Estilofobia
Las actuales pedagogías muestran un desprecio absoluto por la lectura de textos con la mínima aridez. Ya no se leen los clásicos. Quizás, dentro poco acabaremos por hacer adaptaciones del Lazarillo en vídeos de Tik Tok
Hace ya muchísimos años, en mi juventud madrileña, tuve la suerte de tratar a Carmen Laforet. Todavía recuerdo el día que la conocí, en casa de su hija, haciendo el magosto. De camino, un amigo, que ya la conocía, me advirtió de que la gran novelista hacía tiempo que ya no escribía por padecer estilofobia.
Nunca más volví a escuchar esa palabra, aunque, en publicaciones relativamente recientes, con motivo del centenario de su nacimiento, pude leer grafofobia, también referida a ella, y que viene a significar lo mismo.
En aquellos años, Carmen Laforet no era mucho más mayor de lo que lo soy yo ahora, pero en mis recuerdos aparece como una anciana que pelaba las castañas en silencio y sin demasiada ansia, como si el mundo no fuese con ella.
En la actualidad, cuando corrijo exámenes, ahora llamados «pruebas», me viene a la cabeza aquella palabra, estilofobia, y pienso que muchos, cada vez más, de mis alumnos podrían padecer ese síndrome en el caso de que verdaderamente exista. Por la forma en que responden, muchos de ellos me recuerdan aquella poca ansia de la otrora celebrada escritora.
Prácticamente todos contestan, algunos al tuntún, las preguntas tipo test; la mayoría lo intenta con las preguntas de completar y relacionar; pero una buena parte deja completamente en blanco las preguntas en las que hay que redactar. Incluso algunos de ellos obtienen puntuaciones aceptables en los apartados que completan, alcanzándoles en muchos casos para aprobar.
Entre los afectados destaca una buena parte de los alumnos procedentes del extranjero, incorporados al sistema educativo sin tener en cuenta sus conocimientos previos, en muchos casos desconociendo el idioma, y situándolos en un nivel únicamente en función de su edad. Estos alumnos, desorientados, en aulas de hasta treinta alumnos, son firmes candidatos al fracaso escolar.
Muchos de ellos, cuando ven que no pueden, ya ni lo intentan. Algunos incluso prefieren pasar por malotes antes que reconocer su falta de base.
Con todo, no es este un problema exclusivamente migratorio, ya que, año a año, cada vez son más los nacionales afectados por ese síndrome, a lo que pedagogos y demás especialistas parecen no dar demasiada importancia, pues casi siempre sugieren buscar otra forma de evaluar en la que no haya que escribir; como si la capacidad para expresarse correctamente de forma escrita no fuese una destreza que deba ser fomentada y, por lo tanto, evaluada.
Por otra parte, los protocolos educativos para afrontar los casos de dislexia e incluso el TDAH establecen que a estos alumnos no se les tenga en cuenta la ortografía, negándoles así los incentivos para aprender a escribir correctamente.
No tienen en cuenta esos protocolos que, después de la evaluación del sistema educativo, viene la evaluación del mundo real, que es la que cuenta de verdad.
Las actuales pedagogías muestran un desprecio absoluto por la lectura de textos con la mínima aridez. Así, ya no se leen los clásicos, a no ser resumidos y adaptados. Quizás, dentro poco acabaremos por hacer adaptaciones del Lazarillo en vídeos de Tik Tok.
Nadie parece caer en la cuenta de que la lectura es imprescindible para aprender a comunicarnos correctamente, tanto por escrito como de forma oral, ni de que de nada nos sirve saber si no somos capaces de comunicar nuestros conocimientos.
En lo que a la oralidad se refiere, parece un contrasentido que, en la época de los «youtubers» y de los «influencers», cada vez se lea menos en alto en las clases y se dé tan poca importancia a la comunicación oral. Estamos en la época de la comunicación total y, cada vez más, renunciamos a aprender a comunicarnos.