Diario de León

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El título promete como acertijo parecido a: «La sociedad está atontada, sumisa, asustada, ¿quién la desatontará, desumisará, desasustará? El desatontador, desasumisador, desasustador que lo haga, bueno será». Así andamos, esperando que aparezca tal fenómeno, aunque puede que el que espere se desespere y se arme la marimorena. Y si no, al tiempo. Parece mentira, increíble, impensable que estemos gobernados (desgobernados) por un conjunto (banda) de personajes (personajillos) sin consistencia moral, ética y estética. Asistimos atónitos, incrédulos, ojipláticos ante el espectáculo de mentiras, manipulación desvergonzada y corrupción descarada propias de un mal sueño (pesadilla).

Hace poco, leí en esta misma tribuna, un excelente artículo titulado Qué es la libertad, del Sr. Smarrelli. Me sorprendió y dolió la afirmación de que «menos del 8% de la población mundial vive en democracias plenas, y se detecta un aumento de regímenes autoritarios o similares». Después de muchos milenios durante los cuales el hombre ha tratado de civilizarse, de ordenarse, de buscar un equilibrio entre ciertas tendencias «naturales» que buscan dominar al otro y aprovecharse de él («homo homini lupus est») y, por otro lado, tratando de alcanzar un grado de respeto, de concordia, de libertad etc., resulta que estamos casi como al principio. ¿Acaso estamos condenados a vivir con modelos contrarios a la libertad? ¿Acaso el propio concepto de libertad responde a una ilusión nada más? ¿Una cosa es lo que somos, y otra lo que queremos y pretendemos ser? Cuando abordo esto, lo denomino: «balanceo e imbricaciones entre natura y cultura». Algo así como tratar de determinar de qué y cómo estamos hechos, y cómo y en qué nos gustaría convertirnos. Dicho de otro modo, partiendo de la esencia, evolucionar en la potencia. Al grano: la fuerza de la naturaleza es, en principio, prioritaria dejando en segundo plano a la cultura (civilización) que tiene la pretensión de domar al hombre por el bien del conjunto, pero resulta que cuando todo indica que gana la doma, resurge lo indomable con tal fuerza que toman cuerpo las tendencias contrarias a lo esperado, y el lio y la decepción están servidos. Sé que mis opiniones no son no originales (recuerden la frase: «No hay nada nuevo bajo el sol»), pero me acojo al principio romántico de: «Sed realistas, pedid lo imposible» para tratar de encontrar un rayo de luz entre las tinieblas. Las interpretaciones humanas a la primera frase son dispares, pero la más simple y, por tanto, la más auténtica es la que postula que la historia tiende a repetirse, que los patrones humanos tienden a la permanencia en el desarrollo social. Se plantea, pues, la cuestión crucial del verdadero valor (derecho, existencia real, desiderátum etc.) de la libertad. En este artículo me voy a centrar, exclusivamente, en el concepto político de la libertad, dejando de lado otros conceptos como el ético, filosófico, existencial etc., aunque sé que todos esos calificativos están imbricados entre sí. Una vez constatado que ciertas «tendencias naturales» del ser humano buscan repetirse «forzosamente», no queda otra que estar vigilantes para que no se impongan, al menos de forma absoluta, sobre la sociedad que pretende, en nombre de la civilización (derechos, justicia, respeto, moral, armonía, control, defensa de los más débiles etc.), encontrar, si no una «sublimación de los instintos», al menos un equilibrio lo más estable posible entre los contrarios. Dado que los regímenes políticos son la expresión de esa dinámica (lucha), es fácil deducir quién resulta ganador o perdedor en la misma. Si menos del ocho por ciento de la población mundial vive razonablemente libre, más del noventa y dos por ciento vive en sistemas escasamente libres o carentes de libertad, simplemente. Y todo eso después de milenios pretendiendo (la mayor parte, quizás, con «la boca pequeña») modificar el destino. Algo falla, ¿no? Más bien alguien, algunos no están de acuerdo con ese planteamiento. Como para muestra vale un botón y está tan cerca, analicemos lo que ocurre en nuestro entorno. ¿Somos, realmente, políticamente libres? Todo parece indicar que sí, que la prueba de esa libertad se ejerce cada cuatro años en el proceso electoral, pero resulta, a la vista está, que es un acto de libertad relativo, pues esa libertad puede ser manipulada, desvirtuada y, finalmente, abolida o prostituida. Y no pasa nada, o casi nada. Las promesas no se cumplen porque se cambia de opinión invocando «necesidades» nuevas. ¿Es de naturaleza «genética» que un sinvergüenza no pueda, o no quiera dejar de serlo? ¿Que un adicto a la mentira no pueda soportar la verdad? ¿Qué un corrupto ni quiera ni pueda adherirse a un principio moral o de justicia? Analicemos el propio concepto de corrupción: Cómo se define y cómo se defiende en realidad. El político corrupto no se lo plantea como una tendencia contraria al bien común. Parte de la base de que todos somos corruptos («y tú más»), unos más y otros menos, unos antes y otros después; de tal forma que no se plantea el impacto de su corrupción y la responsabilidad de la misma, sino que divaga sobre las modalidades y los tiempos de la puesta en práctica de la misma por unos y por otros, y se queda tan ancho. Es tal la cara dura de los defensores de la corrupción que son capaces de hacernos creer que «en España es tonto el que no apaña». Un poco más, y tratan de convencernos que los valores que propugna la civilización no son más que «teorías» difusas que nada tienen que ver con los «axiomas» que esgrime la naturaleza humana. A lo sumo, y no siempre, se trataría de valorar, cuando conviene, la «estética» de la corrupción y su supuesta (falsa) oposición a la misma, por aquello de, aun defendiendo su contenido, darle, únicamente, un toque de valor artístico a la forma. Ya no se trata de tendencias de la natura, sino de evidentes perversiones de la misma. Y si no pasa nada es porque, consciente o inconscientemente, nos adherimos y permitimos que eso suceda. ¿La «natura» exige obediencia a la ley del más fuerte, y si éste es un cabronazo y se junta con más de lo mismo ya sabéis lo que ocurre? Y la «civilización» a tomar por saco o a esperar tiempos mejores. Leo: «cuando los gobernantes temen al pueblo se trata («grosso modo»), de una democracia, y cuando el pueblo teme a los gobernantes se trata de una autocracia o una dictadura» (de derechas o de izquierdas, da igual). No sé, en estos momentos, en qué compás de espera estamos, pero me malicio que en uno difuso y confuso en el que prolifera la verdad mentirosa y la mentira verdadera. Hay mucha desorientación e incredulidad (con mucho cabreo contenido) ante el manoseo desvergonzado de la Constitución, la colonización de la Instituciones y la manipulación por doquier que provocan repudio, pero sin que se materialice en nada concreto, lo cual lo aprovecha el felón para proseguir su camino hacia el centro de su ego únicamente. La sociedad se debate entre esperar a que acabe el desastre por su propio peso, o que alguien (Godot, Europa) arregle el desaguisado. Ojalá que la historia no se repita y que la civilización, la cultura moldee al menos ciertas tendencias de la natura.

El corrupto no se lo plantea como una tendencia contraria al bien común. Parte de que todos lo somos

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