Quemados
Y que ese «vivir en el campo» se quede en el bucólico deseo del domingo en el que recoges las maletas camino del atasco y el hormigón
Es una imagen habitual de cada verano. Paseantes que han huído de la ciudad en busca del contacto con la naturaleza, ataviados como si se acabasen de escapar de la sección de alta montaña del Decathlon, miran las fincas abandonadas y tomadas por rebolledas ahogadas por sus tísicos retoños, desordenadas y enjutas encinas y escobas y zarzas escurridas que crecen sobre hierbas que amarillean con un mes de antelación paran su marcha, hacen fotos con sus móviles que etiquetarán como #naturaleza o #vida y comentarán cómo la naturaleza se regenera y vuelve a tomar lo que es suyo. La estampa, idílica para algunos, se dará un baño de realidad cuando se crucen con la paisana vestida de diario, dando el paseo que le recomendó el médico junto a su vecina de siempre, dirija una mirada triste sobre esas mismas tierras y con un suspiro comente que todo ese vicio no hace más que daño, mientras recuerda los garbanzales, los trigales o el lúpulo que dominaban estas tierras cuando aún había brazos para trabajarlas y salía a cuenta y no a deber el criar las vacas para leche.
Valga esta imagen para ilustrar que la buena intención no suple el desconocimiento. Que no se puede legislar ni gobernar sobre aquello que se desconoce. Que un corazón de asfalto no entiende el latido de uno de adobe. Y que este pecado no solo llega a las administraciones. Muchas veces reclamamos el papel de la ciencia, que avisa y estudia que esta emergencia climática que alimenta los fuegos que arrasan León, Zamora, Galicia o Extremadura no es fruto de la casualidad. Y acierta en su afirmación. Pero también tiene una deuda con aquellos que más sufren estas consecuencias, pues la ciencia no se puede construir desde la élite de revistas elegantes y atribulados departamentos universitarios; que si no escuchamos a quien tiene las raíces en lo más profundo de esta tierra no hay libros ni bases de datos suficientes que alcancen su sabiduría. Que no hay quien entienda el medio natural sin escuchar al paisanaje. Porque no hay mayor prevención ante estos desastrosos incendios que un campo vivo. Y no basta con titulares y ensaños de carácter bucólico, rallando el romanticismo, sobre una «España Vaciada». Esto no va de echar de menos los veranos en el pueblo. Esto va de quien estaba allí todo el año. De quien entendía y escuchaba la tierra. De ganados pastando para limpiar la yesca por la que ahora se propagan las lenguas de fuego. De campos regados con nuestra agua (esa que otros toman sin dar nada a cambio y ofendiéndose cuando se les afea semejante atraco) y cultivados que daban de comer y ejercían de eficientes cortafuegos. De monte limpio y diverso, y no de pobre biodiversidad que, a pesar de ser autóctonas, ya no soportan estas condiciones tropicales y semidesérticas. Ahora todo arde. El fuego arrasa una tierra y nos asola el alma. Nuestros vecinos luchan mano a mano con profesionales abandonados y sin medios que aún así dan todo lo que tienen para frenar el infierno. Desolados, quemados, con rabia y tristeza todos lloramos, unos con más alma, otros más fuerte y algunos solo ante las cámaras. Pues no faltará quien, donde no le vean más que los acólitos, se estará frotando las manos pensando «ahora a ver quién tiene cojones de querer tirarnos unos eólicos, unas solares o la central de biomasa si lo envolvemos como parte de un plan de reactivación» si además ya no queda la riqueza o el valor ambiental que frenaba semejante atrocidad. Y quizá haga cálculos de a cuánto se pagará la tonelada de madera quemada para celulosa, que las cajas que embalan los pedidos de amazon no se fabrican solas. Tampoco faltará quien en público prometa inversiones que llegan tarde o ayudas que quedan por el camino, y si reclamas no dan razón ni recibo. ¿Dudan de esta velada acusación? Pregunten por la Sierra de la Culebra si llegó todo el dinero que ponían los periódicos, o la respuesta recibida al reclamar cuando las cuentas no cuadran. Es curioso como ese cambio climático que tanto niegan les sirve de excusa para quitarse esa molestia de la gente que aún se empeña en vivir en un pueblo. A ver si ahora que todo ha quedado arrasado por el fuego claudican, y dejan de pedir el médico, el cajero, la oficina del banco y el autobús o el tren, y se dan cuenta de que, aunque paguen impuestos como todos, para no ser ciudadanos de segunda hay que vivir como el sistema manda, apiñados en ciudades, cuanto más grandes mejor, para que salga más barato el kilo de médico, de enfermera o maestro, y se dispare el del ladrillo y el suelo, y de paso que consuman más, aunque solo sea porque ya no pueden cultivar un par de hileras de calabacines, tomates o frejoles. Y que ese «vivir en el campo» se quede en el bucólico deseo del domingo por la tarde en el que recoges las maletas al abandonar la casa rural camino del atasco y el hormigón, y no una posibilidad real de que vuelva a haber gente allí donde las tierras y las casas eran ayer pasto de zarzas y ortigas y hoy de las llamas.