Diario de León

Creado:

Actualizado:

Finalizado el semestre de primavera, volvimos a guardar los libros y a desempolvar las maletas, porque unas nuevas vacaciones nos esperaban. Como no podía ser de otra manera —la patria primero—, en tierras bercianas bajo la cumbre de la Peña, hicimos nuestra primera parada en la pequeña y hermosa tierra que me vio nacer; y es que a medida que avanzan los años, más poderosas se vuelven las raíces de las que uno siempre presumió.

Quisimos en esta ocasión, porque los años apremian, hacer una visita a la hermana tierra portuguesa. Nos incorporamos a una excursión que, saliendo de León, nos dejó cinco días en Lisboa y nos permitió visitar sus alrededores. Fue moderno y acomodado el hospedaje, sabrosa la comida y hermosos y llenos de historia los lugares que —quizás con excesiva prisa— visitamos. Asentados en las afueras de Lisboa, entrar y salir de la ciudad, antes de cruzar el Puente 25 de Abril fue una verdadera odisea, viendo las virguerías que algunos hacían (por izquierda o derecha) para adelantar.

«Como digo yo, ¡paciencia!», nos estimuló la guía. Tras la toma de paciencia consabida, el bus comenzó a trepar montaña arriba y esquivando colegas, aparcamos como pudimos para visitar dos joyas de la corona portuguesa. ¡Vaya lugarcitos!, exclamó alguien. Recibimos consejos para una «corta» caminata y hacer el caminito que monarcas y aristócratas portugueses subían bien acomodados en sus carruajes o a lomos de bestias, esclavos o criados. Las cuestas de Sintra parecían no tener final. Las promesas de llegar pronto se sucedían, pero nunca llegaban. «¡Hay algo que deben ver!», proclamaba la guía con aire de misterio, pero el dichoso «algo» no aparecía. Lo que sí se adivinaba, por cómo la gente sudaba, era una fila de casi dos horas de subida, para tomar un puesto en la cola de bajada y llegar al pozo caracolero que, con sus nueve «pisos» de piedra labrada nos recordaba un sacro número templario, cuyo escudo en piedra y agua, resplandecía al fondo.

En verdad que el dichoso «pozo de escaleras invertidas» era tan espectacular, tan único «camino de iniciación» y asombro que, su misteriosa bajada nos permitió olvidar los cabreos del empinado viaje y larga espera para disfrutar la obra costeada por AA. Carvalho Monteiro conocido como El millonario Monteiro, nacido en Brasil, de profesión bibliófilo y coleccionista. ¡Afortunados eran los reyes portugueses disfrutando Sintra en los misteriosos veranos, y las playas de Lisboa en los templados otoños!

De vuelta, abundante y sabroso fue el bufet de la cena, regada con afrutados vinos portugueses y deliciosos postres; pero a poco nos supieron las horas de descanso para digerir tan pantagruélico banquete.

Y del fado ¿qué? —preguntaba cada noche, Gabriel, el amigo cordobés. ¿Y qué del bacalao?— reíamos la pregunta tras el almuerzo diario.

Estar en Portugal y no visitar Fátima, es como estar en Congosto y no subir a la Peña. Fue una mañana gris, lluviosa y algo fría. Un obispo, apoyado en un bastón de palo, puro y duro, celebraba la misa ante un nutrido grupo de ecuménicos y fervientes oyentes. En el santuario de todas las postales, como buscando misteriosas tumbas, deambulaban grupos reducidos. La memoria de los niños de Fátima ocupaba los corazones. El nuevo edificio, al fondo de la explanada, la Basílica de la Santa Trinidad, lugar escondido, luminoso y ecuménico se me antojó hechura del santuario de la Virgen del Camino, nuestra patrona. El día se prestaba al silencio, roto por un tintineo de campanas, y la vista se iba al recóndito lugar donde se sacrificaban devotas y ardientes velas que, producían un humo chispeante de efímeras pavesas...

En la Lisboa antigua, pero más joven que el mar —incapaz de seguir al guía oficial en su alocada carrera de pasos y palabras—, me detuve ante la pétrea Barca donde se apiñaban descubridores, colonizadores, frailes, reyes y reinas, y me quedé enamoriscado mirando el pacífico mar, donde se baña Lisboa. Olvidando el convento de los Jerónimos, donde descansa de tanto navegar Vasco de Gama, e incansable sigue escribiendo, barbado, bizco y laureado, Luis de Camöes, por un breve tiempo me creí perdido, olisqueando el aromático olor de los deliciosos pasteles que de un par de cuadras más al norte me venía. Suspiré aliviado, cuando sonrientes volví a ver a Jane en compañía del paciente cordobés y la siempre sonriente catalana. ¡En cuantas ocasiones —pensé—, he cruzado ese mar en alas de Iberia, viendo Lisboa en nostálgicas despedidas, gozándola en cada vuelta al hogar!

Cansado de la jornada pasada, decidí como recompensa a mis años, tomar el día para descansar, mientras el grupo, en Mafra, disfrutaba las historias de un rey panzón que dormía sentado, el flamante casino de Estoril y la Boca do Inferno, purgatorio para don Juan de Borbón, padre del emérito rey de España.

En la sierra de A Rabida, cruzando un pedregoso y árido desierto, dimos vistas al Atlántico, en eterno reto contra los arrecifes del Cabo Espichel. El vetusto templo de Nossa Nenhora do Cabo, construido en el siglo XIV y restaurado en el XVII, tenía sus puertas abiertas, dándole la espalda al mar. Entré sigiloso y, mirando a la izquierda, allí estaba ella: Filipa. Ni joven, ni vieja; simplemente madura, hábil observadora, de respuestas ni tardías ni precipitadas. Brevemente, vino a decirme que estaba allí porque a su antecesora le había llegado el turno de un santo retiro, motivado no por años de servicio, ni carencia de vocación, sino por aquello de, «Señor, ahora puedes dejar a tu sierva irse en paz, porque mis ojos…». Aquí estuvo ella, curtida por inviernos de gélidos vientos, infinitos los silencios y eterna la soledad, siempre cubierta de harapos y falifos que la caridad le daba.

«Y aquí, estoy ahora yo», continuó Filipa, con voz dulce, convencida y estudiada, porque aquella gélida estancia era para ella símbolo de una llamada que nunca pudo rechazar. Desde su santa hornacina o pecadora emparedada, dejó escapar un sofoco y sus gafas redondas se humedecieron de sal. En los días de universidad, ni delicias musicales, ni riqueza de las lenguas, ni esbeltas arquitecturas la habían cautivado tanto como el silencio de un templo solitario que inundaba su alma con los tristes pesares del ayer. ¿Fue su encierro por amor, un amor desgraciado, cargado de amarga melancolía? ¿O fue lo suyo lamento sin voz en respuesta a lo que el Cielo quería de ella, clausurada hoy entre el silencio y la soledad del desierto, la mole de piedra y el gemido del mar?

Y del fado, ¿qué…?, rió sarcástico y por lo bajo Gabri, y Paqui tarareó, «y es que María es la alegría y es la agonía que tiene el Sur». Y nadie se acordó del bacalao, ayer festín de pobres, convertido hoy en pájaro y, por ende, por las nubes.

Lo mejor del fado —dije para mis adentros—, es Filipa, la misteriosa y dulce portuguesa, emparedada por amor en el Cabo Espichel, donde agresivas y espumosas cascan sus olas los mares del Sur.

tracking