Diario de León

¿Llegó la hora de la Gran Coalición?

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En Alemania se denomina Große Koalition al acuerdo de gobierno entre los grandes partidos del espectro político, o sea, los democristianos (CDU y CSU bávara) y los socialdemócratas del SPD.

Esta circunstancia llegó a darse hasta cuatro veces en la historia de la República Federal. La primera en 1966, bajo la presidencia de Kurt Georg Kiesinger, y las tres últimas bajo la de Angela Merkel, ambos de la CDU.

En la primera ocasión, Kiesinger, aunque marcado por su pasado nacional socialista, contó con el apoyo de Willy Brandt, uno de los pocos alemanes de aquella época que presentaba un historial intachable de lucha contra el totalitarismo nazi, y que sería quien acabaría por sucederlo en la cancillería después de las elecciones de 1969.

En 2005 Angela Merkel le ganó las elecciones al anterior canciller, Gerhard Schröder, del SPD, por un escaso margen (226 contra 222 diputados), lo que hacía imposible reeditar los tradicionales acuerdos con liberales o verdes. Así, los grandes partidos llegaron a un acuerdo de gobierno entre ellos, bajo la presidencia de Merkel. Los resultados de 2009 le permitirían a Angela Merkel gobernar en solitario, pero la Große Koalition aun debería reeditarse dos veces más, en 2013 y 2017, siempre bajo la presidencia de la propia Merkel.

Esta circunstancia, que aquí nos parece tan rara, es también la fórmula de gobierno de la mayor parte de los gabinetes austríacos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en los que el Partido Popular Austríaco (ÖVP) gobernó en coalición con los socialdemócratas del SPÖ.

Con los resultados electorales que tenemos actualmente en España, y probablemente ya también con los de las pasadas elecciones, pensar en formar una Gran Coalición no debería considerarse, a mi parecer, ninguna barbaridad. Otra cosa es que sea, ahora mismo, una quimera.

Entre las ventajas de que los dos partidos mayoritarios lograran ponerse de acuerdo para gobernar, podríamos destacar, en primer lugar, no tener que ceder a los chantajes de partidos minoritarios, o no tan minoritarios pero extremistas, lo que muchas veces implica favorecer a unos territorios en perjuicio del resto.

Supondría también desbloquear el necesario consenso para los nombramientos en el poder judicial y, ya puestos, también sobre la forma de llevarlos a cabo.

Un acuerdo así también podría servir para consensuar toda una serie de leyes orgánicas, incluyendo las educativas, en aras a conseguir una estabilidad y una perdurabilidad en el tiempo de las mismas.

En suma, significaría finalizar con la actual crispación en la vida política, que en nada favorece a la estabilidad, tanto desde el punto de vista social como económico.

Pero no todo son ventajas. Una coalición de este tipo podría suponer la subordinación, y hasta a canibalización, del partido que no ocupa la presidencia; o incluso que, si no lo hacen demasiado bien, otro partido se constituya en oposición y acabe por sustituir a uno de los gobernantes en el turno político.

Otro de los problemas es que uno de los líderes tiene que renunciar a la presidencia, lo que complica bastante la cosa en el caso de tocarle al saliente. En el primero gobierno Merkel, Gerhard Schröder dejó paso a Franz Müntefering, como vicecanciller, abandonando la política. En el caso de Pedro Sánchez se nos antoja difícil que pueda secundar a Schröder.

En todo caso, una campaña como la que acabamos de vivir, a cara de perro, llena de descalificaciones, que han continuado en este periodo post electoral, no nos hace albergar muchas esperanzas de que se llegue a materializar en España una Große Koalition, aunque cosas más difíciles se han visto, y los políticos ya nos tienen acostumbrados a cambiar de postura, día sí y día también.

Como comentaba un amigo, si España votó mayoritariamente moderado, no tiene mucho sentido que manden los extremistas.

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