Diario de León

TRIBUNA

Carlos Santos de la Mota
Escritor

Portugal, la más lista

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Al observar un mapa político de la mitad occidental peninsular en tiempos de la Edad Media (más/menos y teniendo en cuenta sus alteraciones), y al mismo tiempo compararlo con otro de igual espacio pero actual, como leonés sobrecoge. No pretendo volver a ningún pasado, sólo utilizarlo para señalar la merma y sus consecuencias, pero en todo caso, ¡con qué ojos podría verse hoy! Y al resto. Motivo de reflexión.

Después de aquella constatada grandeza los astros dejaron de estarnos alineados y los vientos de la culpa propia (de ahí la dislocación astral) nos han barrido. Hace tiempo que todo aquello se vino abajo. La desbandada nos rodeó absolutamente y se da la paradoja que cualquiera de esos territorios tiene la personalidad jurídica propia de la que carece el núcleo del que surgieron. Alguno hasta acabó en Estado.

Y al ‘reducto’ leonés el tiempo le han traído tres consecuencias principales: 1. pérdida de fuerza/poder, que no vamos explicar por obvia; 2. preocupante ausencia de intereses de actualidad que recojan ese fluir, se queden y nos potencien, otra explicación innecesaria; y 3. despojamiento de lengua, cultura, instituciones y paradigmas propios como elementos clave para fijar reconocimiento de grupo y diferenciación hacia dentro y hacia afuera (¿o eso es malo?), y que son las estructuras del pensamiento del que se derivarán todas las acciones y por ende todos los futuros.

Dicho más exactamente: aquella vieja y estirada insensatez nuestra nos ha situado en posición frágil, anémica y poco interesante que sólo tiene la importancia que a otros importe porque somos, simplemente, ‘paso’ de servicio a otros destinos. Ya no ‘el destino’. Nada de aquella «Suiza española» ni de nudo noroccidental ni otras paparruchadas. Todo mentira y embaucamiento.

Pero como nada es casualidad los pueblos que lo son, lo son porque lo han merecido. Y al revés. Hay etapas en la vida de los pueblos, como en cualquier ser vivo, que marcan un destino. No atender ese momento, o distraerlo, o despreciarlo condicionará para mal a las generaciones siguientes. Y aquí es donde estamos: herederos venidos muy a menos soportando esas consecuentes derivaciones.

En la parte occidental hoy española (la oriental es otra cosa) la configuración geopolítica en la baja Edad Media está hecha a golpe del carácter de la dominancia, que sólo fue una.

El desastre leonés hacia sí mismo abre la puerta a la doctrina castellana que come con voracidad y, más que libera, se apropia (Castilla ejemplifica muy bien las multiplicaciones nominales de sí misma). Naturalmente va poniendo sus hitos y así ya empezamos a ver cuál va a ser la plasmación del real poder y de las redes asociadas a él. Hay un eje muy claro y es Burgos-Valladolid-Toledo-Sevilla que en su caso irán tomando más o menos importancia (recursos, progreso, influencias), algunos irán quedando en recuerdo y otros emergiendo con potencia con el aval puramente geopolítico tomando como interés general el conjunto peninsular. La gran succión central.

El desarrollo de la incipiente industria y actividad comercial afirmará más esos ejes y con ello una posición política que a su vez arrastrará conciencias y sentimientos de pertenencia que irán transvasándose al ‘nuevo orden’, y nuestro destino leonés quedará deslucido, menguado y herido de gravedad. Es un sacrificio grande. Tanto como ser o no ser.

La consecuencia ni siquiera ha sido compensada y mucho menos tratada con justicia. La despreocupación boba de lo propio trae como resultado el debilitamiento seguro, y todo ello nos ha colocado en esta especie de pozo en el que sacar la cabeza, incluso en el ‘reducto’ al que nos hemos acostumbrado, sea tan difícil como casi imposible. De todas esas consecuencias fatales arrastramos una pérdida de la memoria autóctona y de la afinidad sentimental ligada a la vieja tierra de pertenencia.

Y se comprende que eso nos pase porque es lo que les ocurre a todos los hijos que son abandonados, en este caso por su tronco nacional de referencia.

León (el León amplio) ya es ‘un margen’, está desplazado del interés, su futuro anuncia poca relevancia y además ‘desaparece’, podemos decir motu proprio, en los términos hegemónicos de su pasado. Nadie como él ha sido alumno tan aventajado de su galopante y anunciada insignificancia.

Con la independencia definitiva de Portugal (1640) nuestra posición queda más orillada y extrema, y eso nos ‘obliga’ a entregarnos a una geopolítica más desfavorable. Esta parte occidental ya está herida, afecta al León troncal y a las otroras influencias de éste del que ya no reciben ni el estímulo de la referencia y guía, ni una señal de futuro.

Es la decadencia, el desasistimiento, sólo proyecta debilidad y se ha reducido a ser acompañante. Una especie de tonto útil.

Y ‘muertos’ los alrededores acabará muriendo el núcleo que sólo llegará a nutrirse de sí mismo —poco, porque pocas son las fuerzas—, y de las comarcas —que llegarán a dar lo que den, cada vez menos—. El Bierzo tiene su explicación y las diásporas sentimentales de nuestros territorios también. La debilidad es patente, como los miedos. Nuestra vieja estructura nacional no son más que jirones.

Después de la nueva organización territorial de finales del siglo XX y por lo que a Castilla ¿y León? se refiere, el único eje de la actividad de progreso en los términos en lo que hoy lo entendemos se proyecta en Castilla (Valladolid-Palencia-Burgos) con el motor propulsor de Madrid (también Castilla), y ello sitúa más en ‘el margen’ a una región leonesa convertida ya en entelequia, negación o pimpampum y que, aunque algunos lo duden, también ellos están afectados porque todos hemos ‘abandonado’ el occidente, nuestro espacio vital.

León ciudad y como cabecera que fue de su territorio ¿tiene responsabilidad? Toda. Desde el poder se puede hacer todo o si se quiere también nada. Teníamos la estructura, el avance y la organización y todo se vino abajo por no saber fijar lo que se tenía.

Y a la vista de los resultados parece obvio que entre el ser y no ser optamos por lo segundo. Y es en este sentido de dejarse llevar y de vaciado irresponsable, donde se halla la respuesta a la situación de este occidente, de abajo a arriba, ‘apartado’ y en retraso comparado y real.

Y visto que los actos tienen consecuencias, ¿cuánto vale un pueblo, una sociedad arracimada a sus encuentros y paisanaje?, ¿qué valor tiene no serlo? Tendríamos que haberlo visto hace ya mucho, pero tal vez lo estemos viendo con más claridad tras los últimos ajustes territoriales.

Mucho nos han adoctrinado con haber sido la cuna y los constructores de España (muy presuntuoso me parece) y con ello nos engatusan con una ‘importancia’ que en términos reales es insustancial. Eso no da nada. Sólo sirve para desviar nuestra atención de lo que debería importarnos. Pero si hubiera sido así, también habrá que admitir que si ayudamos a hacer algo más grande (no necesariamente mejor), la consecuencia sobrevenida es que hoy somos mucho más pequeños y nadies.

Ser, y dejar de serlo, son esclarecedoramente contrarios entre sí. Hace siglos emprendimos un viaje hacia el suicidio, y en los designios de lo que iba a deparar el tiempo en este occidente peninsular, Portugal fue la más lista.

Con la independencia definitiva de Portugal (1640) nuestra posición queda más orillada y extrema, y eso nos ‘obliga’ a entregarnos a una geopolítica más desfavorable. Esta parte occidental ya está herida, afecta al León troncal y a las otroras influencias de éste del que ya no reciben ni el estímulo de la referencia y guía, ni una señal de futuro
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