Diario de León

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Desde mi ventana veo el mar, un mar de olas blanco-azulado-verdosas y blandas que se dirigen mansamente a la orilla en procesión concertada, sin mayor pretensión que la de lamer, quizás besar la arena de la playa y después dejarse morir dulcemente en ella. Y otras olas, otras olas hacen lo mismo una y otra vez. No es verdad aquello de que las olas, unas vienen y otras van. Ninguna, que se sepa, resucita y vuelve a empezar (bueno, está la resaca que es por llevar la contraria a la norma, nada más).

Es el destino del ser y estar en el mundo; es la eterna obligación que impone la naturaleza a todo lo que se mueve y vive. Observo que, a veces, el viento las encrespa, molesta, irrita y se vuelven irascibles y rugen (es el mugido del mar) y parece que se disponen a sobrepasar la arena de la playa y adentrarse en los jardines de las casas de los hombres. Pero no, toda su fuerza termina, como todo y como siempre, chocando con la realidad de la orilla y acaban siendo engullidas y desapareciendo para siempre en el lecho de muerte de la arena. Al contemplar ese espectáculo, me da por pensar en la vida de los hombres, quienes mansos o encrespados acaban sin fuerzas en la orilla de la realidad que les envuelve y limita. Aunque, si bien hubo un tiempo en el que la mirada humana no llegaba más allá del fin del horizonte, quiero pensar que muy pronto el hombre empezó a mirar hacia arriba y que su mirada se perdía en el mar del cielo, en el infinito. E igual que del mar emerge una llamada oscura, quizás para recordarle de donde procede, otra llamada igualmente misteriosa procedente del firmamento le ofrece una búsqueda sobrenatural adonde dirigirse y donde poder morar algún día en las estrellas, en el cielo. Al fin y al cabo, la imaginación del hombre le permite viajar fácil y barato y con una rapidez sin límites. Podríamos pensar en que la tarea del hombre consistiría en viajar con la imaginación por el cielo, pero arrastrando los pies por la tierra, sin más. Pero no, muy pronto creyó firmemente que lo más importante no era de dónde venía, sino hacia dónde quería ir. Que quién, cómo, dónde, por qué se instaló en su esencia el viaje para llegar a un más allá que nunca se acaba, sigue siendo un misterio sin resolver por el momento, pero que subyuga, que hipnotiza, que atrae como el imán al hierro. El Ulises de Homero, Marco Polo, Cristóbal Colón, las misiones Voyager de la Nasa etc., etc. han tenido y tienen el mismo fin: abrir caminos para llegar al más allá, siempre al más allá, donde se supone está el origen del origen, y así resolver el misterio de su ser. No tiene nada de extraño, por otra parte, que el hombre se siga moviendo entre dos parámetros aparentemente contrarios entre sí, la carne y el espíritu. De la primera no logra zafarse, evidencia pura constituyente del ser, del segundo obtiene el poder de construir, o descubrir otras realidades muy diferentes; solo le quedaría comprobarlas, certificarlas, demostrarlas, tarea difícil pero ilusionante, y en ello está inmerso. Otra forma de enfrentarse en la búsqueda de la verdad y darla a conocer y hacerla asequible a la razón humana, demasiado limitada ésta, por otra parte, es utilizando un argumento eficaz y decisivo, la fe, que es un salto cualitativo en el razonamiento de andar por casa (recuerden aquello de que hay razones que la razón no entiende). La fe es una creencia indemostrable, siguiendo los cánones que se emplean habitualmente para otros cometidos, pero que, en teoría, o más bien en la práctica, da las claves para entender y determinar el viaje sin fin del hombre. Es como si el espíritu se despegase del cuerpo y decidiese por su cuenta la verdadera intención y necesidad del viaje, incluso en contra de la carne, que, no obstante, se rebela y demanda su protagonismo en el mismo. A veces pienso que el hombre se debate entre descifrar la realidad del misterio o en construir una realidad sin misterio, a su medida y alcance (véanse las numerosas mitologías y los millares de religiones, si bien de éstas últimas solo un puñado de ellas se llevan el gato al agua). Pero, volviendo al recurso de la fe, ésta conlleva no solo la creencia primaria, esencial, indiscutible, verdad por sí misma, sino que necesita y exige una relación de obediencia y sumisión (no voy a caer en el tópico de que la fe es ciega, sino que solo que tiene los ojos tapados). A quién debe obedecer y someterse es una pregunta que ha conducido al hombre a imaginarlo sin descanso, e incluso a regular su ejercicio, tanto para bien como para mal. Y es que todo lo que el hombre construye es humano, aunque pretenda divinizarlo. Lo divino, en realidad, le queda lejos, muy lejos; por eso lo busca allí. Por otra parte, no es lo mismo una verdad subjetiva que una verdad objetiva. El hombre trata de elevar a categoría de verdad objetiva la verdad subjetiva, lo cual no deja de ser una forma de ejercer el poder de una sobre otra, de uno sobre otro (es lo que tiene, y a lo que «obliga» la civilización). Construir una verdad no es lo mismo que descubrir la verdad. El hombre, ya digo, ha tenido siempre la tendencia a imponer la verdad subjetiva sobre la objetiva (lo contrario es objeto de la ciencia) lo que demuestra que, en la cuestión que nos ocupa, la primera es más primitiva que la segunda. Actualmente se habla mucho de la verdad del relato construido con ese fin, pero es obvio que eso no es nada nuevo ni novedoso, al menos en el contenido, quizás sí en la forma y estilo. Total, que solo al final del final triunfará la verdad, sin tener en cuenta las tendencias a divinizar la carne o encarnar, humanizar el espíritu, lo divino. Si triunfa lo divino, el chasco será para lo carnal; si triunfa la carne, el chasco será para el espíritu. Entre ambas posibilidades anda el juego de la verdad, porque, se diga lo que se diga, la pelota sigue estando en el tejado. Ya ven a dónde me ha conducido la imaginación en torno a la búsqueda del hombre sobre la verdad, y que no parará hasta que la encuentre o muera en el intento. Yo, mientras tanto, y con los pies en el suelo, sigo mirando desde mi ventana la realidad de las olas del mar que mueren besando la arena de la playa, y se me ocurre pensar que es la luna (que hace parte del cielo) la que al mar (que está en la tierra), en silencio y amorosamente, peina y ondula su cabellera. Ay, las olas del mar…

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