Calamares de bolsa
No se lo tomé a mal, como tampoco se lo tomo a los propietarios de bares y restaurantes, acostumbrados ya a que los católicos andemos acobardados por la vida

Fue hace como dos o tres años. Había quedado para comer con un amigo en un restaurante al que, en otros tiempos, acudía con cierta asiduidad y en el que se come relativamente bien. Cuando la propietaria acabó de leernos el menú del día, le recordé que era viernes de Cuaresma y que todos los platos llevaban carne. Así, de primeras, no le gustó mi observación y, entre bromas, quiso hacerme quedar a mí de extemporáneo, hasta que comprendió que existía la posibilidad real de que nos levantásemos de la mesa. Fue entonces cuando nos ofreció, aparte de la ensalada, el único plato que podía preparar al momento: calamares fritos con patatas. Evidentemente calamares congelados de bolsa. Pues ¡calamares de bolsa! pedí yo; entre otras cosas porque ya pasaba de las tres, teníamos hambre y, ese día, aquel era el único restaurante abierto en el pueblo. Lo que me sorprendió gratamente fue que mi acompañante acabara pidiendo lo mismo que yo.
Hoy mismo, poco antes de ponerme a escribir estas líneas, cuando volvía del gimnasio, decidí parar e hidratarme un poco con una caña de cerveza. El camarero me recitó la lista de tapas, quedando a la espera de mi respuesta, hasta que le hice notar que todo aquel recital tenía una pinta estupenda, pero llevaba carne, incluso los macarrones a la boloñesa. Todavía tardó un tiempo en captarlo, pero acabó por ofrecerme unas gulas picantes que, para no saber lo que son realmente, no estaban mal. El año pasado me apunté al «cocido de carnaval» de mi instituto, hasta que me di cuenta que lo habían puesto para un viernes de cuaresma. Ni que decir tiene que Su Ilustrísima se extrañó un poco al ver que alguien, tan acostumbrado a las cuchipandas como yo, se borraba de la paparota. En respuesta le hice saber que se debía a su falta de erudición espacio temporal, al confundir y mezclar dos períodos antagónicos, cuáles son Carnaval y Cuaresma. Este año lo organizaron, también un viernes, pero quince días antes y, por supuesto que fui a compartir una buena mesa con los compañeros. No se lo tomé a mal, como tampoco se lo tomo a los propietarios de bares y restaurantes, tan acostumbrados ya a que los católicos andemos acobardados por la vida y no nos atrevamos a protestar, que ya ni nos tienen en cuenta. Ahora a nadie le extraña que se haga el Ramadán o que alguien sea vegano o comeinsectos, pero practicar las creencias de nuestros antepasados nos hace parecer bichos raros ante los que ya las olvidaron, o incluso se avergüenzan de practicarlas ellos mismos. Nassin Nicholas Taleb, que es un melquita del Líbano, presume de seguir los períodos de ayuno del calendario greco ortodoxo, que es bastante más exigente que el católico. Se trata de lo que él llama «efecto Lindy», en honor a la tienda de delicatessen Lindy´s de New York, y que viene a decir que las cosas que llevan existiendo durante mucho tiempo, cuanto más tiempo sobrevivan, más aumenta su esperanza de vida. Son antifrágiles, en su propia terminología. Así, las religiones, como si de médicos se tratase, impusieron estos períodos de ayuno porque son buenos para purificar el cuerpo y porque, entendidos como precepto religioso, era más fácil que se acatase su cumplimiento. Sigue diciendo Taleb que los ateos cada vez dedican más tiempo a cosas que ellos no consideran una práctica religiosa, tales como el yoga o actividades similares, pero que un marciano, que los observase desde lo espacio, sí que las consideraría como tales. Ahora no se siguen los preceptos de las viejas religiones, pero se gastan cantidades ingentes de dinero en gurús, psicólogos, nutricionistas y un largo etcétera de profesionales que recomiendan cosas como el ayuno intermitente.