Diario de León

Enrique Ortega Herreros

Médico Psiquiatra Jubilado

La inteligencia artificial del futuro

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El tema es apasionante y deja de estar en el terreno de la imaginación, la ficción, la fantasía, la utopía o distopía para situarse en el campo de juego de una realidad que está llamando a las puertas de un futuro inmediato, y que asombra, ilusiona y da miedo al mismo tiempo. De nuevo, el hombre inmerso en el dilema crucial de estar manejando las claves del triunfo sobre la muerte, o sobre su destrucción total. Ambas posibilidades pueden ocurrir dependiendo de «quien maneje la barca». El ser humano ya ha experimentado una sensación parecida con la energía nuclear o atómica, pero esta vez es muy diferente, al menos en algunos aspectos. Veamos.

Se plantea si la creación de nuevos robots humanoides sofisticados, capaces no solo de hacerse indistinguibles de los propios seres humanos «tradicionales», y dotados de unas cualidades y capacidades muy superiores a las humanas (inteligencia, memoria, poder, conocimientos, etc.) vendrán a liberar al ser humano de sus cadenas. No me digan que no es apasionante. Tales cualidades serían similares a las atribuidas al mismo Dios. Muchos estarán pensando en los libros y películas de ciencia ficción, que son eso, una ficción únicamente. De acuerdo, pero ¿quién ha dicho que la ficción no preceda a la realidad? Es más, la realidad, bien pensado, ¿cuánto se nutre de la ficción, y viceversa? Llega un punto en el que el hombre se adhiere a ambas dimensiones buscando la solución a su interrogante existencial: ¿Quién soy, de donde vengo y hacia dónde voy, o me gustaría ir? «Ser o no ser, esa es la cuestión».

Ante el hecho de la existencia imparable de tales robots, surgen no solo dudas, sino también temores sobre lo que esllos pudieran decidir en contra de la humanidad. La creencia inquebrantable de que «las máquinas», siempre y necesariamente estarán supeditadas a las órdenes de sus creadores se desvanece e incluso se contradice con el principio según el cual esas máquinas podrían ser programadas (al margen de que pudieran ser manipuladas en origen por psicópatas) para ser libres y obrar en consecuencia. ¿Les suena la creación divina, buena por naturaleza, y el resultado de hacer libre al hombre?

Otros afirman que las máquinas no pueden pensar por su cuenta, ni sentir, y por tanto no podrían introducirse en los vericuetos del alma humana, pero sin que esos mismos que así lo afirman sean capaces de definir y demostrar exactamente en qué consiste el alma en cuestión, salvo recurriendo a creencias religiosas o a especulaciones metapsicológicas. Otra cosa es la mente, designando como tal a un ente producto de complejísimos impulsos creados, procesados y sostenidos en el cerebro que han culminado en cualidades y potencialidades extraordinarias que van desde el lenguaje al pensamiento o a la conciencia y consciencia, por citar algunas de ellas, pero cuyo origen y desarrollo proceden de muy atrás, de la célula primigenia, e incluso de antes.

Si la mente es un resultado final de un largo y complejo proceso, hagamos el camino inverso caminando hacia el origen del mismo, y una vez encontrado ese elemento primordial, la fuente, la esencia intrínseca del ser humano, coloquemos, injertemos lo encontrado en un robot y la semilla se desarrollará en un medio adecuado. Eso es ciencia ficción, eso es una pura fantasía, clamarán algunos. «Cosas veredes, amigo Sancho». ¿Por qué no? Puede que el miedo a lo desconocido bloquee tu caletre, o incluso no te permita distinguir y diferenciar la creencia arraigada de tu verdad con la realidad que se te antoja peligrosa. ¿Por qué crees que hoy día un producto de la I.A. puede, sin dificultad alguna, pintar un bello cuadro, componer una sinfonía, desarrollar y escribir una excelente tesis doctoral, así como hablarte en un tono amistoso y empático? Ah, porque así ha sido programado, respondes. ¿Y cómo crees que ha sido programado para unas cosas y no para otras, como la de la libertad para pensar, sentir y obrar? A que también te suena el «mito» de la creación y el del paraíso terrenal, incluida la prohibición de comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal.

¿Qué son los sentimientos, los afectos, los sueños, la imaginación, los pensamientos, las creencias, los mitos, la memoria escondida en el inconsciente? Todo está en el cerebro, emanando de un trasiego complejísimo y maravilloso; incluso algunos de esos productos desprendiéndose del mismo, cual frutos que caen del árbol o que lleva el viento y que germinan fuera de sí mismo (¿les suena, por ejemplo, la telepatía o la pervivencia por un tiempo de la conciencia tras la muerte?). Sabemos que estamos a las puertas de un nuevo hito histórico. Algunos intuyen que se avecina una llamada misteriosa y seductora que empujaría al ser humano a mezclarse, a hibridarse con esos seres (indicadores de tal deseo se podrían encontrar ya en la querencia-adicción del hombre con el teléfono móvil, los robots de compañía, la realidad virtual en todas sus variantes etc.) que pronto llegarán, y así superar las barreras que nos impiden realizar nuestros sueños más íntimos y primitivos. Es más, algunos plantean si ya han existido en el pasado hibridaciones con seres extraterrestres o celestiales (con un resultado incierto, eso sí; véanse mitologías y religiones al respecto).

De nuevo pensarán que la fantasía ha vuelto a desbordarse y que, de seguir esa ruta, acabará el hombre creando un ser superior, con cualidades y potencialidades que no son comprensibles por el ser humano, que le superarán y que le exigirán culto y obediencia. ¿Les suena la idea de Dios? Sería el mundo al revés, ¿verdad? «Cosas veredes, amigo Sancho». Ya hay, en la actualidad, pensadores que imaginan en un futuro una nueva religión de la IA. ¿Videntes, profetas, brujos, magos, adivinos o trileros cantamañanas? Habrá respuestas diversas, pero lo que sea sonará. «Che será, será».

Piensen por un momento en el por qué los gobiernos y mandamases del mundo (religión incluida) se plantean los problemas éticos, políticos, filosóficos, amén de los sociales, laborales etc., que provoca el posible advenimiento de seres producidos por la Inteligencia Artificial Generativa (avanzadísima), tanto para protegerse de ellos como para «defender los derechos de los mismos».

Hay, también, quienes están convencidos de que, gracias a la IA avanzadísima, el ser humano se verá libre de enfermedades, e incluso de la muerte, logrando un estado de bienestar inefable y sin fin. ¿Les suena el concepto o la creencia en el cielo? Y en contra de un tal destino están los miedosos, cenizos, gafes, pájaros de mal agüero, pesimistas a tiempo completo (que se definen como realistas bien informados) que pronostican que se avecina el fin del ser humano que sería destruido por los robots humanoides. ¿Por qué habrían de hacerlo? ¿Por envidia, por ansias de poder, por haberles inoculado las peores pasiones humanas? De nuevo el apocalipsis a la vista con sus tribulaciones terribles, guerras, catástrofes, terremotos, destrucción y dolor, el anticristo etc. Bueno, puestos a escoger resultados, yo me quedo con una versión de la Biblia según la cual, «con la segunda venida de Jesucristo se destruirá el mal con la promesa de que la tierra llegará a ser celestial». A ver, escoja.

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