Diario de León

TRIBUNA

Jorge Díez Fernández

Concejal Del Ayuntamiento De Santovenia De La Valdoncina

Y si lo de Trump no fuera locura

Queremos beneficiarnos del poder económico chino sin aceptar sus implicaciones geopolíticas. Deseamos la protección militar americana sin asumir los compromisos que conlleva

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La irritación europea ante las declaraciones y los hechos del presidente americano revela más sobre nosotros que sobre él. Lo que desde nuestra confortable superioridad moral calificamos como «locura trumpiana» podría ser, en realidad, el reconocimiento descarnado de una nueva realidad geopolítica que nos negamos a ver: el mundo se ha vuelto brutalmente bipolar, y nuestra obsesión por mantener equilibrios imposibles nos está convirtiendo en irrelevantes.

El drama europeo trasciende nuestras contradicciones internas. Se trata de algo más profundo: nuestra incapacidad para aceptar que el nuevo orden mundial no admite ambigüedades estratégicas y menos aún no tener una estrategia definida. La «irracionalidad» de Trump al exigir compromisos concretos a sus aliados o su «obsesión» con China podrían ser, sencillamente, la expresión de un pragmatismo que Europa ha olvidado. Mientras nos obstinamos en jugar al equilibrista entre potencias y entre las diferentes visiones de nuestros propios socios comunitarios, el mundo inexorablemente mantiene equilibrios y el no entenderlos o no estar donde se establecen no es símbolo de virtud, sino síntoma de debilidad. La guerra en Ucrania ha expuesto esta realidad con brutal claridad. No es casualidad que mientras Europa debate interminablemente sobre matices diplomáticos, y no es capaz de hacer una sola propuesta para definir la hoja de ruta hacia el fin del conflicto, tanto Estados Unidos como Rusia y el otro participante oculto, China, tengan estrategias claras y definidas. Para Washington, incluso bajo la aparente imprevisibilidad de Trump, el conflicto es una pieza más en el gran juego de contención del expansionismo chino, un expansionismo que responde a una estrategia meticulosamente calculada de crecimiento como potencia mundial. Esto racionalmente y sin tener que asumir las extrañas teorías de la conspiración de la influencia de Putin sobre el presidente estadounidense. Con una economía que ha llegado a representar el 18% del PIB mundial y un plan de dominación tecnológica articulado en su «Made in China 2025», Pekín persigue con determinación su ambición de convertirse en la primera potencia global, por más que la realidad y su actual crisis lo desmienta. La realidad geopolítica muestra una Rusia cuya decadencia es ya inevitable: su economía es 14 veces menor que la de EE UU, comparable a la de países como México, y no compite en tecnología ni en avances militares relevantes. Aunque mantiene su arsenal nuclear de unas 4.500 ojivas, la falta de mantenimiento por restricciones presupuestarias pone en duda su operatividad, como evidencian sus recientes fallos en lanzamientos de misiles, o el fracaso en su campaña en Ucrania. Sin capacidad de competir en inteligencia artificial, semiconductores o tecnología espacial, Rusia se destaca únicamente en propaganda y desestabilización. En este contexto, China ve en una Rusia debilitada no un aliado, sino un futuro satélite. No tendría, si la guerra en Ucrania se mantiene, más alternativa que subordinarse a Pekín, no como socio igualitario, sino como estado dependiente en su órbita, y esto si hubiera cambiado las relaciones de fuerza. Solo Europa parece atrapada en la ilusión de que puede mantenerse indefinidamente al margen de este escenario y que todo el mundo está dispuesto a valorar nuestra autoridad moral como un activo a respetar, incluso cuando el foco del conflicto se haya desplazado al pacífico. El «America First» de Trump, que tanto escándalo nos produce, podría ser simplemente el reconocimiento de esta nueva realidad: en un mundo de competencia descarnada entre potencias, los valores sin poder son meramente decorativos. Esta búsqueda del equilibrio imposible contamina cada aspecto de nuestra política exterior. Queremos beneficiarnos del poder económico chino sin aceptar sus implicaciones geopolíticas. Deseamos la protección militar americana sin asumir los compromisos que conlleva —mientras EE UU invierte el 3.5% de su PIB en defensa y China aumenta anualmente su presupuesto militar en dobles dígitos—, la mayoría de los países europeos apenas alcanzan el 1.5%. Aspiramos a ser una potencia global sin desarrollar capacidades militares propias ni una base tecnológica independiente: dependemos de chips asiáticos, software americano y redes de comunicación chinas. Y pretendemos liderar la transición energética mundial mientras mendigamos gas a regímenes autoritarios, o ponemos barreras a los avances tecnológicos. El resultado es una política exterior esquizofrénica que nos ha convertido en el socio poco fiable por excelencia. China nos ve como un mercado rico pero irresoluto y en decadencia, incapaz de defender sus intereses estratégicos. Estados Unidos nos percibe como un aliado dubitativo que predica más de lo que aporta. Y Rusia ha aprendido a explotar nuestras divisiones internas con una precisión quirúrgica. La tragedia es que esta parálisis estratégica está erosionando las bases mismas de nuestra influencia global. Mientras Asia construye nuevas instituciones financieras y rutas comerciales que desafían el orden occidental, con inversiones que superan el billón de dólares en la Nueva Ruta de la Seda, Europa sigue aferrada a estructuras internacionales en declive. Mientras América reinventa su papel global, nosotros seguimos actuando como si el mundo de la post-Guerra Fría siguiera intacto. Nuestra respuesta a este declive ha sido refugiarnos en el papel de guardianes morales del orden internacional, un rol que resulta cada vez más insostenible. ¿Con qué autoridad moral criticamos el autoritarismo chino cuando nuestras propias empresas dependen cada vez más del mercado asiático? ¿Cómo predicamos sobre defensa y guerras y no somos capaces ni siquiera de sostenerlo con presupuesto? El tiempo de los equilibrios perfectos ha terminado. En un mundo que se polariza rápidamente entre el modelo americano y el chino, la inacción europea no es una posición de principios, sino una receta para la irrelevancia. La elección es simple pero dolorosa: o nos reinventamos como un actor geopolítico serio, con todas las implicaciones que ello conlleva, o nos resignamos a ser un espacio económico administrado por otros. La verdadera elección no es entre valores e intereses, como sugiere el falso debate actual, sino entre ser protagonistas o espectadores del nuevo orden mundial. Y mientras nos perdemos en ejercicios de equidistancia moral, el mundo está tomando esta decisión por nosotros. Zelenski y el sufrimiento del pueblo ucraniano son el espejo más cruel de nuestra irrelevancia estratégica. Van a ser, por desgracia, moneda de cambio en este juego de poderes, mientras Europa sigue siendo la portadora de valores huecos que ni siquiera los países que más reniegan del camino adoptado son capaces de respaldar con acciones reales. El coste económico y geopolítico de nuestra parálisis se medirá no solo en la pérdida de influencia global, sino en la creciente vulnerabilidad de nuestro modelo social y económico. Y, lo que, es más, después de muchos cantos de sirena y golpes de pecho nadie va a poner el dinero y la tropa para que Europa decida su seguridad y defensa a los niveles que se necesita. La supuesta locura de Trump podría ser, después de todo, el espejo que nos muestra una verdad incómoda: en el nuevo orden mundial, la indecisión es la única locura verdadera.

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