Diario de León

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Va para el medio año que en Sabero, mi pueblo natal, fue abatido el caserón que algo más de un decenio había albergado el bar León, centro de convivencia y de permanente encuentro de la vecindad, basado en la tentación publicitaria «Bar León: ambiente familiar, Televisión» (cuando el televisor sólo estaba al alcance de muy pocos hogares). Y si evoco la vida y el calor entrañable de aquel añoso inmueble de casi dos siglos de existencia, y coetáneo de la histórica Ferrería de San Blas. Y que por varias razones —o sinrazones, diríamos mejor— acabó en la ruina, que nadie ni nada pudieron frenar, a pesar de que el estudioso y exalcalde local Julián Garcia Sánchez venía avisando con tiempo, en páginas de Diario de León, del interés histórico de dicho inmueble que al principio había servido de fonda para los operarios más cualificados en los que fueron primeros altos hornos al cok encendidos en España. Sin protección alguna oficial estaba condenado a la desaparición: ¿a causa del abandono, la maldita incuria, la ignorancia o el mero desinterés?...

Porque, además, el espacio laberíntico que compartió durante casi medio siglo el popular bar o cafetería acogía a más de una familia de mucho arraigo (Gonzalo Recio Sánchez, su hermano Alfredo, junto a Manuel Tascón Rozas, antes Encarna Suárez...). El fundador del bar, el citado Gonzalo, había emprendido la actividad hostelera justo al lado de la casona, en una taberna conocido popularmente como el «Estanquillo», expendeduría de tabacos, despacho de quinielas y lotería; en fin, todo un reducto para el esparcimiento de naturales y forasteros, con otros alicientes como las patatas bravas que preparaba la Elvira Corral, la esposa del dueño. Era un establecimiento de muy escaso aforo que había montado, allá por los años de 1930, un señor llamado Fernando Rodríguez, padre de la escritora Josefina Rodríguez (viuda de Ignacio) Aldecoa, que en el mismo León, y en la calle Ramón y Cajal, abriría el restaurante Fernando, muy frecuentado por los insaciables alemanes de la Legión Cóndor. Y paredaño con el Estanquillo, en otro modesto habitáculo, tenía barbería Zósimo Mazariegos, diestro tañedor de laúd y voluntarioso profesor de pulso y púa para unos pocos e inquietos mozos de la localidad. Cuando, a modo de sinécdoque, hablamos aquí de una parte de la finca recién asolada (o sea el propio bar León) habremos de recordar también que dentro de las paredes de aquella mole de piedra, ladrillo y madera operó, en modestísimo y estrecho salón, el Cine Sabero, auténtico ‘Cinema Paradiso’, motor de nuestros sueños infantiles. Lo regentaba Gabriel García García —diré que primo carnal mío—, quien desde 1957 regentaría el nuevo Cine Sabero, en aquel tiempo acaso el más moderno y chic cinematógrafo de la provincia ya instalado en el recién inaugurado Casino (oficialmente Círculo Recreativo Saberense) construido para sus empleados por la empresa Hulleras de Sabero y Anexas, que a la sazón dirigía el ingeniero de Minas don Roberto Sterling. Por cierto que el espacio que ocupaba el primitivo Casino se transformó entonces en el genuino bar León, igualmente por iniciativa de Gonzalo Recio. Por no incurrir en dudas u omisiones no hace al caso citar a una multitud de personajes del país que que pasaron muchos momentos de su vida abrigados entre aquellas recias paredes que, al parecer, encubrieron en la inmediata postguerra a algunos guerrilleros del maquis asturleonés. Y poco antes de la desocupación y la ruina definitiva, en el local que había ocupado el cine viejo se convirtó en frutería y tienda de ultramarinos de la mano de Palmita, la mujer de uno de los hermanos Valderrey. Como bien dice un conocido reclamo publicitario, nunca está de más un poco de ternura, podríamos traer también el pasaje o galería transversal que daba acceso a las citadas viviendas y servicios, refugio cobijo para el transeúnte frente a ocasionales lluvias y nevadas ; que otrora fueron de órdago, ¡no como las de hoy día! Pasado más de medio año y para mayor abono de esta melancolía, resulta que, frente al solar ya deshabitado, el del desaparecido bar León, el periodista Pedro G. Trapiello, pregonero de las fiestas patronales de Sabero nos traía en agosto a la memoria la figura de su abuelo materno, que fuera maestro nacional en el mismo pueblo, colaborador de Diario de León, donde se firmaba Atra, precursor de una familia colmada de escritores, periodistas y artistas plásticos: benditos sean todos. Pero ya no tiene vuelta de hoja aquella pérdida: sic transit gloría mundi. Que por mi parte espero que no pocos paisanos de mi generación quieran compartir el luto por la extinción de la vida, de la llama viva de aquel edificio centenario que pobló el muy añorado y hospitalario bar León.

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