Diario de León

Bouza Pol

Escritor

Beberide, Chinita y Rosón

Creado:

Actualizado:

Recuerdo al gran artista Norberto Beberide Guerrero, fallecido en abril de 1991, hace ya 34 años. El maestro Beberide, como buen polímata, sabía de todo, y embellecía y engrandecía lo que amaba. Villafranca, su villa, era su pasión, su dulcinea. Ya dije, en alguna ocasión, que él fue una de las pocas personas importantes de mi pueblo que se interesó por mis ilusiones poéticas, literarias, y me animó a seguir escribiendo. Prueba de ello es que ilustró O conto da moza Solinda, y siempre que tenía ocasión hablaba bien de mí. En la fecunda Historia de mi querida «Francavilla», además de escritores, artistas, religiosos, militares, empresarios, políticos, y muy diversos grandes personajes de todo tipo, también tuvimos una vez, sólo una vez, un gran buscador de minas, de tesoros. Alguna gente, a escondidas, siempre a escondidas, decía de él muchas lindezas, sobre todo que estaba muy loco, que sus correrías por los montes de la contorna, y otros más lejanos, mirando y remirando, era buscar una aguja en un enorme pajar, como en el famoso pajar del Casar de Rosalía, que tan bien se veía desde la carretera de Puente de Rey. El buscador de minas sabía y conocía lo que de él se murmuraba, estaba al corriente de todos los chistecitos que los más ingeniosos de la villa parían con acostumbrada frecuencia. Chinita siempre se reía, Chinita siempre preguntaba: «¿Qué se dice de mí últimamente..? ¿Hay algún chiste nuevo...? Chinita era, en realidad, Alfonso Torres Martínez, un hombre alto y delgado, pelirrojo, pero de derechas, muy educado, que en su tiempo libre, urbano, vestía siempre muy elegantemente, con traje y corbata, pañuelo en el cuello y en el bolsillo superior de la chaqueta. Alfonso, el inolvidable amigo Alfonso, no fumaba, no bebía licores, no era de bares, no jugaba a las cartas, ni al dominó, no tomaba café, pero en sus ratos libres, libres de estudios, de geografías y de planos, le encantaba pasear por todas las calles de la villa, por el Jardín, siempre dispuesto a entrar en cordial conversación con cualquiera de sus queridos paisanos. Decía que de casi todos aprendía algo. Alfonso Torres Martínez, alias «Chinita», había sido socio de mi padre en un pequeño negocio de abonos químicos, pero su pasión exploradora pronto lo alejó de asunto tan convencional, y lo llevó, muchos años después, a descubrir una gran mina, de valiosos metales, que puesta en explotación creó riqueza y puestos de trabajo bien pagados, durante treinta años. Hay personas que dicen amar a Francavilla. Tanto la aman que se meten en un partido, se presentan a las elecciones, salen concejales y alcaldes, se ponen a ordenar, a mandar, y la destrozan. No quieren entender que: «Amar a tu pueblo es querer que lo gobiernen los mejores»; y ellos no lo son, ni trabajan por el bien común, sí por sus intereses particulares, por sus bolsillos. No compran, no consumen, no invierten en su pueblo. Además se quejan, y hasta se atreven a pedirnos ayuda a los que, desterrados, ganamos nuestro dinero fuera, lejos, y nos lo gastamos en el pueblo viviendo en él todo el tiempo, todos los meses que podemos. Mantenemos unas casas, unas fincas, y pagamos, sin rechistar, los impuestos que nos ponen. Como no votamos allí, ni tenemos ya familia, no les interesa nuestra opinión, e incluso les molesta. Los despistados mandamases, el día menos pensado, o cualquier día, o cuando menos se espere, nos sorprenderán con la genialidad de dedicar calle o levantar monumento de homenaje al «hombre del saco», al «sacamantecas o sacauntos», al «tragamecheros», al lucero del alba o al genio que descubrió la cuadratura del círculo, pero se quedarán en el olvido algunos amigos como Alfonso «Chinita», un hombre especial, un gran villafranquino con el que mantuve muy interesantes y amenas conversaciones. Beberide y «Chinita» fueron amigos de mi tío Amadeo y de mi padre, lo veo revisando fotos, haciendo memoria, memoria escrita, verdadera. Los eruditos del Bierzo han venido magnificando en exceso al bilbaíno Julio Lazúrtegui, hasta el extremo de atribuirle protagonismo en el proyecto de ferrocarril desde el Bierzo (Villafranca) hasta Ribadeo (Villaodriz). Lo cierto es que en 1877, mucho antes de que él llegara a esta nuestra bendita tierra, el Consejo de Ministros ya había declarado esa vía como «Preferente» dentro del servicio general. Luego, en 1908, sin exponer motivos, pasó a ser secundaria. Así siguió a pesar de la definición que de ésta dio la ley del 23 febrero de 1912. Tampoco se incluyó en las complementarias a que se refiere la ley 25 de diciembre del mismo año. Anunciada la subasta por el importe de 51.165.071 pesetas de presupuesto, a razón de 336.918 pesetas cada uno de sus 151 kilómetros, se declaró desierta en 1917. En 1928 el expediente seguía «parado» en el Ministerio, a pesar de los muchos esfuerzos llevados a cabo por Eduardo Rosón López, nacido en Cervantes y enterrado en el cementerio de Villafranca (1880-1975), casado en Villafranca el 30-5-1917 con la villafranquina Lucía Espinosa de la Iglesia. En 1920, siendo Gobernador Civil de León, llevó a cabo la Celebración del Noveno Centenario del Fuero de León, que sí es del 1020, no del 1017. Sin embargo, el Ayuntamiento de León, asesorado por «expertos», se empeñó en celebrar el milenio de tan importante y significativo acontecimiento histórico en el 2017. De esta forma corrige, o llama ignorantes, a todos los ilustres leoneses de la capital y de la provincia que festejaron el noveno centenario en 1920. Tengo el Álbum de aquel gran acontecimiento-celebración cuya portada realizó el gran pintor villafranquino Demetrio Monteserín y en cuyas páginas participaron con sus colaboraciones muchos alcaldes, políticos, funcionarios, artistas, escritores, poetas... El señor Rosón nos dejó un libro muy interesante, titulado:

Proyecto de Ferrocarril desde Villafranca hasta Ribadeo (Villaodriz).

Con toda Burbialidad.

El ferrocarril desde El Bierzo hasta Ribadeo, en 1877, el Consejo de Ministros ya lo había declarado como «Preferente»

tracking