Rimas, ripios y suspiros
Cuando uno no es poeta, el ripio no le suele sacar, ni malamente, del atolladero de pretender serlo. No le rimará el verso (ojo al reverso), no degustará «melón con jamón», quizás, sandía con mortadela…El ripio es el alimento de poetas pobres. Porque habréis de saber que hay poetas ricos, riquísimos que iluminan y enardecen el alma con su rima «divina» (no es un ripio), y ya no digamos si le añade un suspiro suave y sedoso, con su verbo «hermoso». Me explico, hay poetas que tienen poderes sobrenaturales y que utilizan palabras cargadas de significaciones y mensajes desconocidos para la mayoría de los mortales, palabras creadas por y para ellos, que lo mismo activan recónditos locus cerebrales suscitando emociones inefables acompañadas de una lágrima remisa escondida en los entresijos del alma, como incitan a un suspiro que se escapa del corazón encendido. Esos grandes poetas están hechos de otra pasta, vibran en longitudes de onda especiales, conectan con el silencio sideral del universo, cargado de mensajes que ellos solos saben descifrar y transmitir. Ese poeta es para la humanidad como el rocío puro del amanecer lo es para la rosa. La belleza elevada a una potencia ignota («toma nota», añade el poeta pobre).
Yo tengo un amigo poeta, no me atrevo a asegurar si es rico o no, pero que lanza al aire suspiros y quejíos por un quítame allá esa rima. El otro día, sin ir más lejos, me soltó de sopetón: «El dolor es, a menudo, el alimento principal del buen poeta». Yo, tratando de añadir algo, le insinué pensando en la rima con dolor, ¿y el olor? de la rosa, añadí. ¡Qué cosa!, me respondió el muy cachondo, sabedor de mi tendencia «rimosa». Me sentí incomprendido y le dije, para hacerme el entendido, que, sobre eso del dolor, a un paisano mío le sirvió para componer unas famosas coplas a la muerte de su padre. «Nuestras vidas son los ríos que van a dar…» Para, para, me conminó (temiendo que yo introdujese cualquier ripio), que acabarás ensombreciendo la belleza de las mismas. Claro, como yo no soy poeta y tú sí, te crees superior, hecho de otra pasta. No es eso, me corrigió, pero has de saber que la poesía, la buena poesía, insistió, es el semillero de la verdad, de la belleza por antonomasia, del amor fusional, la esencia primigenia del ser, el faro de la civilización, la flor hermosa del futuro en ciernes.Me callé por prudencia y respeto, pues vi a mi amigo con la mirada arrobada dirigida hacia el infinito, hacia el todo y la nada. Pensé en esos místicos que mueren porque no mueren. Todo por colocar la esperanza en y con un amor ardiente. «Como el aguardiente», me vino a la mente, que hay que estar atontado con los ripios. Por supuesto no dije ni pio (vaya, no tengo remedio). Mi amigo siguió hablando, con la mirada perdida, es decir mirando hacia dentro, no hacia afuera, y dijo: «Porque has de saber, caro amigo, que, si bien hay muchos estilos, tanto en verso como en prosa, la poesía, con mayúsculas, escoge y adorna de belleza la palabra, crea música al medir la cadencia escondida en su esencia, busca la emoción que se esconde en el origen, incluso antes».Yo seguía sin decir nada por no interrumpirle, pues parecía haber entrado en trance. Me atreví, no obstante, a hacerle una pregunta, ¿Cómo es eso de incluso antes del origen? ¿A dónde tus pensamientos se dirigen? (Está visto que no tengo remedio). Estuvo a punto (lo sé por la mirada que me dirigió, pues mudósele el semblante) de bajar los brazos, y después «mirar al soslayo, irse y no haber nada…» No obstante, se cargó de paciencia (lo digo porque se encorvó un poco) y, a mi insolencia, respondióme: «Aprende a mirar más allá de donde tu vista alcanza, aprende a escuchar más allá de lo que tus oídos oyen, aprende a sentir lo que tus sentidos no recogen, aprende a amar lo que todavía no conoces. Porque todo eso es y está en la poesía».Yo debí poner una cara de esas que no se sabe si uno va o viene, y él continuó, embalado: «La poesía es el arcano de las palabras antes de que existiese el habla. Es el sentimiento antes de que aflorara el sentir, como la gota de agua antes de brotar en el manantial. Siempre es antes, pues después deja de ser lo que era, aunque siempre guarde el germen de lo que fue. Por eso, la poesía no solo sugiere, sino que ilumina lo que es evidencia escondida en la palabra». Yo debía de estar ojiplático y, obviamente, no decía nada. Él se arrancó de nuevo (parecía levitar) y siguió: «La poesía es libertad en estado puro, como el balbuceo del niño que lo dice todo sin articular palabra alguna. El humo, la niebla, el suspiro, la lágrima remisa, la sonrisa aún no esbozada son girones de poesía antes de que ésta sea. Es en el antes, ya digo, en el germen de lo que todavía no es, donde la poesía se establece. Por eso llega tan hondo, tan profundamente, hasta la íntima intimidad del ser, es decir hasta antes del origen».No me atreví a lanzar el ripio para la ocasión pues le noté en un estado de «dolorosa alegría» y yo no sabía si debía asentir o negar ante su discurso. Él debió comprender mi estado y continuó poniendo ejemplos de lo dicho, como para que yo lo entendiera: «Es, pues, la flor antes del fruto que ya anuncia, es la esperanza que aún no se ha esperado. De eso trata la poesía…» Y recitó: «Posaste tu mirada sobre mi mirada, suavemente, cual silencio de niebla. No nos dijimos nada para no perturbar la magia del momento. Hablaron las miradas, y se dijeron, sin palabras, lo que solo sabe el corazón. El resto, lo demás, es otra cosa, pero ya no es poesía». Me quedé parado, con mirada bobalicona, seguro, pero, por otra parte, sin querer dar mi brazo a torcer. Bueno, le dije: lo que has comentado está muy bien, pero no es oro todo lo que reluce, hay poemas que deslucen. Noté en su mirada que no estaba de acuerdo con mi rima, pero tampoco quería zaherirme. Sé que estás pensando en que hay muchos tipos de poesías y de poemas, me contestó. Los hay livianos, otros sublimes, algunos chabacanos, incluso groseros y ofensivos. No todo lo que rima es buena poesía. Yo prefiero quedarme con la buena, la auténtica, concluyó. Tampoco quiso referirse a los ripios que yo hacía entre risas y prisas.Me quedé pensando y, dada mi tendencia a encontrar en el humor un respiradero del vivir, me vino a la mente el recuerdo de un compañero de clase recitando un poema de Espronceda. Había en dicho poema una palabra que él desconocía y que creía, sin duda, equivocada. La palabra en cuestión era bajel. De modo que dijo, tras lo de «con cien cañones por banda, viento en popa» etc., «que baje el pirata, que lo llaman…». Todavía recuerdo la carcajada de la clase, incluido el profesor, por una parte, y la mirada de extrañeza del compañero que no entendía nada. Mi amigo guardaba silencio, uno de esos silencios que lo dicen todo, que «hablan sin palabras». Yo me mostré aturdido, entristecido (no es ripio), y mi amigo el poeta me advirtió: «Cuidado con la tristeza que es un tibio dolor que lo ensombrece todo, que hace mustio el sentir, el pensar, el vivir. Es veneno que, por ser a dosis pequeñas, no mata, pero paraliza y, si dura mucho, acaba ahogando, amortajando las ideas y, al final, marchitando la esperanza.» Jo, amigo mío, qué tío, le dije, y nos dimos un abrazo.