TRIBUNA
Demorragia
Telefónica, no lo olvidemos, es propietaria de la mayor parte de redes que existen aunque las alquilen a terceros
La democracia se desangra, cual cochino en matanza, y a nadie parece importarle. Y no será por las fakes news que inundan las pantallas de los ciber electores con falsas exclusivas ni por los hackeos electorales que llenan los buzones digitales de propaganda personalizada. Al fin y al cabo, todo eso estaba más que inventado con la propaganda electoral clásica, puro festival fake, y con los discursos de campaña, puro hackeo mental. No, la democracia se muere porque los electores han dejado de estimar la libertad como «ese bien más preciado que nos regalan los cielos», como decía don Miguel.
El/la elector/a moderno/a se cree libre y no siente la necesidad de pujar por algo que ya tiene. Se cree libre porque puede elegir cualquiera de los chorrocientos canales que les ofrece la parrilla de su smart TV de 70 pulgadas; cualquiera del millón de artículos que se le ofrecen en los mercados de todo rango. Porque puede atravesar la mayor parte de las fronteras del mundo, insultar al presidente de Gobierno en la taberna, ciscarse en los cielos cuando le aprieta la furia o husmear las depravaciones más repelentes del hard core XXX. Y sin embargo, estamos más aherrojados que nunca. Millones de cámaras nos apuntan desde todas las esquinas para registrar nuestras andanzas cada vez que salimos a la calle; miles de regulaciones nos coartan el paso cuando nos ponemos en marcha, las empresas de telefonía se apropian de hasta el más ínfimo mensaje de nuestros celulares. Y cuando finalmente nos llaman a poner la papeleta en la urna, estamos tan abotargados por el clamor de los clarines de palacio que la ponemos del color que nos susurra el último mensaje online customizado. Es lo que hay, «demorragia», interna y externa, demorragia, a borbotones, a chorros, por todas partes; un presidente saliente, en Washington, que indulta en el último minuto a su hijo, inculpado de un vulgar delito de Código Civil; un presidente entrante, que indulta en el primer minuto a quienes asaltaron el Congreso a sus órdenes, cuatro años antes. Si eso hacen en la nación santuario de la democracia moderna qué no se hará en sus satélites. Que no se hará en este Reino de Barataria donde silba sin a diario el látigo del mayoral. Les contaré mi parecer con una imagen con sabor a fábula de Esopo: «Mientras el pulpo extendía sus tentáculos hasta el último rincón de la pecera, la raposa miraba las uvas, otra vez, diciéndose: no están maduras». La que plastifica, a mi entender, la demorragia que padece este Reino cuyo episodio más caliente es ese atropello que llaman los media «de enfrente»: el asalto a Telefónica. Una actuación en efecto, bien propia de forajidos, ya que fue ejecutada con urgencia y nocturnidad y que ha provocado el estupor de los directivos del Ibex, una montaña de artículos sin chicha, para despistar al paisanaje pero ningún agujero estructural. Y el calado de la maniobra es tal, en mis entendederas, que hasta los pilares del templo de los filisteos debieran derrumbarse. Porque en la historia de las naciones, a veces, no pasa nada en diez años, y a veces, en diez días, pasa todo. La prensa mariachi lo intenta vender como una simple estrategia comercial para armar un gigante tecnológico que compita con sus homólogos europeos. La llana verdad es que es otra intolerable maniobra de Moncloa. Con tres objetivos más que evidentes, manque la prensa lo susurre con temor (o ignorancia) y la oposición ni lo amente. Uno, urgente: poner un jefe de la cuerda que impida la entrega de los archivos de llamadas del móvil del fiscal del Estado que han sido requeridos por el Supremo, una semana antes y así eliminar las pruebas inculpatorias que podrían provocar el colapso final del Gobierno. Otro, a corto plazo, privar a los media de la competencia, de los ingresos por publicidad que reciben de Telefónica para lograr su asfixia. Y finalmente, a largo plazo: controlar con los archivos de la operadora los mensajes de todos los residentes del Reino. Que Telefónica, no lo olvidemos, es la propietaria de la mayor parte de las redes que existen en el territorio aunque las alquilen a terceros. El tesoro de Tutankamon para un gobernante sin escrúpulos que le permitirá chantajear, amenazar, encubrir. manipular, neutralizar y laminar a quien se le antoje. Y hasta pucherear las elecciones a poco que la competencia se adormile. Y más adormilada que ésta, parece ya imposible. Solo en Madrid, la ‘Dama de Hierro’ ha hablado con claridad, como acostumbra. Cuándo se enterarán en Génova que solo con ella serán capaces de llegar al Gobierno. Les apuesto, uno contra veinte, a que esos archivos de llamadas no llegan al juzgado que los reclama, que el caso del fiscal se agota por falta de pruebas, y ahora paz y después gloria. Resignense a sufrir 20 años más, al fin y al cabo, la historia es cíclica; franquismo y sanchismo, sintonizan y riman; en asonante... y consonante.