Cuando los niños quieren ser narcos como sus ídolos
Uno de los factores más importantes en este tema es la percepción de impunidad que reina en la vida cotidiana entre los traficantes y sus acólitos

Ojalá se tratara de una broma. O de un titular para llamar la atención del lector sin importar demasiado la solidez del contenido. Pero no. Es real. Y, en efecto, ocurre en España. Podía ser en otras latitudes, pero es aquí, en casa. Fundamentalmente en los municipios que componen el Campo de Gibraltar y las franjas limítrofes bañadas ya por el Atlántico hasta Huelva.
Muchos niños, allí, dicen sin complejos cuando les preguntan que quieren ser narcos, como sus mayores: «Para tener dinero y ser alguien». La narcoescuela es la nueva educación que cautiva a los chavales que imitan a sus ídolos del barrio. Hace varios años que las bandas, los cárteles y otras mafias están convirtiendo la zona en una narcorregión al estilo Pablo Escobar. Solo un necio o un encubridor sería capaz de negar tal certeza ante un submarino apresado con seis toneladas de cocaína cerca del Guadalquivir. En aguas del golfo de Cádiz y en el llamado mar de Alborán mandan las lanchas de los narcos y la ley del más fuerte, pese a los esfuerzos policiales con su falta de medios. Los quince kilómetros del Estrecho de Gibraltar que separan Marruecos de la península son una autopista para las embarcaciones ultrarrápidas del hachís y la cocaína de lo que ya se califica por su internacionalización como «crimen sin fronteras». Así están las cosas desde hace tiempo. Y, como nada es por azar, empeoran a marchas forzadas. La ley de Murphy en estado puro. Uno de los factores más importantes en este tema es la percepción de impunidad que reina en la vida cotidiana entre los traficantes y sus acólitos, amén de la ley del silencio. Los jóvenes conocen a personas cercanas —familiares, amigos, vecinos— que participan en actividades relacionadas con el tráfico de hachís y de cocaína. Esa proximidad hace que al narco no se le vea como un criminal lejano sino como alguien real con el que se pueden identificar sin ser censurados. En muchos casos, muchísimos, se percibe a los narcos como valientes aventureros que saben aprovechar la oportunidad de dinero fácil. Lo que podríamos denominar como romantización del delito. No hay conciencia del mal causado. Paralelamente, la debilidad institucional y la corrupción son factores clave. La escasez de recursos para las fuerzas policiales resulta escandalosa. El Ministerio del Interior disolvió inexplicablemente el OCON-Sur, organismo de coordinación de operaciones contra el narcotráfico del Estrecho que tan buenos resultados arrojaba. Por otro lado, el Gobierno se niega a declarar la zona como territorio de especial singularidad. Por si fuera poco, el Ejecutivo impide que los policías tengan la consideración de profesión de riesgo, pese a las amenazas de muerte a los agentes y sus familias, a la violencia desatada y a los asesinatos, entre otros, los guardias civiles de Barbate. El principio de autoridad está a los pies de los caballos. La última del ministro Marlaska, una más, ha sido su Instrucción 7/2025 donde establece el nuevo protocolo de actuación policial, para todo el país, ordenando no denunciar al consumidor o tenedor de drogas en vehículos particulares estacionados, aunque se encuentren aparcados a la puerta de un colegio o de una comisaría. El mismo colegio, verbi gracia, que cualquiera de esos niños y adolescentes que en las encuestas al inicio del curso contestan sin problema a los profesores y a quien quiera oírles que de mayores «quieren hacerse narcos para tener dinero y ser alguien». Un dinero que la elocuencia de las cifras pone brutalmente negro sobre blanco. Según el grado de pureza, se puede comprar en origen, allende los mares, un kilo de cocaína por 2.000 euros. Si echamos cuentas por tonelada despachada a cincuenta euros el gramo callejero en España, alcanza el vértigo de, efectivamente, ¡cincuenta millones! La calculadora no falla. Algo parecido ocurre con el hachís de Marruecos, el mayor productor del mundo a escasos quince kilómetros de la Península Ibérica. Un kilo apenas vale 1.500 euros en la cordillera del Rif. Si seguimos con la cuenta de la vieja a razón de seis euros el gramo expedido al menudeo en cualquier esquina de nuestras ciudades, la cifra asusta. Solo hay que multiplicar el millón de gramos de una tonelada por seis. Verdaderamente, el nivel de corrupción que pueden alcanzar los números espanta. Con todo, muchos jóvenes de estos lugares admiran sin disimulo a los narcos. Los ven como símbolos de éxito. La normalización del narcotráfico en el día a día hace que parezca algo cotidiano y aceptado. Esta realidad social crea el caldo de cultivo perfecto para que los chicos aspiren a seguir ese camino. Los narcos presumen de coches caros, de ropa de marca, de Rolex en la muñeca, de casoplones, de oro al cuello, de popularidad…, sin ni siquiera haber terminado la ESO. Incluso cuelgan en las redes sociales sus correrías. De tal modo, la imagen de triunfo rápido y poco esfuerzo seduce a las nuevas generaciones sin referentes positivos. El poder y el dinero mandan; cuando los niños sueñan con ser narcos en vez de médicos o ingenieros, estamos camino del abismo.