Hilando al sol otoñal de media tarde
Creo que fue allá a principios de la década de los años 80, cuando un fotógrafo leonés con estudio en la capital, cuyo nombre siento no poder recordar, tomó una foto que había de revelarse ilustrativa de un tiempo y reveladora de un lugar a partes iguales concertantes. Recordemos que ya desde la tercera palabra del Quijote lugar es pueblo, así que empecemos por este para decir su nombre, que es Odollo. Se trata del pueblo situado en el extremo occidental del Ayuntamiento de Castrillo de Cabrera, último antes de abandonarlo para entrar en el de Benuza, rumbo a Puente de Domingo Flórez.
Odollo destaca en el libro clásico de Ramón Carnicer, con veinticinco páginas nada menos en la última edición. Y Odollo es también el apellido del protagonista de la novela de Luis Mateo Díez Camino de perdición. Preguntado entonces por el curioso apellido, el autor respondió que era en homenaje a un bonito pueblo berciano. Ahora bien, el evidente error no invalida la simpatía del gesto, aunque la justicia impone devolverlo a su posición en la ribera derecha del río Cabrera. El pueblo distribuye su caserío en tres barrios, escalonados en la pendiente. La carretera atraviesa por el superior, no en vano llamado Oteiro. Por ahí llegó un día el fotógrafo leonés y tuvo la suerte de encontrarse en ella con una mujer. Podemos imaginar la secuencia. El viajero llega a ese lugar a la salida del barrio, donde la ermita de Santa Lucía se yergue al lado izquierdo del camino. Sigue un breve ensanchamiento también a la izquierda. Ahí estaba la mujer. El hombre detuvo el coche, se bajó y la saludó. Era menuda, de edad mediana, vestía una falda color pardo, camisa azul plata, mandil oscuro con peto y un pañuelo negro en la cabeza. Se llamaba María y estaba hilando lana, mientras cuidaba a su pareja de vacas, que pacían en un pradito a la sombra de los chopos. La figura compuesta era irresistible para un fotógrafo. María aceptó posar para él y lo hizo con un esbozo de sonrisa en sus labios, apenas dibujada. Así pues, María enarbola el palo de la rueca en oblicuo de izquierda a derecha. Sostiene el extremo yusero en su costado izquierdo, metido en la falda, y en el susero se enrolla, vaporosa y cándida, una porción de lana, dicha rucada en Cabrera; a la derecha el huso cuelga del hilo que, afinado por sus dedos o suavemente ordeñado, va surgiendo de la rucada. La figura de la mujer se recorta en leve contraluz, pero la luz oblicua del sol enciende una fluorescencia de nieve mate en la rucada y dora la fronda de los chopos, tan sutil que se diría impresa en los gongorinos «anales diáfanos del viento». Así nimbada, lamida, traspasada de luz, la figura se yergue clamando un incitante simbolismo: esa rucada, germen del hilo, podría asimismo simbolizar la vida, paridora de historias, pues que también estas se hilan al transmitirse, ellas al fin también impresas en ese otro viento memorable que corre por la historia. A poca distancia por debajo de ella yacen en un huerto las cenizas de un hombre del pueblo llamado Víctor Alonso, protagonista a su pesar de una historia finalmente agridulce. Tras la derrota del ejército republicano en el que le tocó combatir, Víctor huyó a Francia, pero allí lo apresaron los alemanes y lo llevaron a un campo de concentración en Austria. Sobrevivió y vuelto a Francia, se casó y tuvo hijos. Murió en 2007 a los 90 años y los hijos trajeron al pueblo sus cenizas para depositarlas en ese huerto que había sido de su familia, cumpliendo de este modo su deseo de reposar en la tierra donde brotó a la vida. Mucho más dramático, trágico incluso, resultó otro hilo de la rucada en el tiempo de la posguerra, con la población de Odollo sometida al fuego cruzado entre la guardia civil y el grupito guerrillero comandado por Manuel Girón. Una joven del pueblo llamada Evangelina tuvo una niña, fruto de su relación con un guardia o policía. Por entonces, junio del 45, los guardias ametrallaron a tres guerrilleros en Columbrianos, descubiertos, según sus compañeros, por una delación de Evangelina, que había tenido relación con ellos y sabía del escondite. Ella, por si acaso, desapareció un tiempo, escondida en León, pero finalmente, y a pesar de las advertencias del peligro que corría, volvió al pueblo, vencida sin duda por la nostalgia de su pequeña hija. En la noche del 20 de abril del 47 tres guerrilleros, Girón incluido, llegaron a la casa, donde la familia estaba reunida en torno al fuego del hogar y le dispararon seis tiros en el pecho. Cayó sobre las brasas. Tenía 27 años. Tres contaba la niña, que se llamaba Isolita. Al igual que el hilo, manando de la rucada, le presta al huso su forma de mazorca, estas y tantas otras historias alimentan ese otro huso cordial que es la memoria, así sembrada de vestigios de un tiempo y de un lugar en el corazón de Cabrera. María surge en la foto del leonés transfigurada a modo de parca campesina, menuda y sonriente, hilando la luz de la tarde otoñal y los recuerdos de una vida, pero ahora su figura orlada de un misterioso encanto nos aboca al ensueño de esa melancolía del tiempo ido en la estampa campestre, esa paz no turbada del paisaje entrevisto, esa fronda dorada en los chopos incendiados, esa luz inflamada de nieve, detenida por siempre en la rucada de María.