Diario de León

LUIS-SALVADOR LÓPEZ HERRERO
MÉDICO Y PSICOANALISTA

Una belleza «minor»

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Conocí al director Paolo Sorrentino hace algunos años a través del film La gran belleza. Es una película que me llamó la atención en esa época por diferentes cuestiones. Por ejemplo, la puesta en escena de la ciudad de Roma entre planos diversos, mezclando el paseo ensimismado del protagonista con su sonrisa seductora e irónica; o la música perfectamente ensamblada entre secuencias que hacían surgir una llamarada de escenarios con figuras clásicas; o el manejo agraciado de la cámara para intercalar la variada fauna humana que la habita, con planos muy lentos de la bella ciudad, en un ambiente tan decadente como barroco, atrajeron mi mirada. Aunque también hay que reconocer, que prolongó en exceso el «tempo» de duración de la película, impidiendo saborear mejor el desenlace final, que no era otro, sino que el secuestro del personaje en el pasado, y el precio que había que tenido que pagar, en forma de bloqueo artístico creativo, por el fracasado como imposible amor juvenil.

Recuerdo que hablé con mi compañero y amigo, tristemente fallecido, Dr. Egido Romo, acerca de la película y el exquisito gusto del director por la escenografía, el vestuario o la música de corte clásico, puesto que él también era un gran amante de todo eso. Y, mientras trataba de enjuiciar el buen hacer del director entre el parsimonioso y nostálgico ambiente que ofrecía el film, me observó atentamente con una mirada oblicua que esbozaba una sonrisa muy sutil, que él sabía vertebrar con cierta ironía, para insinuarme que él también la había visto recordando el sabor amargo del ayer, que sólo el tiempo puede hacer desaparecer con lentitud y dolor.Más tarde he podido contemplar alguna que otra historia del mismo autor pero el hechizo ha desaparecido francamente, porque la magia de los directores tiene también su propia fecha de caducidad en cada uno de nosotros. Y, sin embargo, a pesar de esto y de la crítica ambivalente que se anunciaba sobre su última película «Parthenope», o de la temática muy acorde con el discurso de nuestra época, decidí acudir nuevamente a la sala de cine para ver si retornaba el encantamiento.Pero una vez visionado el filme tengo la impresión de que después del éxito de «La gran belleza» y los trabajos posteriores, menos brillantes, Sorrentino ha querido explotar nuevamente el manejo parsimonioso y atrevido de su anterior triunfante película, sustituyendo Roma por Nápoles y la nostalgia del personaje masculino por los avatares de una bella y joven mujer, sin el acierto alcanzado en su precedente trabajo.Lamentablemente no he podido conversar con mi querido compañero dermatólogo, que seguro hubiera acudido igualmente para visionar el film, aunque tal vez para saborear aún más el recorrido por su amada Nápoles. Porque en diferentes momentos de nuestros encuentros me había relatado con insistencia su interés por esa ciudad, en la que se mezclan lo antiguo con lo moderno, lo bello con la simple fealdad, o la pureza con la más sordidez humana, dentro de una urbe repleta de personajes variopintos.Y algo de todo este trasunto introducía también Sorrentino en su último film, con la misma estrategia, juego musical e imágenes barrocas de corte decadentes, logradas anteriormente, aunque sin alcanzar la factura de La gran Belleza. Tal vez porque el personaje femenino no se ajusta del mismo modo a la cámara del director que lo masculino; como si algo de su visión no alcanzará para transcender esa supuesta belleza femenina a partir del juego repetitivo de palabras e imágenes en curso, algunas francamente en fuera de juego o gratuitas.De ahí que su propuesta reciente nada tuviera que ver con el hechizo del primer film, ni mucho menos con la varita mágica que envolviera sus precedentes escenas.Desde luego que no sé qué hubiera pensado mi compañero acerca de esta última cinta. Pero es seguro que hubiera disfrutado con las imágenes de su querida Nápoles, o con los palacios y las bellas puestas marinas que contrastaban con la suciedad de alguna de sus calles, o el despertar de una sensualidad juvenil a flor de piel.E igualmente me pregunto ahora que ya no está, él que siempre se jactó de que todo aquello que no fuera mirar el cuerpo, no sería más que puro artefacto tecnológico; o de que el recurso a la anatomía patológica no debía de ser más que la prueba confirmatoria de la pericia clínica, ¿qué pensaría acerca de las nuevas citas de Dermatología a través del empaquetado de una simple lesión en el dispositivo fotográfico?Porque es cierto que aquellos tiempos de la «gran belleza» estaban sostenidos en la mirada, del mismo modo que en la escucha que sabía privilegiar el silencio. Pero ahora que todo está inundado y sometido a las pantallas y las lentes, en sus diferentes formatos y recursos tecnológicos, es muy improbable que surja realmente la belleza «sui generis», aunque sí el simulacro mediante imágenes y ruidos, porque la tecnología como la palabra, matan esa «cosa» que tan solo se puede contemplar.

Estoy seguro de que mi querido compañero estaría de acuerdo con esta síntesis coloquial, y espero que en la memoria de todos se sostenga el recuerdo de su sonriente, ocurrente y bromista rostro que, durante tantos años, se dedicaría a la mirada clínica y a la atención esmerada de sus pacientes en nuestra ciudad.(En recuerdo del Dr. Egido Romo)

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