TRIBUNA
Autonomía Leonesa: las trompetas de Jericó

La oposición a la Autonomía Leonesa ha levantado un muro que es preciso derribar. Para lograrlo es obligado conocer la disposición y materiales de sus murallas viejas y nuevas, que no todas son de piedra ni todas son de hoy, algunas tan antiguas como Jericó, la ciudad bíblica cuya alegoría sobre su destrucción nos va a servir para saber si avanzamos hacia la Autonomía prometida.
El autonomismo leonés atravesó el Jordán el 27/12/2019, interrumpiendo el curso de las aguas con origen en el Estatuto de Castilla-León de 1983, crecidas luego con las aportadas por el pantano del de Castilla y León de 2007, construido con el fin de crear un nacionalismo «castellanoyleonés» a imagen de los Estatutos de Aragón, Valencia y las Islas Baleares, con fuentes en los derechos propios. La moción en el Ayuntamiento de León retuvo temporalmente el curso de las aguas castillonesas para abrir paso a las justas aspiraciones autonomistas del pueblo leonés.
Sin un Josué en línea directa con Dios, los autonomistas leoneses echaron mano de su Arca de la Alianza con el Estado Autonómico Español para, con la Constitución del 78 (CE 78) dentro, empezar a dar vueltas en torno al muro, creyendo que la sola exhibición del sagrado talismán bastaría para derribarlo. Y dieron vueltas y vueltas, infinitas más que Josué. Pero nuestras Tablas de la Ley no están hechas para milagros, solo para generar confusión entre los propios fieles autonomistas.
Inteligentemente, el autonomismo descubre que, si bien hay un único muro que se interpone en el camino hacia la Autonomía prometida por el Art. 2 CE 78, hay que atacar cada una de las murallas que lo conforman e ir probando hasta ver en cuál de ellas se puede abrir una brecha lo bastante amplia para que el pueblo leonés la atraviese y pueda seguir adelante. Y comienza a hacer sonar las trompetas.
Suenan los siete cuernos contra la cruel muralla de los partidos estatales, antigua y rancia como la humanidad misma, al estar construida con mortero de soberbia, saqueo, fraude, usurpación y dominio esclavista (hoy, colonialista). Los cánticos que acompañan el tronido de las trompetas tienen la letra de la llamada a la dignidad; del clamor contra la traición; de la apelación a la justicia; de la exigencia de servicio al pueblo que les paga. Pero el lienzo de esta muralla está hecho de mampostería de corazones de piedra; de estómagos agradecidos; de cabezas para la obediencia; de rodillas para la genuflexión; de posaderas amoldadas al confort; de primitiva concepción egoísta y partidaria del poder… Desafiante, esta muralla sigue en pie.
Prueban los autonomistas a dirigir su armonía musical contra la muralla de la ignorancia. Es justamente tras esta parte del muro donde se erige incólume la Torre que gobierna Jericó, el lienzo que verdaderamente protege a la ciudadela. Pues se trata de una muralla ilusoria, de un espejismo; no es de piedra, no es material. Tras ella, la Torre se siente segura, tanto que se mofa de nosotros exhibiendo desde sus almenas el pendón del «leonesismo útil» y la bandera de la «Comunidad de éxito», pretendiendo hacernos creer que el muro está ahí para nuestra protección; que la ciudadela cuida de nuestra salud; que nos da su mejor formación; que defiende nuestros productos, nuestras denominaciones de origen y nuestras ferias; que nos quitaron los nodos logísticos porque solo nos servirían para estorbar; que mejoran día a día nuestros servicios sociales; que nuestras carreteras son de lo mejor, que el problema lo tiene nuestra victimista amortiguación, y que nos roban el presupuesto que nos corresponde porque los de Valladolid lo saben gastar mejor. Ante esa muralla ilusoria las trompetas han de sonar mejor, el griterío debe apagar su voz, paso libre a los acordes del PER (población-empleo-renta). Una música nueva, con notas sobre el exacerbado descenso poblacional; tocando el ritmo desacompasado del empleo leonés respecto de aquellos a quienes de verdad protege Jericó, y repitiendo el estribillo contra la pobreza causada por la ausencia de autogobierno, constituye la trilogía que ha de conformar la obertura del Nabuco verdiano que insistentemente deberá sonar ante esta muralla. Esa música suena desde hace algún tiempo merced al trabajo encomiable de unas personas que han dispuesto su tiempo, dinero y esfuerzo para transformar la ignorancia en conocimiento, demostrando que una Autonomía Leonesa es posible y que la actual es un fracaso de Estado. Esta muralla ha dado signos de debilitamiento, el espejismo se va diluyendo, pero es necesario que las trompetas de la formación sigan sonando sin descanso, aunque los cascotes de ignorancia caídos no constituyan brecha todavía.
Ante la muralla de la falsedad, los autonomistas leoneses han hecho sonar el abrumador trueno de la historia, de la cultura, de una manera única de democracia directa, de un genuino culto al respeto, a la tolerancia y a la civilización. El clamor contra la mentira territorial, la manipulación histórica, la negación de la identidad, el ocultamiento de la cultura propia, la extirpación cual furúnculo de la lengua y el pisoteo de la singularidad institucional enmudecería a los falsarios de cualquier otro lugar, pero solo ha ensordecido a los defensores de Jericó. Tiempo perdido, dar vueltas en torno a esta muralla.
La parte más sobria del muro, donde la muralla es más alta y más sólida la cimentación, es una combinación bien ensamblada de indolencia leonesa e inmovilismo gubernamental cultivado por los que engordan a la sombra del pastiche-conglomerado de 1983, los dos materiales que la Torre ha sabido machihembrar a la perfección, creando una sillería de verdadero estilo castillonés; tan logrado, que es ahí donde la Junta ha instalado su Puerta del Sol, su monolito al declinen toda esperanza, al espíritu de resignación, al cállense y desistan de una puta vez. Hay pocos músicos haciendo sonar las trompetas contra esta muralla que constituye otra barrera acústica que acentúa la sordera de la Torre. ¿Cuándo saldrán los jóvenes leoneses de sus perpetuos cuarteles de invierno para hacer lo que solo los jóvenes pueden, saben y deben hacer?; ¿cuándo las juventudes socialistas y populares jubilarán a sus apoltronados mayores obcecados en dejarles el futuro convertido en un erial?; ¿cuándo los grupos que disponen de pequeñas parcelas de poder lo pondrán a disposición de quienes saben lo que hay que hacer con él? ¿Para cuándo el congreso refundacional de la UPL?; ¿cuándo se enterarán del techo electoral de la transversalidad?; ¿qué sentido político tiene sostener una Diputación que no ofrece un Programa específico para las Juntas Vecinales?; ¿para cuándo los ciclos de conferencias y presentaciones de libros en las Casas del Pueblo? (¿hay que decirles a los leonesitas sobre qué?); ¿para cuándo los cursos extraescolares en escuelas e institutos que desmonten las falsedades de la escolaridad? ¿Cuándo se darán cuenta los empresarios leoneses de que invertir en autonomismo genera valor añadido? Y son solo algunos de los instrumentos que deben acompañar a las trompetas para que la música suene bien. Para derribar murallas, porque con la Torre no valen músicas.
Como se ha visto, no somos el pueblo de Yahveh; a Dios gracias, viendo en qué se han convertido los jueces israelitas de hoy. Hemos paseado el Arca con el fetiche de la Constitución dentro; hemos dado vueltas alrededor del muro; hemos tocado las trompetas; a nuestro modo (pues es algo que no se nos da bien), hemos gritado, y Jericó sigue en pie. Pero las alegorías bíblicas siempre encierran cierta clase de parabólica enseñanza; en este caso: que algunas trompetas están bien, aunque hay que mejorar la música y ampliar la obertura, y que hay que aparcar el Arca porque nuestra Alianza es solo con el pueblo leonés, al que Yahveh Estado ni siquiera quiere reconocer como una de sus quince tribus históricas. Así pues, toca un respiro estratégico, coger aire y programar bien las vueltas alrededor del muro, y, como ni las hondas ni los tirachinas derriban murallas, preparar la artillería del Conflicto leonés; pero, sobre todo, instruir a los zapadores que habrán de minar la Torre.