Diario de León

Jorge Revenga

Abogado, Escritor Y Papón

S.P.Q.R.

No hubo ruido ni alardes innecesarios. Sólo emoción. Sobriedad y pasos lentos. Compromiso y orgullo leonés. El negro y morado del Dulce Nombre

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Aunque parezca mentira, todo está en su sitio. Jesús Nazareno ya se encuentra en casa como si nada hubiera ocurrido. Casi nadie advirtió que, entre las trece pendonetas de los pasos (Prendimiento, Flagelación, Coronación y Ecce Homo ) se encontraba el acrónimo que la Ciudad Eterna utiliza como seña de identidad. Y es que, los papones de Jesús y su Nazareno parecía que estaban en casa.

El día 16 no fue un viernes de mayo, no. La Basílica teatina de Sant’Andrea della Valle se convirtió por unas cuantas horas en el segundo sábado de la cuaresma leonesa cuando la ciudad va a mirar a su Nazareno y le rinde culto en besapié. No importó que los visitantes fueran miles y que no sólo se oyera hablar con acento leonés. Ni siquiera español. Y hasta que se escucharan saetas. Largas filas de fieles se acercaban a un Nazareno que, como en Santa Nonia, se sentía arropado por todos. Hasta en algún momento pareciera estar en una mañana de saca pues las mesas petitorias —eso sí, sin horquetas golpeadas— invitaban a arrimar el hombro. Desde algún rincón escondido, más de uno dejaba resbalar alguna lágrima de emoción y felicidad pues Roma había conseguido prolongar la Semana Santa más allá de los diez días. Se supo perdonar que, desde el atril, la embajadora de España en la Santa Sede confundiera la antigua Legio VI Victrix con Castilla y se escuchaba, con agrado, las palabras de introducción en italiano, inmediatamente traducido al español. Cuando la Agrupación se puso a tocar, el silencio que algunos quisieron imponer a la participación de la ciudad de León en los actos jubilares, se convirtió en reivindicación, sincera y sin alharacas, de que en León tenemos algo demasiado grande como para silenciarlo. La mañana del sábado 17 los alrededores de la Vía Claudia fueron un Jardín de San Francisco con hermanos ilusionados con sacar su procesión a la calle sin importarles que la cita con la Historia les hizo esperar más de tres horas con sol y calor. Todos estaban preparados donde la cofradía les necesitara sin importar el puesto. Desde el mismo momento en que el llamador dio los toques para levantar el paso, todo pareció un sueño. Y quizás lo haya sido… La Agrupación se vació con dulzura, sentimiento, maestría y honradez sin escatimar ni una sola nota. Un León nazareno sonaba para el mundo. Las tres cuadrillas de braceros («Coliseo», «Circo Máximo» y «Arco de Constantino») acariciaron en todo momento las almohadillas, haciendo la puja inolvidable y los pasos del Nazareno, con su escolta de cabecera, mágicos de principio a fin. Los monaguillos aromaban con incienso encargado para el evento la Ciudad Eterna con un ímpetu quizás mayor que un Viernes Santo cualquiera y la Ronda se empeñó en anunciar el paso del cortejo hasta la saciedad, aunque no hiciera falta pues todas las miradas estaban puestas en Él. A lo largo del recorrido, cientos de banderas leonesas se asomaban por las vallas y hasta algún balcón lució el inmortal emblema de los papones negros. Muchos vítores de viva León y su Nazareno con marcado acento andaluz hizo que se percibiera que el silencio consciente que algunos medios de comunicación impusieron a la participación de Jesús en Roma, no comulgó con el sentir del pueblo. No hubo ruido ni alardes innecesarios. Sólo emoción. Sobriedad y pasos lentos. Compromiso y orgullo leonés. El negro y morado del Dulce Nombre pareció una paleta multicolor. Y brillante. Como el estudiado adorno floral del canasto reconvertido para nuestra forma de puja. Quizás por todo eso y porque nuestra manera de ser es ajena a barroquismos innecesarios, ya nadie silencia el paso de Jesús por Roma. Por derecho propio. Y porque León y su Semana Santa, esa gran desconocida, lo sea un poco menos a partir de ahora. Y para siempre.

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