Más reflexiones sobre la autonomía de León (no llores como mujer…)
No para «enredar» ni para buscar, simplemente, acomodo «pesebrario», sino para defender y vehicular el sentir de sus paisanos
Se le atribuye a la madre de Boabdil el Chico lo de «llora como mujer lo que no supiste defender como hombre», cuando éste abandonaba Granada tras su conquista por los Reyes Católicos. Valga el dicho únicamente como referencia y comparación metafórica y antagónica para el contenido de este artículo que arranca, no por azar, con «no llores», una forma de darle la vuelta a la famosa frase, y que acabaría con «defiende». Aclaro que las lágrimas femeninas (cuidadín, cuidadín con identificar el llanto con la mujer y la valentía con el hombre, que hoy día sería desfasado y objeto de repulsa e incluso de denuncia ante los tribunales) están cargadas de sensibilidad, de dolor y de historia, lo mismo que las de los hombres, por otra parte. Y en cuanto a la valentía, más de lo mismo. En el fondo es únicamente una cuestión de matiz nada más, y nada menos.
Hace un año por estas fechas (29-7-24) se publicó en esta Tribuna un artículo mío titulado Reflexiones sobre una autonomía propia de León. Sigo pensando de igual manera que entonces y apelando al poder del pueblo llano, «iluminado» por los mejores de todas las esferas sociales del mismo con el fin de conseguir el objetivo justo y necesario. Ahora no es cuestión «de llorar sobre la leche derramada» (léase la referencia al «Judas» enredador y traidor, o al estado bobalicón y semi catatónico que sufría la población en aquel momento, incluidos muchos de los políticos), sino de tomar conciencia de la importancia de defender la identidad leonesa. En ello, hoy lo sabemos por la experiencia dolorosa con la que la realidad ha golpeado la historia reciente, va la supervivencia, el futuro digno dentro de una autonomía propia, y que nunca debió consentir que no fuera así. ¿En aquel entonces se firmó, engañada, confundida, atolondrada, su sentencia de muerte? ¿Desde cuándo se han diferenciado en la práctica ambas autonomías? León ha sido considerado por Valladolid, prácticamente siempre, como un apéndice desprovisto de identidad propia. A lo sumo haciendo parte de la meseta noroeste de Castilla, supeditada a ésta, diluida en el conjunto. Y ya se sabe que cuando algo se diluye en demasía acaba perdiendo su esencia.
¿Y ahora qué? ¿Es ya tarde? ¿No queda otra que ajo y agua? (pongan los verbos oportunos para la ocasión). No se trata de llorar para mamar, por aquello de «el que no llora no mama, y si no mama se vuelve canijo y sin fuerzas». Se trata de exigir lo propio. He ahí la cuestión, lo propio, lo que constituye su identidad, su esencia, su alma. No basta con invocar su pasado cultural, artístico, histórico etc. glorioso. Enardecen las primeras frases del himno de León: «Sin León no hubiera España, antes que Castilla leyes, concilios, fueros y leyes dieron prestigio a León». Lo mismo ocurre al contemplar el león rampante en un cuartel del escudo de España, con todo lo que eso significa. Todo eso está muy bien, pero el tiempo pasa y aparecen tiempos nuevos, diferentes que exigen adaptación a las nuevas circunstancias. Y adaptación no quiere decir ni renuncia ni sumisión sin más. Adaptación supone un replanteamiento de todo aquello que define su identidad y presentarlo y defenderlo para que tenga peso y valor diferencial ante el conjunto. Es lo que hicieron todas y cada una de las comunidades autónomas en su día con el resultado conocido. Todas, menos León a quien se le «convenció» de que, dadas las circunstancias especiales del momento, lo adecuado era «arrejuntarse» en señal de matrimonio con otra comunidad de España. No se trataría, realmente, de un engaño puro y duro, sería una «maniobra de salvación», dado que León no daba señales de vitalidad y que se estaba convirtiendo en una identidad confusa, indefinida, irrelevante (al menos eso es lo que parece deducirse del muñidor o muñidores del engendro). La historia ha puesto de manifiesto que el matrimonio amañado, no por amor, y dadas las características tan dispares de los contrayentes no tenía ni tiene otro futuro que, o bien la sumisión y pérdida de identidad de uno de los cónyuges o bien el divorcio, la disolución del contubernio.
Actualmente, el León antiguo, la región de hace doscientos años (yo recuerdo, incluso, estudiar, de niño, en los años cincuenta del siglo pasado, que al Reino de León pertenecían las provincias de León, Zamora, Salamanca, Valladolid y Palencia), ya no sirve, y menos el Imperio histórico del Reino de León. Convendría, pues, antes de nada, definir aquello que geográficamente hablando define y encarna hoy día lo leonés como característico y propio de una autonomía propia y diferenciada dentro del Estado Español. Es necesario, en primer lugar, saber si Salamanca vibra o no vibra con lo leonés, y lo mismo ocurre con Zamora. Si esas dos provincias vibran y se sienten leonesas, adelante, pero si no lo hicieran, sería más viable defender la autonomía de León uniprovincial. Hay, hoy día, mucho de común y propio en la cultura en general: tradiciones, folclore, mitos y leyendas, manifestaciones religiosas, especialidades culinarias y gastronómicas, costumbres centenarias vigentes y vivas que están presentes tanto en la propia ciudad de León como en la Maragatería, La Cabrera, El Bierzo, Tierra de Campos, Las Montañas etc. y que expresan una forma de vivir y estar en el mundo.
En las plataformas necesarias destinadas a explicar, concienciar, unificar criterios y estrategias de acción, hay que poner sobre la mesa, con su contribución correspondiente, a la pléyade de intelectuales, escritores y poetas leoneses de reconocido prestigio en España que deseen unirse a la causa. Lo mismo que a los personajes famosos, investigadores, juristas, legisladores, astronautas, creadores, comunicadores en TV y Radio, amén de los «aventureros» únicos, consagrados y muy admirados y queridos en toda España. A ellos (ya lo indicaba en el artículo del año pasado) han de unirse los empresarios emprendedores, profesionales, profesores etc., etc. ¿Y los políticos? Por supuesto, pero no para «enredar» ni para buscar, simplemente, acomodo «pesebrario», sino para defender y vehicular el sentir de sus paisanos deseosos de conseguir la autonomía necesaria y justa para el pueblo leonés.
No soy jurista y desconozco la complejidad que pueda conllevar la disolución del contubernio, de ese matrimonio asimétrico (incluso, me atrevo a decir, «contra natura») que se produjo en la llamada Comunidad autónoma de Castilla y León, pero estoy convencido de que el clamor del pueblo leonés buscando su autonomía no podrá silenciarse ni con cantos de sirena, ni con velados o explícitos mensajes o amenazas sobre los perjuicios que ello conllevaría. Y menos con triquiñuelas leguleyas. Que les pregunten a las comunidades de Cantabria, Navarra, La Rioja etc., si han salido perjudicadas o beneficiadas al detentar una autonomía propia.
Voy a acabar con un guiño simbólico: En la Plaza de las Palomas de León, asomando por una de las alcantarillas, emerge medio cuerpo de un león que parece buscar salir al exterior. Pues bien, es fundamental que ese león, que simboliza los valores de la fuerza, el valor, la realeza y la dignidad salga del interior de cada leonés para defender su futuro. Si así fuera, el resultado será obvio, estoy seguro de ello: su propia autonomía.