Ya se van los pastores...
La trashumancia mesteña en León fue excesiva y rapiñó demasiado la montaña. Sobre la riqueza dejada, «no todo fue miel y mantequilla»
El norte de Leon, de Villablino a San Glorio, fue durante casi seis siglos el destino estival de las merinas de tres de las cañadas principales de la Mesta. Es llamativo que el primer estudio exhaustivo sobre ésta fuera escrito por un extranjero, Klein, hace un siglo y aún plenamente vigente. Diversos autores españoles han escrito sobre la trashumancia, acérrimos a favor o críticos tenaces (ay, el monopolio lanero que diría Vicens Vives).
La trashumancia es loable por el aprovechamiento de la hierba durante todo el año y admirable por el quehacer de los buenos pastores, y, como han reconocido los habitantes de Tejerina, pueblo pastoril y de bosques frondosos, por quienes no practicándola la sufrieron: las mujeres que quedaban más de siete meses a cargo de la casa y del campo; trabajos ímprobos; de jóvenes, embarazadas o con niños de pecho. Quizá la trashumancia se ha «bucolizado» e idealizado demasiado y no podemos obviar las trasformaciones negativas que produjo en ambos extremos de las cañadas. Toda entidad poderosa y privilegiada, deviene abusiva, y la Mesta lo fue. Caro Baroja dudaba de la valía del concejo ante una fuerza económica y política como la Mesta.
Con la muerte de Almanzor en 1002 y la reducción de razias, comenzaría a practicarse la trasterminancia a los pueblos del llano leonés, como ahora; o quizá al revés, rebaños de monasterios (Sahagún, Eslonza, Moreruela…) subieran en verano a la montaña. Fuera como fuese, evolucionó a la larga trashumancia, consolidándose esta con la creación de la Mesta en 1273. En el S. XV, con los buenos precios de la lana merina progresaría la «invasión» y deforestación de la montaña leonesa, incrementándose el número de cabezas hasta 300.000 en el S. XVIII, según el estudioso leonés de la misma, M. Rodríguez Pascual; o tal vez más, opino, basándome en el total de 3.500.000 censadas en los reinos. La presión mesteña sería enorme. Son comprensibles las roturaciones para disponer de tierras de cultivo para alimentación de los campesinos o de su ganado, ¿lo es la deforestación masiva para una actividad lucrativa, mayormente externa?
A partir de determinada altitud solo se desarrolla el pastizal o arbustos rastreros; en el norte de León considero se sitúa entorno a 1.600 m. Hay muchos puertos de merinas que, totalmente o en parte, están por debajo e igualmente carecen de árboles, que seguramente tenían al inicio de la trashumancia. De no haber «veraneado» una cifra tan elevada de ovejas, por debajo de dicha altitud debería haber ejemplares de robles, abedules, serbales, cerezos silvestres, acebos, hayas o el pino albar, del que solo nos queda el bosque de Lillo y repoblaciones. Laderas escarpadas o de gran pendiente, difícilmente pastables, presentan árboles y no las suaves, objeto de ello. En veranos secos se irían talando para ramoneo, comiendo los rebrotes en años posteriores las ovejas y cabras del rebaño y con las quemas de hierba en septiembre por algunos pastores, aumentaría progresivamente la deforestación. Klein reseña quejas sorianas por quemas pastoriles; las aún peladas Tierras Altas son recuerdo de ello. Algunos pueblos leoneses con puertos poseen tan pocos árboles que para proveerse antes de madera, usada para todo, tenían que hacerlo en otros próximos. Como consecuencia nefasta de esa carencia, muchos puertos fueron vendidos a particulares en la Desamortización y aún colea judicialmente el de Pinos, que no tiene ninguno. Lo escrito no es óbice para que mantenga mi admiración por los pequeños o modestos ganaderos de ordeño 365 días al año y por los buenos pastores, todos ellos en extinción.
En puertos entre 1.500 y 1.600 m se ve algún ejemplar aislado joven de especies de la piel primitiva lejos de sus congéneres, cuya semilla habrá llevado algún ave y germinó entre piedras, en grietas de rocas o entre matas de tupidos enebros o aulagas; y acebos, como islas en el mar herbáceo, autoprotegidos por sus hojas coriáceas y espinosas.
Una cita del Libro Blanco de la trashumancia, del Ministerio de Agricultura: «en los puertos predominan los pastos con arbolado ralo o denso»; ojalá fuera así. Prácticamente exclusivo es el pastizal, hoy generalmente degradado por arbustos. Se nos presenta la trashumancia como sinónimo de biodiversidad; en mi opinión representa lo contrario: uniformidad, monotonía paisajística, aprovechamiento al límite, hierba baja o rastrera, suelo el justo para sostenerla, carencia de árboles. ¿Qué diversidad de fauna posee un pastizal? Casi ni pájaros que aniden y lo sobrevuelen en busca de alguna larva. Es bella la primavera en él, pero, ¿y los hermosos paisajes otoñales arbóreos multicolores? Los pastizales puros conservan menos tiempo el agua de las precipitaciones que si poseen árboles por la menor protección al viento y la insolación y ser generalmente el suelo más escaso; es inferior también la captura de CO2, tan en boga hoy.
La trashumancia mesteña, en mi opinión, en León fue excesiva y rapiñó demasiado la montaña. Sobre la riqueza dejada aquí, «no todo fue miel y mantequilla». Según varios autores, si bien al comienzo trashumante muchos rebaños pertenecían a pequeños propietarios, pronto, con los buenos precios de la lana merina, eso fue cambiando y hasta inicios del S. XIX el grueso de la cabaña pertenecía a grandes propietarios, instituciones religiosas o laicos afincados en Castilla. Destaca Diago Hdez. su ausencia en la montaña leonesa cuando si los hubo en la de Soria, La Rioja o Cuenca y reseña G. Martín que habitualmente los pequeños propietarios percibían un menor precio por la lana, al venderla frecuentemente a intermediarios. Nuestra tierra aportó pastores, la hierba de los puertos arrendados por los pueblos (a menos de la mitad de precio que en el sur, por unidad de tiempo) y el sacrificio de arboledas, que también eran riqueza sostenible para los vecinos; ¿para cubrir los gastos comunales se precisaba tanta deforestación? No olvidemos que antes todas las labores del común se efectuaban en hacendera. ¿Qué signos distintivos de riqueza presentan los pueblos que poseían más puertos? La lana «leonesa» tuvo demasiados beneficiados lejanos.
El valle de La Serena en Badajoz y el de Alcudia en Ciudad Real, extremos sur de la trashumancia, han sido durante siglos el origen de las grandes plagas de langosta en España; su elevada insolación y la escasa o baja vegetación herbácea, consecuencia del excesivo pastoreo merino, son idóneos para la puesta de huevos del insecto. En Alcudia persisten aún pequeñas manchas de encinas en lomas o aisladas formando dehesa, sucesoras de la cubierta arbórea de antaño. Por allí anduvo matando langosta durante su servicio militar en 1877 un bisabuelo del que suscribe. Zonas de secano de La Serena muestran su faz esquilmada: hierba raquítica, suelo pobre, sin árboles, salvo algunos eucaliptos plantados en el S. XX en bajuras o mediosombreando alguna casa solitaria, donde otrora hubo la sombra tutelar de las encinas, cantadas por Antonio Machado.
Ahora, la trashumancia languidece y quieren revitalizarla pero faltan pastores y eso no se resuelve solo con subvenciones Next Generation; actualmente no se es por necesidad económica sino sentimental, amor a las ovejas y a los fieles perros. Y los «ricitos» merinos, sin valor. Con escaso o nulo pastoreo ovino, hecho en falta en nuestra montaña repoblaciones de frondosas en pastizales, brezales o piornales. Basta de dejarla a su lento albedrío. Ayudémosla. Plantemos masas de suficiente extensión que ganen terreno por si mismas a los arbustos o pastizales y ocupen su nicho ecológico de nuevo.