Tolerancia relativa
Se suele considerar que, a mayor libertad, a mayor respeto por las libertades y los derechos individuales, se tiene mayor tolerancia hacia conductas diferentes de las conductas dominantes de la sociedad. Ello incluye, obviamente, a las creencias, a las formas de pensar, de criticar, etc.
También se emplea el mismo término de tolerancia para referirse a la capacidad de aguante ante hechos o conductas que chocan con otros valores o conductas. El caso actual más escuchado a menudo es: «Ante la violencia machista, tolerancia cero», que viene a definir una postura de desacuerdo frontal con el hecho referido y una actitud belicosa frente al propio hecho. Tolerancia cero es, obviamente, intolerancia con toda la razón del mundo. El cómo se lleva a cabo esa actitud de rechazo es otra historia. Es corriente escuchar, en otro orden de cosas: eso es intolerable, lo que hay que tolerar, yo a usted no le tolero tal o cual cosa; pero el supuesto «intolerante» se queda habitualmente en eso, en palabras, en gestos, acaso en intenciones mortinatas que no llegan a parte alguna. Una de dos, o el aguante es casi infinito o estamos hablando de posturas timoratas que encubren un supuesto respeto a las opiniones o hechos del otro, aunque sean intolerables. Podría ocurrir también que el sujeto sea o se sienta incapaz, impotente cara a la acción y se quede inerme para ejecutar el deseo o la intención. Eso a nivel individual, A nivel grupal, comunitario, las cosas, creo yo, pueden (o podrían) ser muy diferentes. Ahí es, en la comunidad, donde se gesta el problema, así como donde puede florecer la esperanza para resolverlo.
Hecho el preámbulo, paso a lo mollar del artículo que tiene como escenario el panorama socio político actual español. Hago alusión, a propósito, a lo social anteponiéndolo a lo político porque este último (sistema político) está sostenido por el sistema social vigente. Dicho de otra manera, lo político es sobre todo una consecuencia de lo que engendra y permite lo social. No se explica de otra manera la ¡tolerancia social! demostrada ante los desmanes descarados y reiterativos de un político mentiroso y manipulador «cum laude» y «cum fraude».
Se habla mucho de una sociedad aborregada, entregada de forma acrítica a unas directrices de un supuesto líder que la manipula sin piedad y sin impunidad, e incluso de forma chulesca, cínica y desvergonzada. Disiento, en parte, de esa valoración que me parece superficial y, por supuesto, sesgada. Esta sociedad nuestra, tan variopinta y extraña, de borrega poco, algo sí, pero abunda mucho más el egoísmo y, en una proporción nada desdeñable, la mal leche, así como un miedo atávico, tanto a nivel individual como colectivo. Lo que sí se pone de manifiesto es una miopía o cortedad intelectual de juicio y de lógica entre las premisas y los resultados, las consecuencias del proceso en cuestión.
Hay un refrán elocuente que vaticina: «Quien siembra vientos, recoge tempestades». Teniendo en cuenta las tempestades pasadas, presentes y, me temo, futuras, me da por pensar que los españoles somos sembradores avezados de vientos. Lo que no dice el refrán es el tiempo que transcurre entre la siembra y la recolección, y tendemos a olvidar en qué momento y en qué cantidad procedimos a sembrar. Ahí, creo yo, reside una cierta incredulidad o una negación de las consecuencias. Tendemos a minimizar el poder de la tempestad ya que pretendemos convencernos de que el viento sembrado no era más que una suave brisa. Es posible que el error y el cinismo se repartan la cuestión. Es después, a veces demasiado tarde, una vez que empiezan a caer rayos, el vendaval azota y suenan los truenos, cuando nos acordamos de santa Bárbara bendita, patrona de los mineros, y de los artilleros… y se arma el lio.
La tolerancia social actual (llamémosla aguante) frente a la política reinante parece, pues, estar compuesta por un entramado, un revoltijo de miedos, cobardías, egoísmos, etc. que adormece o anestesia la defensa de los valores que han definido y organizado el propio sistema social. Una vez que el líder autócrata constata ese estado social le es relativamente fácil aprovecharse de él, convertirse hábilmente, máxime si posee capacidad de manipulación y sin freno moral o ético, en una figura que se auto denomina indispensable para gobernar y dirigir a un pueblo al que tratará de convencer de que solo él y sus secuaces son quienes representan el futuro en paz y progreso.
Me dirán que un líder, por sí solo, nunca será capaz de imponerse a la mayoría. Todo dependerá de cómo respire esa mayoría ante la minoría, o las minorías, y el grado de degradación o connivencia de las mismas con él. La Historia, esa maestra poco tenida en cuenta, nos enseña que esas situaciones se han dado con mucha más frecuencia de lo deseable. Es probable creer que el líder autócrata nace, pero sobre todo se hace en un medio propicio que, en cierto modo, es «secretado o engendrado» por ese mismo medio, por el denominado sistema. Por lo tanto, no es ajeno a él, más bien al contrario. Un sistema que permite, que tolera la «legalidad» de la ilegalidad es sumamente peligroso, frágil y débil, y el autócrata lo sabe y se aprovecha de ello. Medirá con frialdad el grado de tolerancia de la sociedad a sus tejemanejes, la pondrá al borde del estallido, pero hábilmente rebajará la presión con promesas o posturas engañosas cuando lo crea conveniente. Él sabe, por experiencia, que eso le da resultado. Desgraciadamente, podría calcular mal y armarse el cisco.
No es la primera vez que escribo sobre este tema y he constatado que la sociedad en general va comprobando que lo que ayer le parecía increíble, imposible de suceder, va asentándose hoy como objetivo en ese cuerpo social por obra y gracia del autócrata. Se han empleado y se seguirán empleando otros términos para camuflar y pervertir el verdadero significado y alcance de los vocablos y los conceptos tales como verdad, justicia, legalidad, convivencia y entendimientos pacíficos y respetuosos, etc., etc. Una parte nada desdeñable de la sociedad ha caído en la trampa, en el juego del trilero.
No descarto que el autócrata provoque y trate de poner a sus oponentes en situaciones en las que pudieran perder el control y cometer errores con expresiones o acciones inadecuadas, para utilizar a continuación esos fallos a favor de sus tesis. Lo que no hará nunca es enfrentarse directamente con el cuerpo social unido porque sabe que llevaría las de perder y, además de ser bastante cobarde, es astuto. Solo ante un «brote» exacerbado de narcisismo incontrolable, o de vivencia dolorosa, insoportable ante la pérdida de su egolatría, pueda lanzarse al vacío.
Total, que la tolerancia en sus diferentes acepciones y momentos puede ser desde una virtud valiente del espíritu hasta una cobardía disfrazada de prudencia y resiliencia, cuando no de egoísmo. La sociedad es, en definitiva, la que decide lo que debe tolerar y lo que no debe tolerar.
En resumen, hay posturas de tolerancia ante lo intolerable y hay posturas de intolerancia hacia lo que debiera ser tolerado. Vamos, que eso de la tolerancia es una cuestión relativa. Y es así, según el poeta, «cómo se pasa la vida y cómo se llega la muerte tan callando…».