León es una mina de tragedia
Leí hace unos días (11-03-2025) en este medio una Tribuna de Juan Pedro Aparicio que tituló León es una mina. En él se aborda la riqueza del territorio (provincia, siempre la expresión pequeña) y subsiguientemente las distintas expoliaciones que sin embargo han pasado por debajo de la puerta para la inmensa mayoría de los habitantes de este territorio. Por eso son más expoliaciones que explotaciones bien entendidas.
Enumera los recursos extraídos que no han dejado su justa compensación, como cobre, cobalto, oro, volframio, carbón, hierro, agua, energía eléctrica y ahora también el viento con artilugios ocupando nuestras montañas. «La provincia —escribe— sigue siendo una mina para el resto de España, pero no para sí misma». El mismo autor reconoce que León necesita «poder político propio» y pone como parangón a Asturias, La Rioja o Cantabria (otra vez la inclinación provinciana que nunca ha sido León), o de lo contrario «continuará siendo un chollo para España, pero una condena para sus propios ciudadanos», asevera. Otra de sus afirmaciones es admitir que en León hay un profundo arraigo español pero que «no hemos entendido» que hoy eso «ha dejado de ser funcional» en las dinámicas políticas izquierda y derecha. ¡Aleluya! Pero ni hoy ni ayer. Reconoce que «se nos gobierna con algo peor que la desidia» y que se nos priva de ser el
hub (centro, nudo, eje de actividad) «del noroeste ‘español’ desde los tiempos de Roma». Hombre, Juan Pedro, aludir a tiempos de Roma y conjugarlos con español es una travesura del subconsciente. España y por lo tanto su adjetivo han de esperar y ponerse a la cola. No hay necesidad de reconocer a nadie hasta que no exista. Del mismo modo afirma que las consecuencias de esa desidia con la que nos gobiernan la arrastran también nuestros limítrofes. Así es, porque León, por el peso histórico del que disfrutó y por las oportunidades y posibilidades de que dispuso estuvo llamado a ser foco de las miradas y destino de los desarrollos de sí mismo y de los que en su momento estaban bajo su protección y eran sus tierras. Pero no lo supo hacer, y, al mismo tiempo que fue languideciendo, así también muchos de sus ciudadanos súbditos, antes y después de provincializados sintieron dejar de serlo para mirar a otros referentes. ¿Quién admira una debilidad galopante, una desprotección, un futuro incierto asomando ya en los primeros restos de lo que acabará en un pobre reflejo de sí mismo? León dictó su propia clase magistral de lo que no se debe hacer pero hizo. León como cabecera de su territorio es el gran y único responsable, no sólo de la debilidad provincial, también del desinterés de los que eran sus dominios y del desistimiento general del noroeste y la franja occidental hoy española. Nada más y nada menos. Pero los errores no los reconoce nadie y sin embargo son muy actuales y están muy presentes. Estoy en la línea y valoro positivamente las reivindicaciones que se expresan más arriba. No son los primeros compromisos del escritor con esta causa urgente y necesaria que nunca debería haberse presentado en una tierra generosa pero muy maltratada en su ‘historia española’. Pero al mismo tiempo también he de ponderar, y no en el mismo sentido, la pulsión recurrente y a mi juicio irreflexiva que escupe mecánicamente lo de «¡somos españoles!» que en un contexto leonés en León (presentación de uno de sus libros) donde se coló la cuestión catalana (cómo no), la posición para denostar el ‘procés’ se afirmaba con ese absurdo amochar sin ton ni son, sólo por sensibilidad inducida a flor de piel. Y qué tendrá que ver el tocino con la velocidad. Porque con cazurradas así se llega a las incapacidades del discernimiento y la claridad que nos quiten la venda y ver ‘lo nuestro’. Que haya mucho arraigo español en León —en nuestro caso es un añadido—, en principio no debería ser bueno ni malo hasta ver si el arraigo se corresponde con la contrapartida. Una tierra lozana, reconocida y respetada en su integridad con un mínimo derecho de ser y estar que avala su propia historia, sería causa de mutuo respeto y aceptación. Hablamos de León, cuya personalidad histórica no es menor. Si no es así tenemos un problema y no viene tanto de fuera; está adentro y cabalga desorientado por la sesera interior general. Conciencia revisable. Si, como es evidente, la tierra languidece, el futuro no promete y se le niega el reconocimiento básico que al mismo tiempo es su instrumento para desenvolverse, entonces lo obligado proclamar es «¡somos leoneses!» alto, firme y sin tibieza, porque lo somos y porque es nuestra primera necesidad vital incluso dentro de una teórica prosperidad bajo el referente español. Siempre primero cubriéndose las espaldas. Hacer otra cosa es ‘desconectarnos’ de nosotros mismos y de lo que sin duda podrá redimir este gran trecho equívoco e ingenuo de nuestra historia dependiente. Porque recordemos que hubo otra. Esto es lo ‘funcional’. Simplemente ‘ser’ en la lógica de la afirmación llevada a defenderse que es cosa obligada en todos como regla primera. Hasta que no aprendamos no sabremos. El pasado 16 de marzo los militantes socialistas volvieron a investir de púrpura provincial a Javier Cendón. Eso nos traerá más continuismo de entretenimiento y distracción. Su partido político en este tema crucial es una duda calculada. Los llamados ‘populares’, la derecha, guardan en un apartado rincón lo que fue un error y confían en que el susodicho lo revierta el tiempo (no se atreven a decir el cansancio), pero cada vez tienen menos espacio para tapar su desvergüenza. Otros actores como los leonesistas, sin rumbo ideológico, no terminan de madurar aunque acabo de oír que tendrán un congreso ‘de renovacion’ en junio. Que así sea. La perspectiva en general es tediosa y larga, una tragedia inmerecida para los que dicen representar. Al mismo tiempo en las calles y en los campos hay una paz resignada envuelta de soledad y desánimo. Pero... Tragedia es que un presidente de Diputación no curse y ejecute los mandatos surgidos de la mayoría de los representantes, como es su obligación y responsabilidad. Tragedia es reclamar autogobierno con datos de pobreza general y no por derecho histórico, sin más. Aunque lo otro lo refuerce. Tragedia es no ver en los medios de comunicación ni siquiera una página o un pequeño espacio que encabece Región Leonesa y nos traigan sus vidas y noticias, y todos nos ‘acerquemos’. Y en ese sentido tragedia es estar distantes, extraños. Tragedia es no ir en busca de la región. La leonesa es más amplia que una provincia. Tragedia es habernos distraído tanto, hacernos pequeños e irrelevantes y no reaccionar. Tragedia es tener y haber tenido políticos insustanciales, de poco mérito y, si leoneses, sin embargo ajenos al territorio. Tragedia es una mina que termina exprimida y desconsiderada.