Diario de León

TRIBUNA

José Manuel Trabado Pérez
Vecino de Vega de Valcarce

Semana Santa en Vega de Valcarce

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M e pidieron que reflejara mis recuerdos sobre la Semana Santa de Vega. No es fácil, la memoria es un tema escurridizo y, como se dice, cada uno cuenta de la feria según le ha ido en ella. Mis recuerdos de aquella época, de mi infancia en los sesenta, en relación con la Semana Santa, se reparten entre Ponferrada, donde vivíamos y mi pueblo, Vega de Valcarce, la morada de mis abuelos maternos.

Siendo niño, hace mucho tiempo, viví la Semana Santa en Vega de Valcarce, la memoria ya es flaca y espero que no me traicione. Recuerdo la iglesia cambiada en esos días, sin las imágenes en sus nichos o tapadas (igual que ahora), me parecía muy raro. Recuerdo los oficios del Viernes Santo y la lectura de la Pasión. Don Eugenio, nuestro párroco, acompañado de dos o tres curas más, como si fuesen actores, leían el texto sagrado. Don Eugenio siempre interpretaba a Nuestro Señor, a veces  aplicaba una voz afectada que me impresionaba: «…si te he dicho la verdad por qué me pegas», «Madre ahí tienes a tu hijo», «¿Dios mío, por qué me has abandonado?». Recuerdo la iglesia rebosante, con mucha gente de pie aguantando estoicamente el largo ceremonial. En los días previos, los parroquianos (o mejor dicho,  parroquianas), esperaban para ser confesados. El único confesionario de la iglesia, que yo me preguntaba para que servía, pasaba a tener utilidad. En esos días de más trabajo, Don Eugenio se veía asistido por los curas del canal del Valcarce: de Balboa, Trabadelo, Ambasmestas,... Según parece, anteriormente participaban más curas, pues hasta los pueblos más pequeños tenían el suyo. Con tanto cura, hasta el niño que yo era entendía que eran fechas especiales. Recuerdo a los sacerdotes postrados en el suelo en una posición muy chocante para mí. El Domingo de Ramos los feligreses asistíamos a misa con  ramos de laurel y algunas palmas despistadas. Ramos que después de la  bendición con el aspersor se llevaban, con un punto de superstición, para colocar en los corredores y en los balcones. Decía Inés, mi madre, que en el tema de los ramos quien se llevaba la palma (nunca mejor dicho) era el pueblo de Moñón. Solían portar, con orgullo, grandes ramos de laurel, de varios metros, que adornaban con un trenzado hecho con las cintas de cuero de uncir a las vacas. Los ramos eran tan grandes que tenían que humillarlos para  introducirlos por la puerta en la iglesia y, después, acostarlos en un lateral para que no molestasen. Un gran homenaje para el Señor.

En los primeros años del siglo XXI un grupo de entusiastas de Vega, con la connivencia de nuestros sacerdotes (en esa época tuvimos varios y todos muy apreciados) decidimos ir más allá. Nos organizamos parar sacar en procesión el Viernes Santo, si el tiempo lo permitía, las imágenes de nuestro Cristo yacente, en su urna, y a la Magdalena (nuestra querida patrona) trasmutada en Dolorosa. Nos hicimos con unos sencillos hábitos talares, parecidos a los franciscanos, con capirote y todo, para darle más trascendencia y autenticidad a la procesión. Las mujeres también se implicaron con sus elegantes trajes negros, aportaron distinción y elegancia a la procesión ataviadas de peineta y mantilla negra de encaje. La procesión era nocturna, llena de solemnidad y recogimiento y con un aura especial por la luz de las velas, siempre vacilante. El Cristo iba por delante, portado por varones con hábito y capirote y la Dolorosa, con su manto negro, unos pasos por detrás, llevada en andas por las mujeres. Se cantaban temas piadosos acordes con el momento. La procesión tenía el recorrido habitual que estas suelen tener en Vega, es decir, desde la iglesia camino al Campo de la Feria (ahora plaza del Ayuntamiento) por el puente de arriba, para volver a la carretera por el puente de abajo, desde aquí iba la procesión hasta cerca de Ambascasas, para desandar el camino, carretera arriba hasta la iglesia, de nuevo. Llegábamos satisfechos y tratábamos de inmortalizar el momento con unas fotos de familia. Era cansado para los costaleros, y debo decir, que varios días después permanecía el hombro dolorido con el correspondiente moretón. La respuesta del pueblo fue fantástica. Recuerdo encendidas las luces de las casas y las velas titilando en los alféizares de las ventanas, balcones y corredores, como luciérnagas. La enseña nacional en las fachadas en manifestación de respeto y homenaje. Claro que, en estos días preparando este texto, he sabido que procesiones así, nocturnas, con caracolillos iluminados en las ventanas, eran tradicionales en la posguerra. Estaba, pues, en nuestros genes.

En estos años inmediatos la procesión decayó, dejó de hacerse. Nos faltan activos en esta España nuestra y vacía. Por desgracia, algunos de los entusiastas, trabajadores incansables (como Manuel, mi padre) se fueron para siempre y el carácter de la de la solemnidad cambió. Al menos, para mí. Nos metimos en el templo, en nuestra pequeña iglesia, las celebraciones se fueron hacia el interior: turnos para acompañar al Señor desde el Jueves y un vía crucis completo el Viernes Santo.

Supongo que el acercamiento que se tiene hacia estos acontecimientos va parejo al crecimiento personal y al deambular por la vida. Seguramente, llegas a atisbar estos misterios con el paso del tiempo, cuando la vida te ha mordido. Ahí, en ese momento, es cuando llegas a ser consciente del tremendo sacrificio de aquel joven, de aquel Hombre-Dios clavado en el madero. También eres consciente del absoluto dolor de su Madre al verlo humillado, maltratado e, injustamente, crucificado. Comprendes, a través de la fe, lo que este sacrificio significa para nosotros.

Sentimientos de tristeza que cambian cuando llega la misa del Sábado Santo por la noche, la Misa de Resurrección. Todo se torna en alegría, en esperanza. De nuevo, la energía del fuego, la luz, el agua, el canto de las campanas, la larga sesión de lecturas que enseñan la razón de las cosas, desde las profecías del Antiguo  Testamento hasta el Evangelio de San Juan. Si, vuelve la alegría en mi interior y percibo la alegría colectiva. Se oyen los aleluyas. La ceremonia, que había comenzado en el exterior de la iglesia con el fuego, concluye también a la entrada, dentro o en el atrio, según este el tiempo. La tradición de Vega, de mi pueblo, nos lleva a un pequeño banquete pascual, de nuevo el protagonismo de las mujeres (cuanto hay que agradecerles). Sobre la mesa están los dulces, las rosquillas, los bizcochos, las tartas, el chocolate caliente, el vino dulce, etc. Comemos, bebemos, hablamos animadamente, reímos, unas jóvenes cantan. Hay alegría y fiesta que disfrutan los parroquianos habituales y los forasteros, los peregrinos nacionales y los extranjeros que no dejan de admirar la sencilla celebración por El Resucitado de este pueblito del Bierzo.

La tradición de Vega, de mi pueblo, nos lleva a un pequeño banquete pascual, de nuevo el protagonismo de las mujeres (cuanto hay que agradecerles)
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