Moreninas y rubiales
Voy teniendo una edad que me está haciendo ser un poco «abuela Cebolleta». El Abuelo Cebolleta era aquel personaje de Manuel Vázquez que contaba batallitas en los tebeos que leía de pequeña, a escondidas, porque eran para chicos. Las niñas nos teníamos que conformar, como mucho, con Mortadelo y Filemón, ya que leer al Capitán Trueno o al Guerrero del Antifaz no eran propios de nuestro sexo.
En aquella época, a las guajas y guajes que nacían con el pelo negro se les decía cariñosamente «morenín o morenina». A los rubios, fueran niñas o niños, el apelativo solía ser, casi siempre, «rubiales».
Aquellos eran años en los que la mujer, mayoritariamente, trabajaba en la casa al cuidado de la familia, que, según los señoros del momento dictatorial que se vivía, eran «sus labores» como aparecía en los DNI de las aludidas.
Tiempos en los que los «sucedidos» en las casas eran habituales. Los maridos pegaban a sus mujeres con una naturalidad pasmosa. Y las mujeres sufrían —supongo—, aquellos golpes como «normales», porque era un hábito. La mujer estaba totalmente subyugada al mandato del hombre, superior y dominante, el macho alfa.
Un recuerdo que conservo de mi primera infancia, es el de algunos vecinos de la casa en esas lides, habitualmente los sábados, en que el marido volvía a casa «achispado» (borracho, vamos). El programa Fiesta del Sábado Noche que emitían por televisión se convertía en toda una «fiesta» en los diferentes descansillos de la escalera: Julia había salido de casa gritando para que Luis la dejara de pegar. O para que Marcelino dejara de pegar a Consuelo, que no siempre los protagonistas eran los mismos, intervenían en el desaguisado los demás vecinos para «calmarlos» y que las aguas volvieran a su cauce hasta el sábado siguiente.
De esos años a hoy, las mujeres hemos avanzado en derechos y libertades, pero aún queda mucho camino por recorrer. A muchas mujeres las siguen pegando, pero dentro de la vivienda familiar. Los machistas nos matan porque nos consideran su propiedad. Desde el 1 de enero de 2003 hasta hoy, 28 de agosto de 2023, han matado a 1.222 mujeres. Eso sin contar las denuncias de malos tratos, vejaciones, violaciones en el hogar, besos no autorizados… No han entendido todavía que las mujeres ya no vamos a dejar que nos traten como si no fuéramos personas.
Hemos avanzado a base de denunciar, de vivir en una lucha continua por no retroceder ni un ápice en los derechos adquiridos, de llevarnos muchos e inmerecidos malos ratos para hacernos visibles en la sociedad, de acusaciones malintencionadas de que estamos contra los hombres, de tener que trabajar por leyes que nos otorguen derechos tan básicos como que nadie nos toque si nosotras no queremos.
Avanzamos hacia una sociedad en la que no es correcto declararse machista, pero en la que el machismo sigue «acechando» debajo de lobos disfrazados de corderos, que te encuentras en cualquier ámbito de la vida: en el trabajo, en la política, en asociaciones… Cierto que también hay hombres —cada vez más—, que defienden el feminismo porque han entendido lo que realmente es.
Aun así, perviven los que no permiten que opines diferente, que hagas una crítica constructiva por el bien común o que les lleves la contraria. Entonces muestran su verdadera cara: la maldad de sentimientos y la prepotencia del machista cavernario. Analizando caso a caso, hay mucho complejo de inferioridad, miedo a perder su estatus, su mucho poder o dinero detrás de quienes así actúan.
Los machistas deben saber que vamos a seguir en la batalla. Que la lucha de la mujer por el respeto y la igualdad ya no hay quien la pare. Ha calado en la sociedad mundial y será un hecho, aunque lleve más tiempo del que debiera.
Sobre Rubiales está casi todo dicho. No voy a ahondar en lo asqueroso, humillante, prepotente, fuera de lugar e indigno que me pareció el beso que le dio a una de las futbolistas de la selección, porque se supone que es su jefe. Un jefe que, a casi 700.000 euros al año –tengo entendido-, se pasa por el forro de los mismos que se tocó, delante de la Reina y la Infanta de España, el saber estar que se le supone a ese cargo.
No solo Rubiales es machista público. Los que estaban en la Asamblea convocada a mayor gloria de él mismo, que aplaudían cada una de sus palabras, conseguidas muchas de ellas a golpe de talonario, fue vomitivo. Destituido el presidente, y ya sin medio millón de euros que ganar, algunos se han desmarcado de sus propios aplausos. Si por dinero hay que ser machista, soy lo que haga falta.
Echar un vistazo a esa Asamblea y ver el número de mujeres –sin contar a las hijas de Rubiales-, que allí había es ofensivo. Una sala donde hubo muchos participantes que no aplaudieron y que merecen que las mujeres les demos las gracias. Pero la cantidad de ellos que lo hicieron y se pusieron en pie, fue sorprendentemente elevada.
El castigo económico que sufrirá Rubiales —si lo hay— será ridículo. Oscila entre 3.000 y 30.000 euros. Su mayor castigo será la pérdida de prestigio internacional, ya bastante tocado. No hemos visto ningún medio de comunicación internacional que deje lugar a dudas sobre lo deleznable del beso a Jenni Hermoso. Solo algún medio español que, con poca sutileza, dejó recaer en la víctima el futuro de Rubiales.
Es rico, poderoso, prepotente y les enseñará a sus hijas que existe algo llamado «falso feminismo». Espero que ellas nunca vean normal que su jefe o el primer desaprensivo que se cruce en su camino, las agarre de la cabeza y las dé un beso en la boca.
El machismo sigue existiendo en nuestra sociedad y algunos con poder lo ejercen públicamente y con arrogancia, aunque esto tiene los días contados en cada vez más países. Rubiales terminará por darse cuenta de que la mayoría de las moreninas, morenines y rubiales con los que yo crecí no aprobamos ya ese comportamiento. Jenni, a la que cariñosamente en mi tierra le dirían «morenina», va a ganar la batalla de la dignidad a todos los Rubiales que todavía existen. Una batalla por el avance de los derechos de las mujeres en el mundo, que vamos a ganar.