sigue apostando por enviar a los campos del Señor a sacerdotes de buena voluntad, pero cargados de años y añoranzas. El obispo, don Jesús se ha convertido en un generoso repartidor de herencias en las que fue rica la Iglesia diocesana. La falta de segadores ha propiciado que la faena de la siega esté recayendo sobre los más voluntariosos de la cuadrilla. Contando con buenas y generosas voluntades de «hacer lo que se pueda», será Dios quien no reclame más, pero el mundo todavía creyente y practicante, le sigue reclamando a la Iglesia medidas pastoralmente eficaces ante la crisis que no acaba de superar.
Se acumulan muchas cargas en una persona para que, en realidad, ni física, ni mental, ni espiritualmente pueda desarrollarlas. Mal segador será, quien pretendiendo cumplir con todo, no caiga en aquello del Evangelio de que no se puede servir a dos señores a la vez. La puesta al día en la Diócesis de Astorga es un reto a la fidelidad evangélica, y un profundo acto de fe en la disponibilidad de los seglares para hacerse cargo del papel —bastante etéreo—, supletorio, y pronto solitario que, en ausencia de sacerdotes, llevará a cabo toda la comunidad. No quiero ser yo quien le ponga trabas al carro; mi intención es animar, porque siempre lo mejor será enemigo de lo bueno; pero si solo podemos hacer lo bueno, ¿cuánto tiempo más vamos a darnos para que se pueda hacer lo mejor?
No quiero olvidar a los sacerdotes que generosamente han venido a echar una mano a la diócesis maragata. Lamentablemente, y sin menospreciar su ayuda, me temo que todo lo que el futuro nos depare —de no haber decisiones y cambios profundos—, pueda ser «pan para hoy, y hambre para mañana». Tengo para mí que, en un futuro no muy lejano, el clero que atienda a sus pueblos, tendrá que salir de esos mismos pueblos, libre para tomar el camino del celibato o el matrimonio. ¿Largo camino para andar? ¡De acuerdo!, pero cuanto más se tarde, más se enquistará el problema y se enrocará la mente de una Iglesia Católica conservadora, en detrimento del pueblo creyente que, por creyente y consecuente, quiere practicar.
¿Corazonadas de unos pocos? ¡Posiblemente!, pero corazonadas salidas del corazón de quienes siguen, profundamente, valorando y queriendo a la gente y a los sacerdotes de la Diócesis de Astorga, que, por enésima vez, hoy se reparten una herencia abrumadora.