León: inconexo, desenfocado y roto
Baldomero Lozano en 1977 nos sacó los colores: «León ha sido una de las primeras regiones oprimida por la oligarquía centralista, sus instituciones autónomas abolidas hace ya muchísimos años»
La reciente Tribuna de Juan Pedro Aparicio en este mismo medio (SOS León: Una llamada a la solidaridad de España, 01/06/2025) es otro de sus compromisos declarados con esta causa inconclusa nuestra de ser tierra reconocida igual que todos en la realidad política del autonomismo. El escritor desgrana la importancia de León, hechos relevantes y, en general, que no fuimos un don nadie que pasaba por aquí.
Al mismo tiempo y teniendo como base precisamente eso que se nos arroga y que es cierto, si lo damos la vuelta devenimos en que por nuestra parte no hubo previsión, no se calculó bien la entrega, se dio sin acuse de recibo y ello nos ha traído el resultado de la impericia política de la sociedad y en especial de unos gobernantes que veían muy bien con gafas de lejos (España) pero muy mal con las de cerca (León). Todo ello ha sido un fracaso en la cuenta de resultados que es justo lo que hoy estamos echando en falta. Incido en ello porque siendo conscientes de una muy mala praxis del sentido común como elemento primario de supervivencia, sin embargo tropezamos de nuevo en no defendernos bien, y pese a que hablamos de León, este concepto lo hacemos parecer más al sexo de los ángeles que al de un territorio concreto. Bien es verdad que algunos lo ridiculizan a la provincina, idea de leoneses que ya en la cabeza son minúsculos y eso es una desventura, quizá una mala intención. En otras ocasiones la expresión de ese nominal es una rara inconcreción que puede entenderse como un abanico de quito o pongo kilómetros cuadrados, o sea, de la peor forma imaginada en estas horas de urgencia y claridad, lo que se convierte en éxito de la confusión al no fijar un territorio, por otro lado histórico, sobre el que poder exigir nuestro derecho identitario y el reconocimiento político autónomo. Hasta que el compromiso de los que escriben, de los que leen, de los que tienen algo que decir al respecto y de los liderines que se dedican a la política no esté claro en ellos y se haga costumbre y ‘derecho’ en el razonamiento general y espontáneo, como es asumir e interiorizar el pueblo, ese León que no se sabe qué es y hasta no se sabe dónde llega seguirá siendo la incógnita que nos debilita, imposibilita y reduce. Y así hasta la provincina final. O sea, un León amputado. Sí observo que habla de León como «pueblo», pero un pueblo ocupa un espacio. Es más, todos los pueblos tienen el derecho y la necesidad de pertenecer a un lugar. Es básico. Lo que verdaderamente tiene valor es definirlo, delimitarlo, pelear por él e instruir en ello. No necesitamos inventar nada. Es histórico, real. Podemos aceptar que no sea para presumir, o también, pero sí para presentar encima de la mesa. Y aquí no hay ninguna claridad, sólo el León del sexo de los ángeles. Quien tiene alguna responsabilidad política o profesional de hacer pedagogía no la arriesga, prefiere salvarse sólo él (pobreza miserable); quien ya no la tiene sigue siendo igual de cobarde o ignorante o está en las filas enemigas. ¿Qué se deviene de todo ello? Pues dejarse llevar por tutores extraños, ajenos o incluso contrarios. No nos está ocurriendo nada que no haya sido avalado secularmente por la desidia, la imprudencia, amores patrios de postizo, atolondrados y desmedidos, y consecuentemente la pérdida gratuita y de arraigo a ese «pueblo» al que aludimos y al que muchos no ponen ni reclaman su espacio verdadero. Ya la historia del Gran León (Reino, Nación, Estado, territorio soberano en definitiva) que como se sabe es una historia muy anterior a España, es la de una diáspora interna brutal y desgarradora, y el León teórico que se fijó en el siglo XIX nos ‘oficializó’ siendo ya una tercera parte de aquel Gran León. Si a esto añadimos la indefinición actual... Si a ello sumamos además las ocurrencias del uniprovincialismo que nos dejarían en una décima parte de aquel cuadrante noroccidental, o sea, el Gran León, pues entonces es para que nos pongamos en la sala de lapidación, por tontos. Cuando se dice que «el problema no es España», yo digo que sí; el problema se llama España, la derivación o desviacion exagerada y cándida hacia amores que nunca han correspondido y en los que además se nos han ido partes esenciales e íntimas de conformación y configuración de la identidad que hoy nos faltan para autoestimarnos y reclamarnos más y mejor. Y si lo hacemos algunos, otros se extrañan o se oponen; tal desventaja hemos conseguido. La historia española de León es la peor historia de León. Un pueblo que desaparece porque ayuda a parir otro y cuyo ‘premio’ es ser nadie después de haberlo sido todo, es sólo comparable a la tragedia que sufren los indeseados. Es un pueblo negado aplaudiendo su propia negación. El colmo del absurdo y de la nula inteligencia. Baldomero Lozano en
La Hora Leonesa de 09/11/1977 nos sacó los colores a los de aquí, siendo él de fuera: «León ha sido una de las primeras regiones oprimida por la oligarquía centralista, sus fueros y sus instituciones autónomas abolidas hace ya muchísimos años y su cultura mistificada, lo que hizo que León perdiera su identidad». Casi nada. Y por eso se desvanecen los éxitos, se destiñen los futuros y se afianzan los fracasos. ¿Qué fue de todo ese bagaje? ¿Las instituciones las manejamos autónomamente? ¿Los leoneses son de verdad o son una pegatina? Si la respuesta es mirar hacia otro lado estamos en el León actual y aspirando a un León menor. Y así las cosas yo, emocional y voluntariamente me armo mi propio Gran León de antes de su diáspora interna y aspiro a verlo y a celebrarlo con mucho gusto aunque sea en mi propia intimidad que espero sea explosión popular y reencuentro algún día. Nada de lo que ha venido después ha sido mejor, y si lo pareciese es claramente un espejismo. Portugal nos enseñó que hay que separarse de lo que no interesa. Por otro lado, el artículo al que he aludido dedica su parte última a reclamar la solidaridad de España para con León (otra vez un León incógnito) y esto ya me parece de desenfoque de apreciación de la realidad política actual. En un régimen de ordeno y mando las cosas se ponen aquí o allá sin más miramiento. Y en todo caso también en esos regímenes la importancia que se tenga es una candidatura al éxito o la resignación. León, ni mi pueblo pequeño, pueden apelar a lo que hoy es abstracto para el fin y con el objetivo que se pide. España está constituida en autonomías y el territorio leonés está donde está, sus amarres político-administrativos son los que son y es en ellos donde hay que incidir. Para ello la totalidad del territorio debe mirarse a sí mismo como leonesa. Largo trabajo de apostolado. ¡Quién lo diría! Lo que ha perdido el León regional lo ha perdido sólo él y sólo él lo debe recuperar con la ayuda de los responsables e influyentes del territorio más sensibilizado, la provincia homónima, primero enderezando la sinrazón de nuestros ‘líderes’ bienmandados, afirmando a continuación su idea en el territorio con seriedad y razones, recogiendo después las fuerzas cómplices del paisanaje y por último ejecutando ese poder en doblegar las voluntades contrarias superiores que encarna la hoy mordaza autonómica. Este es el camino viable y sólido que además engrandece y dignifica a los pueblos que lo son: querer valer, demostrar ser y proclamarlo con orgullo. Porque de otra forma esa ‘solidaridad’ sólo son dádivas de urgencia y compasión a los que ya se reconocen desahuciados.